Ocho despertadores me despiertan a ocho horas distintas machacando ocho sueños que suelen ser diversas versiones de la misma ficción mental. Logro con esto el florecer de ocho desensueños, reflejos diversos de un solitario desengaño vital, y así todos los días.Tras el segundo café, intentaré como siempre recordarlos todos: resurgen imágenes en mi mente de una hiena rabiosa y a la vez parlanchina que se me abalanza encima y no me devora porque los dos coincidimos en despreciar a Pérez Reverte y todo lo que le rodea; Recuerdo otro sueño de un cenicero (recuerdo de Almuñecar) que estrellaré contra la pared de pura rabia al comprobar que la rana del sueño anterior era realmente mi chica que me engaña con el vecino del quinto. Decido que Prefiero volver a la cama y ver, y vivir, cómo termina mi aventura en Gabón emprendida en el segundo sueño, retomada en el quinto y abortada por el definitivo y terrible despertador de las 6:50.
Pero tengo que levantarme, hora de irme a trabajar. Me veo ya sentado en el autobús de las 9:15; miro el reloj y compruebo que son las 7:10. Sigo por tanto en el séptimo sueño, pienso y murmuro entre dientes, e intento despertarme porque me parecen insoportablemente sosos estos sueños para lo que la noche suele acostumbrarme.
Pasan las horas, los meses, los años. En mi lecho de muerte dudo si realmente voy a morir o aún me queda algún sueño antes de volver a mi aburrida y gris vida rutinaria de entresueños.
PD: Escrito en pleno nacimiento y ebullición de "bulanicos" en la cabeza.

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