sábado, 1 de mayo de 2021

CARTA DE DOÑA ÍNES A DON JUAN TENORIO.

“Aprende a convivir con los seres que son acordes a vivir con lo que piensan", es lo que decías cada vez que mecías a según vuesa merced: “Su bella Inés” entre sus brazos, quizás con la idea de que pensaras que eras uno de esos seres. Y tal vez lo seas, pero es tanta su desesperación por salir al mundo, que no puedes evitar hablar de más. Comprensible más no perdonable. Vuesa merced sabrá que decía al calor del vino en la Hospedería del Laurel.


Estimado Don Juan Tenorio: Hace un tiempo le comentaba sentados en un banco amparados en la penumbra que nos otorgaba los arboles del jardín del convento acerca de los ideales; habrá momentos en que tendrá que hacer algunas cosas por el simple placer de hacerlas, sin que le mueva ningún interés, y no debes preocuparte por ello en lo absoluto. Hay personas que ríen y gozan al cumplir obligaciones que no les competen, y sin embargo no por eso dejan de reír. Sólo deseo decirle que aguante lo más que se pueda, la vida es una carrera donde los más resistentes son los únicos que sobreviven. Cada día que se levante, trate de dar un esfuerzo extra, y así constantemente hasta que llegue a alcanzar todas tus metas.


No sé si será vuesa merced la persona indicada, de hecho, hasta ignoro si estas letras tendrán algún destino específico que no sea el de su persona, sólo me satisface la oportunidad que se me da de poder escribir lo que siento en este instante, y de aprender que los caminos de la vida, llevan muchas veces a toparnos con quien debemos, por lo que tengo fe de que estos instantes invertidos en algunas letras, serán de algún provecho para quien así lo desee.


Queridísimo Don Juan: Es harto complicado vivir en un mundo donde el hombre crea y respira su propio veneno; en un mundo dónde uno cobra en forma de vil metal todos sus esfuerzos diarios. Los seres humanos vivimos atrapados en la incertidumbre de no saber gestionar nuestras libertades; luchando diariamente contra morales predeterminadamente dictadas por las más altas clases que nos dicen que comer, que beber y lo peor... Como vivir. Sepa vuesa merced que dolor es sinónimo de curtir; sin él estamos expuestos al constante engaño, No hay que temer al dolor, el dolor ayuda a crecer. El dolor es parte de la vida; hay que aprender de cada doloroso momento o hecho.

Como si de una larga escalera se tratase; subiendo cada peldaño con fuerza y constancia, sin permitir que las impurezas que nos rodean nos desequilibre y nos haga caer de nuevo al hastío y desilusión. Sentada cerca de la entrada de mi celda la noche va cayendo, pero no me importa; podría quedarme aquí durante horas, no necesito más de lo que tengo. Mirando la línea del horizonte que diviso entre montañas que rodean el convento hace que me olvide del mundo un buen rato, o más bien, que el mundo se olvide de mí. Lenta y sibilinamente me voy introduciendo dentro de mis pensamientos y caunadas, succionándome hacia mí mismo, ocultándome o mas bien mimetizándome detrás de mi cubierta corporal. 

Sepa vuesa merced mi querido Don Juan que mi respiración se hace lenta y tranquila; mi corazón la sigue acompasado, reduciendo el frenético ritmo al que suelo someterle en mi dirimir cotidiano. Siento como me miran los parterres del jardín, mantengo la mirada sin vacilar, no me siento intimidada ni mucho menos, sino atraída, y me dejo ir; Añoro y anhelo sus manos sobre mi; sintiendo su cálido masaje por toda mi piel, un tacto que sé a ciencia cierta que nunca podré volver a sentir, ese es mi castigo. 

No volver a sentir ese tacto que me iba purificando capas y capas de escoria acumulada en mi cuerpo, impurezas y cicatrices, Que me renovaban y pulía mi ya ajado corazón. Estoy Pasando años de exilio lejos de mi adalid, mi Don Juan tenorio, y no me moví ni un solo instante. Quizás porque Sufrí y disfruté lejos de su presencia hasta que llegó el momento, mi momento, la hora de mi fin. Y de por fin, poder escribir la gran historia de miles y miles de días, millones de letras; sin trabas, sin cortes, sin descanso. El momento de realizar mi apuesta, doble o nada. Es hora de darle la vuelta a mi reloj de arena. De esa arena que está bajo mis pies ahora mismo.

Todos los días me he levantado con el convencimiento de que nuestro camino no estaba definitivamente marcado y por ello consentía en ahondar en mi martirio. Desfondar los compartimentos vacíos de mi alma. Qué hermosa palabra es el vacío mi queridísimo Don Juan; da lugar a un limbo en el que se acuna mi pensamiento a la par que mi intelecto en el que se rinde culto a la trascendencia de la nimiedad que me resulta ya estar enclaustrada en el convento, lugar en la que los minutos carcomen a los segundos y las horas desnudan la insensatez de los días. Yo no puedo hacer nada, aunque quizás en algún tiempo puntual de mi vida quizás hubiera podido, pero a las claras se ve que no he querido.

Pero no ahora; ahora en este punto de mi existencia no sé hacer nada. Apenas me restan fuerzas. Estas horas de ocaso diurno disfruto de la belleza de la tarde, que cae copiosa sobre los arcos del atrio, sobre las paredes del convento, inundándolo todo de penumbras, hasta mis recuerdos; hasta el desconsuelo de todos los sueños que proyectábamos juntos y que no pudieron ser, pero en mi mente han sido. 

Sin mas que decirle mi queridísimo Don Juan; quiero que su conciencia esté tranquila, que soporto el destino que me ha deparado mi existencia. Y aprendo a apagarme poco a poco, aprendo a presentir el ocaso, ya no de mis últimas tardes, sino del final del camino. Y es sólo ahora cuando me siento preparada y más fuerte para volver a ser éter entre la gente; entre las huestes quebradas del olvido. Del olvido al que vuesa merced me condenó.

 

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