“Aprende a convivir con los seres que son acordes a vivir con lo que piensan", es lo que decías cada vez que mecías a según vuesa merced: “Su bella Inés” entre sus brazos, quizás con la idea de que pensaras que eras uno de esos seres. Y tal vez lo seas, pero es tanta su desesperación por salir al mundo, que no puedes evitar hablar de más. Comprensible más no perdonable. Vuesa merced sabrá que decía al calor del vino en la Hospedería del Laurel.
Estimado Don Juan Tenorio: Hace un tiempo le
comentaba sentados en un banco amparados en la penumbra que nos otorgaba
los arboles del jardín del convento acerca de los ideales; habrá
momentos en que tendrá que hacer algunas cosas por el simple placer de
hacerlas, sin que le mueva ningún interés, y no debes preocuparte por
ello en lo absoluto. Hay personas que ríen y gozan al cumplir
obligaciones que no les competen, y sin embargo no por eso dejan de
reír. Sólo deseo decirle que aguante lo más que se pueda, la vida es una
carrera donde los más resistentes son los únicos que sobreviven. Cada
día que se levante, trate de dar un esfuerzo extra, y así constantemente
hasta que llegue a alcanzar todas tus metas.
No sé si será vuesa
merced la persona indicada, de hecho, hasta ignoro si estas letras
tendrán algún destino específico que no sea el de su persona, sólo me
satisface la oportunidad que se me da de poder escribir lo que siento en
este instante, y de aprender que los caminos de la vida, llevan muchas
veces a toparnos con quien debemos, por lo que tengo fe de que estos
instantes invertidos en algunas letras, serán de algún provecho para
quien así lo desee.
Queridísimo Don Juan: Es harto complicado vivir
en un mundo donde el hombre crea y respira su propio veneno; en un mundo
dónde uno cobra en forma de vil metal todos sus esfuerzos diarios. Los
seres humanos vivimos atrapados en la incertidumbre de no saber
gestionar nuestras libertades; luchando diariamente contra morales
predeterminadamente dictadas por las más altas clases que nos dicen que
comer, que beber y lo peor... Como vivir. Sepa vuesa merced que dolor es
sinónimo de curtir; sin él estamos expuestos al constante engaño, No
hay que temer al dolor, el dolor ayuda a crecer. El dolor es parte de la
vida; hay que aprender de cada doloroso momento o hecho.
Como si
de una larga escalera se tratase; subiendo cada peldaño con fuerza y
constancia, sin permitir que las impurezas que nos rodean nos
desequilibre y nos haga caer de nuevo al hastío y desilusión. Sentada
cerca de la entrada de mi celda la noche va cayendo, pero no me importa;
podría quedarme aquí durante horas, no necesito más de lo que tengo.
Mirando la línea del horizonte que diviso entre montañas que rodean el
convento hace que me olvide del mundo un buen rato, o más bien, que el
mundo se olvide de mí. Lenta y sibilinamente me voy introduciendo dentro
de mis pensamientos y caunadas, succionándome hacia mí mismo,
ocultándome o mas bien mimetizándome detrás de mi cubierta corporal.
Sepa vuesa merced mi querido Don Juan que mi respiración se hace lenta y tranquila; mi corazón la sigue acompasado, reduciendo el frenético ritmo al que suelo someterle en mi dirimir cotidiano. Siento como me miran los parterres del jardín, mantengo la mirada sin vacilar, no me siento intimidada ni mucho menos, sino atraída, y me dejo ir; Añoro y anhelo sus manos sobre mi; sintiendo su cálido masaje por toda mi piel, un tacto que sé a ciencia cierta que nunca podré volver a sentir, ese es mi castigo.
No volver a sentir ese tacto que me iba purificando capas y
capas de escoria acumulada en mi cuerpo, impurezas y cicatrices, Que me
renovaban y pulía mi ya ajado corazón. Estoy Pasando años de exilio
lejos de mi adalid, mi Don Juan tenorio, y no me moví ni un solo
instante. Quizás porque Sufrí y disfruté lejos de su presencia hasta que
llegó el momento, mi momento, la hora de mi fin. Y de por fin, poder
escribir la gran historia de miles y miles de días, millones de letras;
sin trabas, sin cortes, sin descanso. El momento de realizar mi apuesta,
doble o nada. Es hora de darle la vuelta a mi reloj de arena. De esa
arena que está bajo mis pies ahora mismo.
Todos los días me he
levantado con el convencimiento de que nuestro camino no estaba
definitivamente marcado y por ello consentía en ahondar en mi martirio.
Desfondar los compartimentos vacíos de mi alma. Qué hermosa palabra es
el vacío mi queridísimo Don Juan; da lugar a un limbo en el que se acuna
mi pensamiento a la par que mi intelecto en el que se rinde culto a la
trascendencia de la nimiedad que me resulta ya estar enclaustrada en el
convento, lugar en la que los minutos carcomen a los segundos y las
horas desnudan la insensatez de los días. Yo no puedo hacer nada, aunque
quizás en algún tiempo puntual de mi vida quizás hubiera podido, pero a
las claras se ve que no he querido.
Pero no ahora; ahora en
este punto de mi existencia no sé hacer nada. Apenas me restan fuerzas.
Estas horas de ocaso diurno disfruto de la belleza de la tarde, que cae
copiosa sobre los arcos del atrio, sobre las paredes del convento,
inundándolo todo de penumbras, hasta mis recuerdos; hasta el desconsuelo
de todos los sueños que proyectábamos juntos y que no pudieron ser,
pero en mi mente han sido.
Sin mas que decirle mi queridísimo Don Juan; quiero que su conciencia esté tranquila, que soporto el destino que me ha deparado mi existencia. Y aprendo a apagarme poco a poco, aprendo a presentir el ocaso, ya no de mis últimas tardes, sino del final del camino. Y es sólo ahora cuando me siento preparada y más fuerte para volver a ser éter entre la gente; entre las huestes quebradas del olvido. Del olvido al que vuesa merced me condenó.

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