El sol de otoño languidecía lentamente hasta que cayó por fin tras los árboles que hacían de perímetro vegetal del parque y el frío se intensificó de repente. Los listones de madera que formaban unidos por tornillo a unos batidores de hierro colado la estructura del banco iniciaron un proceso de transformación. De acogedor albergue que habían sido durante el día, se iban convirtiendo, lentamente, en frío cilicio. La penumbra unida a una suave brisa hacian bailar y difuminar las siluetas del parque ante sus ojos, convirtiéndolo en un universo totalmente diferente.
El tenderete de buñuelos de viento y rosquillas de matalauva, hasta hace unos instantes frecuentado por niños ahora hacia gala de sus mortecinas bombillas encendidas y sus ojos de buey dispuestos en hilera a ambos lados; era como una pálida aparición crepuscular y traía a su mente el recuerdo de los cirios que habían custodiado el alma de su mujer, todavía presa en aquél cuerpo que tres meses atrás había visto yaciendo en un ataúd. Al fondo del parque; creando una barrera natural a la calle " Caridad del cobre", los pinos y cipreses luchaban, como lo hacían en Breda las lanzas; contra el cielo en el que pequeñas nubes aisladas surcaban el cielo lentamente, como si fuesen a acostarse en la penumbra del este.La mano izquierda, temblorosa, se introdujo parsimoniosamente en el bolsillo de su ajada y raída gabardina que años atrás le había regalado su mujer por su cumpleaños y sacó un paquete arrugado de celtas sin filtro. Las cerillas las guardaba en el bolsillo derecho, por lo que su otra mano, hizo el viaje de ida y vuelta al interior oscuro.
Al encender el fósforo y prender el cigarrillo tuvo la falsa sensación de que sentía menos frío. Y luego, con cada calada, se calentaba por dentro. Aunque el humo raspaba su garganta ya muy castigada por el frío y la nicotina, al llegar a los pulmones le producía una sensación de plenitud que le encendía levemente la sensación que produce la alegría en la boca de su estómago. Giró con un gesto cansado la cabeza hacia su derecha; donde tenía “aparcado” el carrito con sus exiguas pertenencias y una pila de cartones para hacerse el tálamo donde dormiría aquella noche. Los miró fijamente un largo rato mientras fumaba.
Contemplando los cartones plegados podía sentir el calorcillo del que disfrutaría su cuerpo una vez se acomodase en el interior del vivac urbano.La colilla le quemaba ya los dedos por lo que la fue deslizando suavemente entre ellos hasta dejarla aprisionada entre las largas y sucias uñas del pulgar y el corazón; así conseguía apurar el cigarrillo al máximo sin achicharrarse las falanges de los dedos. En la cara interna de aquellas uñas reinaba el color negro. La cara externa; acumulaba una rica gama cromática entre los que dominaba el tono tostado de la nicotina. En la piel de sus dedos y manos, se mezclaban el gris marengo con el negro de la tinta de los periódicos que cogía para usarlos de envoltorios de cualquier cosa comestible que encontraba.
Daban el contrapunto los tonos amarillos y ocres de barro y la añadidura de cicatrices, costras de heridas, trocitos de piel levantada y sangre seca conformaban una imagen muy parecida a la de un mapa físico de cualquier lugar montañoso, árido y abrupto de quién sabe qué mundo. Una musica resonaba de vez en cuando en su cerebro asomando por los entresijos de su memoria. Aparecían y desaparecían fragmentos de aquella melodía como si fuese una obra inspirada en el Guadiana, proveyéndole de momentos de placer nostálgico. Era un dolorcillo agradable, íntimo, que le invitaba a dejarse llevar por la añoranza de quién sabía qué. Se despertaba su autocompasión, de la que deseaba huir avergonzado, pero siempre caía en la tentación y prolongaba, un poquito, aquel sentimiento.
Un gato negro apareció a pocos metros del banco. No sabía por qué, pero todos los gatos se le acercaban. Unos lo hacían con tranquila curiosidad, otros con evidente desconfianza y algunos de ellos con hostilidad manifiesta. Aquél era de la cofradía de los fisgones. Se le fue acercando, lentamente, y él vio brillar la fosforescencia increíble de sus pupilas. El animal olisqueó alrededor del carrito y marcó territorio, restregando su lomo por la pata de un banco cercano. Siguió acercándose pausadamente, como deambulando sin objetivo. “¡Ay amigo! Estás tan solo como yo”. Aquél pensamiento surgió con tanta fuerza que le parecía que alguien había susurrado aquellas palabras a su oído, aunque desde dentro. El hocico del felino era de un negro muy brillante, húmedo, y de tanto en tanto era repasado por la lengua del animal para que se mantuviera así.
El gato levantaba la cabeza como intentando captar aromas lejanos, aunque se notaba que estaba pendiente de la parda figura que le seguía con la vista desde el banco. Se subió el cuello ajado de la vieja gabardina e intento no hacerle caso. “A ver si se cansa y se va. No te puedes fiar de estos animales”. “¡Vete ya, que no tengo comida!”. De repente, desde algún cajón del desordenado armario de su memoria, se disparó el aviso. Metió la mano en el bolsillo interior y tocó el resto del bocadillo de sardinas que las monjas le habían dado por la mañana. “¡Mierda! Ya no me acordaba... ¡Pues no estará duro el pan!”. No había vuelto a comer desde entonces, y seguía sin apetito por lo que decidió dárselo al animal. Sacó lentamente el bocadillo y empezó a partir trocitos pequeños a pellizcos. El primero lo tuvo que tirar lejos para que el gato se lo comiese, ya que el animal no se atrevía a acercarse.
Arrojó el segundo pedazo un poco más cerca de sus pies, y el felino, tras varias aproximaciones de prueba se arriesgó a cogerlo aunque sin perderle de vista. Mantuvo el tercero en su mano abierta durante unos segundos. El gato negro hizo gesto de acercarse, pero el miedo todavía podía más que el hambre y no se decidía. La mano dejó caer el trozo de pan con sardinas al suelo. Entre sus pies, el gato comió. El siguiente pedazo fue el del contacto. El animal lo recogió de su palma y se alejó un par de metros. Masticó rápidamente, con ansia, como lo hace un gato hambriento. Cuando tragó la comida, se tumbó con gesto cansino en el suelo y miró al humano. La mirada del animal era noble y no provocaba temor. Con sus ojos tristes, parecía decirle: “Tengo más hambre... Y confío en ti.” Era una puerta abierta a la amistad.La luz se agotaba y la noche extendía su aliento sobre el cielo. Era urgente decidir. Compañía a cambio de comida. No iba sobrado de lo uno ni de lo otro.
Unas pocas farolas creaban círculos sobre el suelo, a lo lejos, pero en este extremo del parque no había apenas luz. Los trozos de bocadillo desaparecían en las pequeñas fauces del gato e iban creando el germen de una nueva sociedad entre solitarios. Ambas soledades, cada una en su medida, se hacían menos duras con la presencia del otro. Los dos se sentían menos desvalidos en esta nueva situación. Uno había calmado un poco el apetito y el otro se sentía más seguro y acompañado. “Esta noche, si se queda el gato, dormiré más tranquilo. pensaba animado. Volvió a mirar hacia su carrito y se sintió aún mejor que antes.
Cuando le hubo dado al gato el último trozo de pan sintió la punzada del desencanto al verle separarse, lentamente, del banco. “Pues ya no tengo más” se dijo tristemente. Pero el animal se acercó de nuevo, dio varias vueltas y se tumbó a sus pies. Entonces sintió que el mundo estaba en orden. Había más armonía en el parque tras ese gesto del gato y la melodía volvía a asomar por uno de los ojos del Guadiana. Ya no era tan pobre. Ya no estaba tan sucio. “Otro cigarrito para celebrarlo”. La tos volvió, pero él seguía dando caladas obstinadamente. El gato le miraba, desde el suelo, y movía la cabeza, enfocando sus orejas hacia la fuente del sonido, como si intentase descifrar el significado de aquel discurso convulso. Poco a poco, el aire volvió a circular por sus pulmones con cierta regularidad y el ataque se fue calmando.
Apagó el cigarrillo contra un listón del banco y guardó la punta en el paquete. “No te asuste minino, que no pasa nada. Es que soy viejo y he fumado mucho.” Lentamente acercó su mano a la cabeza del gato. Éste, instintivamente, irguió el cuello y recogió un poco las patas delanteras, parecía tenso, a punto de escapar. Él recordó un consejo que le había dado, hacía muchos años un labrador de su pueblo: “Nunca levantes la mano a un gato que no sea tuyo. Si lo vas a acariciar, acércale la mano desde abajo y deja que la huela...” Retiró, pausadamente, la mano y volvió a empezar el acercamiento pero, esta vez, desde abajo. Se la puso delante del hocico y el animal la olisqueó. Empezó a acariciarle el cuello, por debajo de la mandíbula, y el felino se dejó hacer. En pocos segundos la confianza fue creciendo hasta que le pudo acariciar la cabeza, haciéndole cosquillas entre las orejas. “Así me gusta, boniiito, boniiito. ¡Buen gato!”. Lentamente, se levantó del banco y se acercó a la pila de cartones, cogió una caja que había contenido un frigorífico en el pasado y la desplegó.
Luego, sacó un par de mantas mugrientas del carrito y las extendió, más mal que bien, en el interior. “¿Y a ti cómo te arreglo? Bueno... Vamos a ver...” Cogió otra caja, algo más pequeña, la abrió por uno de los lados y chasqueando llamó al gato para que se metiese dentro pero el animal se había tumbado en la tierra, cercano pero prudente, y le miraba indiferente. “No sé para qué me he molestado en prepararle una caja. Seguro que este bicho está harto de dormir al raso. Con el pelo que tiene no pasará frío. En fin, seguramente, mañana se habrá ido.” Pensó con tristeza. Se tapó con una de las mantas y empezó a sentir un calor agradable que le reconfortaba. Miró otra vez al gato y cerró los ojos. La sinfonía interior volvía a ejecutarse suavemente, sin estridencias. Eran momentos de paz y música. Sobre las cuatro de la madrugada se despertó, ahogándose por la tos. Se incorporó de lado, apoyándose sobre el codo y, poco a poco, se fue calmando. Cuando terminó de toser, respiró hondo y miró hacia la caja que había preparado para el gato: Estaba vacía.
Entonces, reptando, sacó la cabeza al exterior y le buscó donde le había visto tumbado antes de dormirse. Tampoco había rastro. “Se fue”, pensó. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, aferrándose a su pecho. Se sentía estúpido por lamentar la pérdida pero no podía evitarlo. Se había sentido acompañado por un rato después de mucho tiempo de andar solo y le había gustado. Volvió a entrar en la caja y se arropó bien con la manta. El sueño, tras el esfuerzo que había hecho tosiendo, le fue venciendo. A los pocos minutos volvía a dormir profundamente y soñaba que el gato y él paseaban por una colina muy verde. Hacía sol y ambos estaban limpios y bien alimentados. El animal daba grandes saltos a su alrededor mientras él lanzaba pequeñas ramas secas para que corriese a buscarlas.
El paseo estaba siendo muy agradable hasta que, al volver un recodo, el paisaje cambió por completo. Una muralla de abetos anunciaba el bosque, frondoso, inmenso, oscuro. A medida que se acercaban a los primeros árboles la luz iba menguando hasta que, una vez bajo ellos, la penumbra era tan densa que semejaba el interior de una habitación. Las ramas altas devoraban la luz y no la dejaban llegar al suelo. El gato se había pegado a él, temeroso, y había dejado de maullar y saltar. Ambos se desplazaban, siguiendo el estrecho sendero, en silencio. Los sonidos del bosque les rodeaban. Cantos de abubilla, de petirrojo, ramas que se movían lentamente intentando aprehender la suave brisa. Rumores y susurros de origen desconocido corrían a sus espaldas, haciendo que gato y hombre se volviesen a mirar a la fuente del miedo.
Él daba gracias al cielo por haberle concedido la compañía del animal en aquél paseo, y el felino parecía, asimismo, agradecer su presencia y su contacto. No se separaba de su lado. Iba pegado a su pierna. Dos temores deambulantes se adentraban en la lobreguez vegetal de aquél sueño. Los altos troncos parecían enormes columnas que soportaban la bóveda verde y, solo de vez en cuando, se veía algún rayo de sol que conseguía atravesar fugazmente la densa cúpula. Sin explicación posible, estaban condenados a avanzar hacia su destino y ni siquiera el miedo les consentía la retirada. Siempre hacia delante. Juntos y vulnerables ante aquella inmensidad, hombre y animal seguían dando pasos cortos hacia no sabían dónde. Estaba asustado, pero de repente comprendió que, a pesar de las circunstancias, ahora también era feliz.
Había sentido más dicha al saberse acompañado por su amigo gato en la soledad lúgubre de aquél bosque que poco antes jugando con él sobre la hierba se dio cuenta de que no quería perder la compañía de aquel animal que, sin saber cómo, le había cambiado la vida y sonrió levemente. Recordó que hacía mucho tiempo que no sonreía y se sintió más animado, acarició el lomo del animal, el cual le miró agradecido y ambos apretaron, un poquito, el paso. “Vamos amiguete, que algún sitio bonito nos espera.” El felino movió la cola ligeramente, como asintiendo sin mucho entusiasmo, y siguió pegadito a su lado.No sabía cuánto rato hacía que deambulaban por entre los árboles cuando llegaron a un claro pequeño en el que había unas pocas piedras grandes que invitaban a sentarse y descansar. Él se sentó en una de ellas y el gato se tumbó en la tierra, al lado de la roca.
Metió su mano en el bolsillo interior de la gabardina y volvió a sacar el bocadillo. “¿No te lo habías comido ya?” preguntó al animal, el cual le contestó con una mirada inquisitiva seguida de un bostezo de incomprensión. No entendía cómo volvía a tener aquél bocadillo cuando estaba seguro de habérselo dado al gato en algún momento que no era capaz de precisar “¿Cuándo fue eso? ¿¡Dios mío! ¿Cuándo se lo di?” Estaba preocupado por aquella falta de memoria y asombrado por la paradoja de la existencia del bocadillo. Se acomodó un poco más apoyando la cabeza en un saliente de la roca y dejó el bocadillo junto al felino. Cansado. Siguió dándole vueltas a la misteriosa reaparición del bocadillo hasta que se durmió profundamente mientras el gato comía.
Empezaba a salir el sol cuando despertó, dolorido y cansado. Lo primero que vio al abrir los ojos fue la negrura del pelaje del gato tumbado ante la entrada de su caja de cartón. Sintió una gran alegría al verle de nuevo. “¡No se ha ido, el cabronazo!” Gateó hasta la abertura y salió, mientras el gato se levantaba apartándose para dejarle salir. “Hemos vivido una aventura esta noche, bichejo. Pero no la recuerdo muy bien... ¡Solo sé que te has comido otro bocadillo!” le iba diciendo al animal mientras guardaba las mantas en el carrito y doblaba las cajas de cartón. “Vamos, hay que ir a por el desayuno” le dijo mientras empezaba a andar arrastrando el carrito con una mano y dándole suaves palmadas en el lomo con la otra.
Salieron del parque por una puerta grande, cuyas enormes rejas de hierro forjado estaban abiertas de par en par, y se encaminaron, calle arriba, hacia el convento de las monjas benefactoras. A medio camino, en la pequeña plaza en que desembocaba la cuesta, se pararon en una fuente y él se lavó la cara con unas gotas de agua. Justo lo suficiente para quitarse las legañas y poder abrir bien los ojos. La brisa cortante que bajaba de lo alto de la cuesta le helaba las orejas y las manos. Se secó, mal que bien, con el faldón de la gabardina y miró a su alrededor. Los plátanos, altos, de troncos gruesos con la corteza salpicada de parches marrones, verdes y ocres, alzaban sus ramas desnudas al cielo de la mañana.
Era un barrio antíguo y todavía se veían muchos tejados de teja con sus canalones agujereados. El rebozo de las paredes había desaparecido en algunos sitios y dejaba ver piedra y ladrillos, negros de humo y años. La fuente estaba en una esquina de la plaza. Era de hierro negro, con un bajorrelieve en el frente que mostraba a una mujer llenando un cántaro en otra fuente y el caño era ancho, aunque por él salía un hilillo de agua que quizás en otro tiempo fuese más caudaloso. Metió la mano en el bolsillo y sacó un cigarrillo del arrugado paquete. Lo encendió y, tras la primera calada, lanzó un suspiro lleno de nostalgia y de frio. El gato bebió de la fuente, se rascó con brío durante un rato y se sentó a su lado, mientras él pensaba en todas esas cosas que la añoranza y la soledad evocan.
Esa mañana no se sentía tan desdichado. “¡Bueno, andando!” dijo mientras golpeaba el lomo del felino cariñosamente. Continuaron ambos calle arriba caminando por la calzada ya que las aceras eran muy estrechas.Al llegar a lo alto, la calle hacía un recodo y desembocaba en otra, más ancha, en la que se veía una verja de hierro que protegía el jardín del museo provincial. Era un jardín pequeño y descuidado, donde la maleza ocultaba las plantas originales, si es que alguien pudiera afirmar que alguna vez las hubo. Enfrente, un trozo de muralla medieval soportaba viviendas, aún habitadas, que amenazaban ruina, pero ésta, como amenaza, intimidaba menos a sus insolventes inquilinos que la de verse en la calle si las abandonaban.
Siguieron andando; desde la esquina ya se veían la pared trasera del convento y la puertecita, todavía cerrada, que se abriría para dar paso a la monja que proveería de desayunos a unos cuantos desdichados como él que ya hacían cola pegados al muro. El gato movía la cola, contento; como si pudiese oler, a través de la pared del convento, el embutido que estaba siendo acomodado entre panes en la cocina del mismo. Sus “buenos días” fueron respondidos por murmullos ininteligibles y miradas de sueño helado. Los ateridos hambrientos solamente podían pensar en el bocadillo y en que ojalá las monjitas hayan hecho caldo.
Todos llevaban sus vasos, platos, tazas, latas o cualquier cosa que sirviese para contener el líquido caliente y amable. Rebuscó en las entrañas de su carrito, tras sacar las mantas y dejarlas sobre la acera; no sin antes echar una amenazadora mirada a su alrededor y llamar al gato para impresionar a los demás y quitarles de la cabeza algún posible plan de latrocinio. El gato, por suerte, acudió a su poco convencida voz de “¡ven!” y se sentó a su lado. El sonrió levemente, orgulloso y satisfecho. “Qué buen gato me ha tocado” Tenía ganas de acariciarle, pero no lo hizo porque pensó que parecería un signo de debilidad ante todos aquellos de la cola del bocadillo. “Luego te daré un trozo” le susurró suavemente, al agacharse para sacar al fin su vaso de aluminio del fondo del carrito.
La puerta se abrió; Y la monja, que nunca tenía cara de sueño, les saludó a todos con un “Alabado sea Dios. Buenos días hermanos” que provocó otra letanía de murmullos y carraspeos mientras la fila, como si tuviese una sola mente, se reorganizaba, se enderezaba y se hacía rígida. El gato se quedó al lado de quien más confianza le merecía de entre los harapientos y no se movía más que cuando él avanzaba. El sonido metálico del cazo, inconfundible para ellos, les dio la buena nueva: ¡Había caldo! La fila, al olor de la perola; apretó sus anillos juntándolos un poco más y emitió gruñidos de satisfacción, agitándose nerviosa mientras sus múltiples pies avanzaban arrastrándose sobre la acera, a pasos cortos e impacientes.
Cuando le llegó el turno, puso su vaso bajo el cazo y sintió en la palma el calor que transmitía el aluminio al contacto con el caldo. Soltó por un momento el carrito para coger el bocadillo, envuelto en papel blanco, y ponérselo bajo el brazo. Dio las gracias y, con una sonrisa nueva en los labios, palmeó al gato que no se movía de su lado, agarró el asa del carrito y ambos comenzaron a caminar, con las cabezas altas, calle abajo perdiéndose en el bullicio de gente que ya coexistía en la caridad del cobre.

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