Todo empezó cuando volví a recorrer el lugar donde todo se terminó, allí donde no hay más, solo la nada. Que incongruencias da la vida; comenzar donde se termina. Una nada que nunca avisa de su llegada, salvo por un simple y tenue silbido de sus sirenas en tu conciencia segundos antes de hacer su aparición. Todos mis pensamientos los guardo en un lugar de mi córtex cerebral que denomino el malecón; un edificio a modo de estación construido en mi subconsciente hecho a base de penurias, nostalgias y desengaños amorosos que es prácticamente imposible de hallar.
Las jácenas del edificio están hechas de una niebla espesa, tan espesa que pueden soportar la diáfana estructura del dolor que alberga dentro. Mis reflexiones y caunadas funcionan en su interior a base de ilusiones que incinero en una caldera de negro y prístino metal.
Cuando no hay apenas ilusiones que quemar absorbe el poco aliento de vida que me queda antes de hacer la nada su lúgubre aparición. Una nada que se lo lleva todo, un todo que en mi córtex cerebral simplemente se reduce a un cajón que solo contiene existencia, legado y recuerdo. Su heraldo es un rayo de falsa y delicada vitalidad que aflora antes del soporífero final. De la combustión de mis ilusiones se libera un espeso recuerdo que dura lo mismo que la memoria muerta a la que pertenece mi intelecto.
Una fresca llovizna de intangibles recuerdos felices me hace mas fácil la espera en la estación, porque vivir sin recuerdos da la sensación de soledad ponzoñosa y corrosiva. El trayecto que parte de esa estación no lleva a ningún lugar y no termina porque siempre empieza por el final.
La rutina de esa infinita travesía, llamémosla eternidad, es cuadriculada, es siempre fiel a un horario marcado por el final de un día áspero, rugoso y tormentoso encuadernado con la monotonía de los irrisorios quehaceres diarios. En realidad simplemente nos limitamos a esperarla, solos, pues nadie mas que tu hay en la estación ni en el interior de la maquina cuyos engranajes traquetean, vibran y hierven sin hacer ningún ruido. Y el único sonido que si se escucha atentamente se puede apreciar es la perfecta y hermosa armonía de una sonata en re menor, producto de la combustión de las vanas ilusiones que acompañan al dolor de la soledad porque la única realidad que existe es que es harto complicado vivir en un mundo donde el hombre crea y respira su propio veneno; en un mundo dónde uno cobra en forma de vil metal todos sus esfuerzos diarios.
Los seres humanos vivimos atrapados en la incertidumbre de no saber gestionar nuestras libertades; luchando diariamente contra morales predeterminadamente dictadas por las más altas clases que nos dicen que comer, que beber, pensar y lo peor... Como vivir.

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