Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana; yo vivía en una cuesta demasiado empinada del callejero de Motril y los tebeos eran mi cota de maya, como salvavidas.
Salvavidas para flotar entre un océano de cosas malas que la marea arrastra hacia uno y lo rodean sin piedad cuando todavía no eres más que un bosquejo de ser humano titubeante e inseguro que comienza a salir del cascarón.
Y ya que se iba a la deriva, lo mejor era ir a la deriva con salvavidas, un buen bocadillo de Tulicrem y bien arropado entre Hazañas Bélicas, spiderman, Cortos Malteses, Mafaldas, Capitanes Trueno, Jabatos, Mortadelos, Obélix o Estelas Plateadas.
Yo entonces quería ser Peter Parker y estudiar por la mañana, trabajar por la tarde y perseguir por los tejados a los malos por las noches, pero por desgracia no me picó ninguna araña radiactiva.
Así que pasaron los años y aunque ya no vivo en una cuesta tan empinada como aquella, sigo leyendo cómics españoles y europeos y esperando todavía por la picadura de alguna araña radiactiva despistada que no ha llegado.
El traje lo guardo en el armario, aunque supongo que tendré que confeccionar otro pues aquel de entonces me quedará ya algo pequeño. Pero mientras tanto sigo amando, leyendo cómics.
Los comics nos enseñan que para infortunio y desgracia de los cobardes, este mundo empieza a estar lleno de valientes, a veces sin causa.
Para desesperación de los cobardes, los intrépidos se encuentran aventajados por la persuasión que supura cada fibra de su ser.
Es la desventura del cobarde operar desde las tinieblas donde se sienten protegidos en su zona de confort.
En su defensa, prefieren afrontar sus batallas desde el otro lado de la cama, de la línea, de la pantalla; evitando así las secuelas de una batalla que con antelación está perdida. Trágico final para aquellos que han tenido que acorazar la cobardía que desbordan sus almas.
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