lunes, 21 de marzo de 2022

URSULINAS.

La madre superiora del convento de las ursulinas de Aix, en Francia, siempre aconsejaba las prácticas prudentes a cada una de sus discípulas, especialmente a las novicias, aún ignorantes del poder de los tres y más oscuros propósitos del diablo para tentarlas: la ambición, la lujuria y la codicia. Dos de ellas no requerían mucho esfuerzo para rehuirlas, pero, la tercera, la que enraizaba con su sexualidad, era temible. Sor Joanna, temía por sus niñas virginales, el diablo andaba constantemente al acecho y, en ocasiones, la mayoría, solamente se tenían a sí mismas y su propia fortaleza de espíritu para enfrentarse a su maldad. Sin una rectitud bien dirigida, sin una educación religiosa fuertemente edificada, podrían sucumbir con facilidad a la tentación de la lujuria.        

Cada mañana realizaban sus oficios con diligencia. Oraban apenas nacido el día y, muchas de ellas, ayunaban como medio de ensanchar el alma y probar su fidelidad y negación a ser seducidas por los placeres de la carne, que, a veces, era de forma literal. Quienes no alejaban el desayuno de su dieta, solían ser maduras mujeres confinadas desde años al servicio de Dios y se las podía considerar blindadas ante los designios del cornudo. No estaba prohibida la entrada en el convento de hombres, siempre que fueran de buena fe y, como ellas, servidores del Supremo, pero eran pocos los que rondaban siquiera los jardines exteriores de aquel amurallado. Aquellos monjes o sacerdotes que acudían a las ursulinas, lo hacían para calmar sus apetitos en mitad de algún trayecto o para aplacar sus dudas en el interior de alguna celda de retiro, en el más absoluto silencio y sin prestarse a la ingesta de cualquier alimento o bebida hasta sanar su alma y ver su espíritu fortalecido. Entre ellos estaba un sacerdote marsellés, Juan Bautista Gaufredi.

Eran tiempos difíciles para el mundo y la iglesia ansiaba el poder supremo sobre todo y todos. Cada vez con más frecuencia, aquellos que rendían pleitesía a Dios eran sorprendidos con actos tan ruines que bien pareciera sirviesen al Oscuro. Era uno de los motivos por los cuales los conventos se llenaban de acongojados ministros del Señor, para aplacar su tentación y resistir la inmundicia que veían en sus colegas de oficio. Entre mujeres estaban a salvo, ellas eran un fondo inmutable que para nada afectaba a la política eclesiástica. Su poder para interferir en los mandatos divinos era nulo, los hombres poderosos de la época no veían peligro alguno en ellas. Y no se equivocaban. Pero esas mujeres tampoco se sentían desplazadas, o ignoradas, veían aquello con normalidad y simplemente ostentaban su lugar en aquel ministerio. En nada les tocaba juzgar o tomar partido, eran asuntos de los altos cargos de la Iglesia.       

Un par de sacerdotes conversaban de forma amena en el patio interior del convento, cuando una muchacha, una de las novicias, cruzó por delante de ellos con la sotana remangada por las rodillas, descalza y gritando el nombre de la superiora. Los hombres que la vieron cesaron al instante su diálogo y se prestaron a auxiliarla, pero únicamente la vieron marchar por una de las entradas que daba a la capilla. Se quedaron boquiabiertos y extrañados, no era costumbre tal escándalo en un lugar dedicado a la búsqueda de la paz interior y el reencuentro con lo divino. Siguieron el camino de la chica sin mucha prisa, respetando la calma que procedía en un lugar como aquel. Oyeron los ecos de los gritos que aún emitía desde el interior de alguna de las salas del convento, cada vez con mayor desesperación.      

 -  ¡Madre Joanna! ¡Madre Joanna! :Retumbaban las paredes. Finalmente, una voz resurgió en contestación a la chica. Se sucedió un susurro que los monjes no supieron descifrar. Madre y novicia hablaban tan bajo que sus voces se mezclaban en un murmullo críptico. Mientras los siervos de Dios aguardaban muy cerca de la puerta por la que había desaparecido la muchacha, volvieron a oír pasos presurosos por los pasillos que conectaban las salas interiores. Ambas mujeres, tras informar la una a la otra, corrían ahora hacia uno de los extremos. Aquello era de una extrañeza innata. Luego todos se enteraron de lo sucedido. En la misa que precedía a la cena, en la cual dieron infinitas gracias al Señor por los alimentos que iban a ingerir, la madre superiora se alzó al final del discurso antes de darlo por concluido. Una de las sillas que rodeaban la mesa estaba desierta y dirigió la mirada hacia el hueco vacío de la hermana Magdalena.      

 - Amadas mías; comenzó al margen de la acostumbrada liturgia – hoy el convento ha visto alterada su paz y armonía por un suceso que no podemos más que definir de escandaloso. Una de nuestras hermanas, todas sabéis a quien me refiero, ha sido confinada por la fuerza en una de las celdas del ala oeste. Alertada por la hermana Dominique, sorprendimos a la novicia desprovista de ropa en su lecho, agitándose cuan endemoniada. Blasfemaba y se dejaba llevar por la lascivia. Sus ojos estaban fuera de su órbita y no atendía a razones. Nuestras palabras, siempre divinas y comandadas por nuestro Señor, no hicieron mella en ella. Al poco, cayó desvanecida sobre el suelo y, allí, fue vulnerable a nuestros cuidados. Con ayuda de Dios todopoderoso, conseguimos arrastrarla hasta la celda y allí la vestimos de nuevo. Aún no ha despertado, pero temo que habrá de padecer largos ayunos para expiar al demonio que lleva en su interior. Hizo una pausa para tragar saliva. – Ahora, hermanas, recemos por su alma y para que Dios se apiade de ella y la salvaguarde de todo mal. – Joanna se sentó y todas inclinaron la cabeza para sumirse en un bisbiseo repetitivo. Al acabar, miraron al cielo y se santiguaron.       

Días después, cuando parecía que la novicia encarcelada se encontraba mejor, ya no tenía el tono pálido enfermizo ni las ansias de despojarse de las ropas, una nueva alarma se extendió por los corredores. En esta ocasión, la locura había recaído sobre Judith, una de las hermanas más devotas y correctas del convento. El procedimiento se repitió una vez más. La introdujeron en una celda contigua a la de Magdalena. Todas comenzaban a asustarse y los rezos se prolongaban más de lo acostumbrado, así como las visitas a la capilla. Los hombres también comenzaron a sentirse incómodos con todo aquello, la tranquilidad que venían buscando se disipaba por momentos. Pero lo que más les inquietaba era la presencia del maligno entre aquellas paredes sacras. La madre superiora volvió a reunir a las mujeres para hablarles de lo sucedido, pero todas conocían ya la noticia. El clima de consternación se hacía patente y mermaba los ánimos de las residentes. Aún así, siguieron con su rutina sin variarla en apenas lo mínimo para cubrir las funciones de las encarceladas. Fue dos semanas después del primer enloquecimiento cuando la situación se volvió preocupante.       

En esta ocasión, había testigos. Isabelle había comenzado a gritar lujuriosamente y una de las novicias se acercó asustada al lugar de donde procedía aquel sonido obsceno. Entonces encontró a su compañera de piernas abiertas, sudorosa y con el cuerpo encorvado y desnudo, moviéndose rítmicamente al tiempo que jadeaba con ansias de ser poseída. Le pareció ver un miembro carnoso semienterrado en su sexo. La novicia que era testigo de aquel acto atroz no pudo más que caer de rodillas, santiguarse y llorar. Cuando Isabelle se encontró con su mirada, reaccionó y se levantó para correr en busca de ayuda. Ya no quedaban celdas libres para encerrar a una tercera y, si la cosa seguía así, pronto no quedarían ursulinas siquiera que mantuvieran el buen hábito del convento. No podían echar a ninguno de los monjes de las celdas restantes, así que decidieron encadenar a Isabelle a uno de los árboles del jardín delantero hasta que cayese la noche. Entonces la trasladarían a alguna de las salas inferiores.        

Joanna fue a visitar a Magdalena, la primera de las estigmatizadas. Con la mirada turbia, la novicia le habló de un amante seductor que había aparecido en sus sueños, tentándola para caer en la lujuria. Las primeras noches, le contó, el onírico seductor, tan apuesto y galante, trataba con dulzura a la joven y le mostraba sus encantos. Ella, haciendo uso de su recato, resistía con tesón. Pero las noches se sucedían y, el joven maravilloso, se hacía cada vez más irresistible. De modo que, en cuestión de pocos días, ya no podía poner freno a su pasión y la joven caía rendida a sus brazos y con una fiereza desatada tal que acababa desbocada a lomos de su amante. Este relato dejó a la superiora acongojada, mas aún fue peor la sorpresa de encontrarse con un segundo testimonio que daba fe del primero y, que además, incluía un elemento nuevo: uno de los hombres alojados en el convento era el ánfora que contenía aquel demonio carnal. El íncubo tomaba prestado el cuerpo de un sacerdote para obrar su maldad. Joanna se dijo que no podía ser, que la novicia que sorprendió a Isabelle no había visto a nadie, sino más bien una parte de alguien. A lo que Judith, la segunda perjudicada, respondió que el diablo sabía hacer invisible a quien le sirve para evitar que su vehículo se viese destruido.        

La primera decisión que hubo de tomar Joanna fue la de expulsar de inmediato a cuanto hombre cohabitase con ellas, sin excepción. Después de supervisar el piso superior, bajó al inferior y recorrió los pasillos y habitaciones en busca de monjes y sacerdotes. En mitad de su exploración descubrió los gritos de otra mujer no muy lejos de donde se encontraba. En aquella ocasión, procedían de algún lugar cercano a la capilla. Corrió hacia allí y pronto notó que las demás le seguían, alertadas, al igual que ella, por los inefables gritos de placer diabólico. Pronto se encontraban todas en corro, apoyadas por dos de los monjes de retiro, frente a la puerta de la capilla. En el quicio, una de las hermanas intentaba zafarse, arrastrándose de espaldas por el suelo, de las garras de un hombre santo. Al oír el gentío tras él, se volvió. Las caras de los presentes se manifestaron como si hubieran visto un fantasma y apenas unos pocos eran capaces de hacer retornar el color a sus rostros. Los más raudos, por primera vez, fueron los dos monjes, que se abalanzaron sobre el predador y lo inmovilizaron contra el suelo. La muchacha se zafó al fin y corrió a las faldas de su superiora, aún con lágrimas en los ojos. Los hombres dieron la vuelta al agresor y la sorpresa fue mayúscula al descubrir la identidad de éste. Era el sacerdote de Marsella.        

Después de su apresamiento, el sacerdote fue condenado a la hoguera. Se decía que había sido poseído por una fuerza diabólica y que había obtenido del mismísimo Diablo la facultad de enamorar a las mujeres echándoles el aliento en la cara. No obstante, ninguna de las afectadas recordó jamás que el sacerdote entrara en sus aposentos ni se les acercara para rociarlas con su aliento. Creían que, simplemente, trataba de esconder la verdadera naturaleza de aquellos sucesos para no descubrir al verdadero artífice, el íncubo. Sin embargo, en aquel Abril de 1611, antes de que el fuego consumiera el cuerpo del sacerdote e hiciera de él un montón de cenizas, éste dejó una confesión firmada. Mientras ardía en la pira, un ministro de Dios la leyó en voz alta ante los presentes: “Declaro que con mi consentimiento he recibido la marca del Diablo, y que esta marca, hecha con el dedo pequeño de Satanás, produce primero una ligera impresión de quemadura, y después una impresión agradable. Confieso haber echado el aliento con malos fines de lascivia a muchas mujeres, y con más frecuencia, sobre Magdalena de la Palud. Confieso también haber llevado el desorden al convento de las ursulinas, enviando allí una legión de diablos, que han debido fatigarlas día y noche.”     

Juan Bautista Gaufredi.

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