Ya os dije que se llamaba TIFA, un nombre muy poético que destila dulzura literaria por todas partes. Pero me ha declarado la guerra, cosa que sorprende a los que pasan un par de minutos con ella. Mi hijo la saca de paseo, la cuida, la quiere y los dos se llevan la mar de bien. Yo, que colaboro con buena voluntad en la ocurrencia sé que es un bicho, probablemente venida de otra Galaxia, o enviada por Pedro Botero para que me vaya acostumbrando a lo que me espera en los infiernos. Mi vecino, observador neutral, la llama “el demonio de Tasmania”, aunque yo creo más bien que está poseída y necesita con urgencia un exorcista.
Me come bien pero va a acabar con más componentes electrónicos que un transistor; por lo pronto, el sacrosanto mando de la tele está en cuidados paliativos y da ya hasta penica verlo; se ha comido 2 bolígrafos con su correspondiente tinta ( uno azul y el otro rojo ), un matamoscas, tropecientas macetas, hasta el punto que ya solo planto cactus ( como los que colgué hace poco) pero le da lo mismo, los desentierra igual; es una come piedras compulsiva de manual y no hay silla, sillón, sofá o cama que no le apetezca más para dormir y sestear que hacerlo en su colchoncito perruno. Di que es tonta, la tía. Ah, y pega unos saltos de record olímpico que me va a obligar a poner alambre de concertina en la terraza en modo 3.000 watios.
Cuando mi hijo, más santo que nunca y en vías de canonización, la saca de paseo, pega unos tirones que ni un tío de Bilbao; se lía a lametazos, chupeteos y mordiscos con perros de 50 kg, cuando ella solo pesa 10; Tiene más novios que la Charito la de la calle de la montera, los lleva más tiesos que Gerineldo y tiene más estrategias y tácticas que Von Clausewitz; cuando se le encara un perrazo de esos más feo que Picio y con dientes de a metro, se limita a ponerse panza arriba como una perrita indefensa y el otro se ablanda ante tamaña sumisión.
Nunca entenderé a los desalmados que abandonan perros por esos andurriales de Dios. TIFA es una mezcla de podenco y de vete tú a saber qué, osea... Una mil leches. Su nivel de asilvestramiento es notable y a sus dos años hace lo que le viene en gana. Eso sí, es muy obediente...por los cojones.
Mis nietos, como no podía ser de otra forma, están encantados, pero claro, llegar “a mesa puesta” (paseada, meada, correteada, bien comida y descansada) es estupendo. Y cuando se cansan de carantoñas y excitantes juegos, se largan a otra habitación armados con sus juguetes y me dejan a la perra con un subidón para nota.
Cuando le meto a la ínclita peluda un paquete de época, me pone una carita tipo "Fray Leopolda" y se acabó el paquete; se come la chuche que le doy, sigue dándole a la piedra que se está zampando y pelillos a la mar. Yo creo que entiende lo que le digo, pero se hace la longuis para que no siga con el rollo patatero.
Pero no lo puedo evitar: la quiero; Mis hijos ya saben que van a tener la custodia compartida de TIFA cuando yo falte, porque, a buen seguro, ésta nos entierra a todos.

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