jueves, 4 de mayo de 2023

SOLEDADES.

Una mayoría de seres humanos suelen aliviar sus soledades por medio de las creencias religiosas o supersticiosas. Pero yo, que ando más bien justito de ese tipo de creencias, he necesitado siempre de los afectos para poder trascenderme. Cada cual es rehén de sus propios traumas y de sus propias pulsiones, de sus fobias y sus filias. Y cada cual lo gestiona como puede.

Yo he tenido siempre una inusual necesidad afectiva: necesito querer. Querer, más que sentirme querido –aunque eso también, como todo el mundo, ¿para que nos vamos a engañar? querer, para sentirme vivo, para sentirme humano, para sentir que existo: "amo, luego existo" sería la máxima. Y esa necesidad me ha causado más de un problema porque me ha llevado a tomar malas decisiones.

«Pues quiérete más a ti mismo» me dice un buen amigo con la mejor intención, reproduciendo como un calco la famosa frase de la psicología positiva. Sí, sí, si yo me quiero mucho a mi mismo, quizás demasiado. Pero no creo que esa sea la solución. Porque, a veces, en busca de autoprotección o para lamerme las heridas, he buscado el aislamiento y la soledad para «quererme más a mí mismo». Pero sucede que cuando llevo demasiado tiempo en mis soledades, amándome a mí mismo, sin interactuar con nadie fuera de mi zona de confort, sin ningún contacto con otra mente y sin más voz que mi propia voz. O insultando a los rebañaorzas que pululan por el facebook, me agobio muchisísimo. Pienso que si se produjera un holocausto nuclear en el que quedara yo sólo sobre la faz de la tierra, la supervivencia no sólo me resultaría sumamente difícil sino totalmente absurda e indeseada. Y como yo, la mayoría de la gente, creo. Somos, queramos o no, seres interdependientes.

Yo por suerte, yo tengo la suerte de estar rodeado de buena gente y amigos para mandar un WhatsApp o llamarles, cuando no lo hacen ellos. Pero hay personas para las que nunca hay nadie al otro lado del teléfono o las únicas llamadas que recibe son las de un teleoperador a la hora de la siesta. Esa es la soledad deseada.

Ahora bien... también existe la soledad no deseada.
Que no es otra cosa que la dolorosa experiencia de vivir en un entorno que no satisface las necesidades afectivas y emocionales del individuo, cuando su red de relaciones sociales es deficiente y no encuentra los cauces adecuados para desarrollar y expresar sus sentimientos y su afectividad.
No sé trata de una realidad objetiva, sino una apreciación subjetiva, pero no por ello menos preocupante puesto que afecta directamente a la base de la salud mental. Y para esto no nos sirve la autoestima porque la soledad no deseada a lo primero que afecta es, precisamente, a la autoestima.

Desde mi punto de vista, opino que la soledad no deseada, la precariedad económica y la competitiva presión social, son las tres patas del endiablado taburete al que se sube el suicida para consumar su plan.

Y esto no se soluciona con prozac, con mascotas o con recetas de autoayuda y positividad. Esto solo se soluciona recuperando valores como, la empatía, la solidaridad o la afectividad, construyendo comunidades y entretejiendo redes afectivas que nos cuiden y nos protejan mutuamente.
Solo, sólo se va al infierno. 

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