sábado, 23 de diciembre de 2023

LA LOTERÍA.

Ya desde días antes, más bien semanas, diría yo; mi madre, emulando el cuento de la lechera, ya estaba  calculando y planificando el reparto del premio gordo de la Lotería de Navidad. "Si me toca, haré once partes, una para cada hijo y otra para mí", decía, "pa' mi vejez" apostillaba. Y nos hacía partícipes a todos, incluso a mí que no tenía ni idea –y sigo sin tenerla– de cómo funciona esa especie de estafa piramidal "¿Cuanto dinero me darían si me tocara el gordo?" ¡Pobrecilla!  Ese era el eterno sueño pequeñoburgués de miles de familias humildes y trabajadoras. Obviamente, murió sin ver realizado su sueño, como tantos miles de seres humanos.

Yo nunca he participado de esa liturgia de la Fortuna. De hecho, siempre me ha parecido un invento engañoso y alienante y cuando compro lotería, lo hago más por el temor de ser el único de los amigos al que no le toca que por la ilusión de que me toque. Y es que yo siempre he tenido una extraña relación con el dinero, nunca he sabido darle la importancia que se merece en una sociedad capitalista como la que tenemos hasta que te das cuenta que no puedes remar en contra. Entonces sí, entonces no tengo más remedio que reconocer que el dinero es algo –aquí y ahora– muy necesario. Son las contradicciones propias de un soñador anticapitalista.

Resumiendo: que mi relación con el azar nunca ha sido muy fluida y no le tengo yo demasiada confianza. Pero, como mi cuerno de la abundancia anda un poco menguado últimamente, había depositado yo, sin querer, ciertas esperanzas en eso de que el karma interviniera ante el azar para hablarle de mí. Había pensado yo, como mi madre, que como soy buena gente, el Universo me iba a compensar este año en forma de gordo de Navidad, pero nada. Ni un euro. Lo mismo que a mi madre

El Karma, el Universo y la diosa Fortuna pasan de mi cara. Creo que ni siquiera tienen la más remota idea  de mi existencia. Sólo soy otro mindundi más creyéndose el centro de la  Creación. 

Mi efímero sueño capitalista se ha esfumado con la cantinela cansina y repetitiva  de los niños de San Ildefonso. Así que cancelaré el viaje que tenía planeado, devolveré el Pétrus del 98 que había encargado y seguiré luchando por mi Motril,  por la sanidad pública y las pensiones dignas, como debe ser.

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