Dicen que era el preferido de Dios, el más bello, inteligente y bondadoso de todos los arcángeles. Pero algo pasó. No sabemos bien lo que fue porque la transparencia no ha sido nunca una característica del cielo ni de sus representantes en la tierra, pero se conoce que, debido a ese espíritu crítico intrínseco a la inteligencia, Lucifer se atrevió a poner en entredicho la palabra divina y a contestar su autoridad llegando a colocarse a la altura de Dios y a sentarse a su lado.
Tampoco nos ha llegado cual fue la reacción de Dios ante ese acto porque, como es habitual, los líderes suelen ser rehenes de su entorno, pero parece ser que en ese entorno la disidencia no fue bien acogida y surgieron las envidias, los celos y el odio. Y fue el arcángel San Miguel el que, capitaneando un ejercito de ángeles derrotó y expulsó a Lucifer a los infiernos. Fue una guerra civil celestial en toda regla, una lucha intestina por el poder como tantas otras ha habido a lo largo de la historia.
¿Ganaron los buenos? Pues no! Ganó la sumisión, la mediocridad, el pensamiento único, la envidia, el odio, la violencia y la tristeza; perdió la inteligencia, el pensamiento crítico, la libertad, la valentía, la desobediencia y la alegría.
Y uno que lleva en su ADN la desobediencia y la rebeldía, y no puede evitar ponerse siempre del lado de los perdedores, no puede dejar de preguntarse cómo sería el mundo si hubiese vencido Lucifer. Seguramente sería un mundo más divertido, más amable, más libre, más justo y más humano... No sé, porque aunque he visitado un par de veces los infiernos aún no he conocido a Lucifer pero estoy seguro de que habría prohibido los villancicos y las luces navideñas, motivo más que suficiente para que yo sienta, como los Rolling Stones, simpatía por el diablo.
📷Estatua del Arcángel Miguel triunfando sobre Lucifer - Boston College.
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