-" A mi abuela le afanaron la sonrisa; dijo una vecina en el diario del pueblo".
-"Ya no se puede vivir en este pueblo, la culpa es de los extranjeros que se divierten entre ellos y no nos explican los chistes"; opinó un señor mayor. " No se puede vivir con esta inseguridad. Que no se sabes si sales de tu casa y vuelves con cara de tonto porque nadie te hizo reír un rato".
Ante esta ola de abulia los medios de comunicación arengaron a la población para que exigieran más y más payasos en las calles. Asi fue que crearon la liga de payasos locales. Jóvenes de bajos recursos, en su mayoría, sin perspectivas de futuro, con escasa formación circense y payasistica, quienes con apenas 9 meses de instrucción fueron lanzados a la calle con atuendos ridículos para intentar suplir la necesidad de los habitantes.
El resultado fue catastrófico. Los payasos locales de ROBERLAND, se pasaban sentados borrachos en las esquinas horas y horas hasta cumplir su turno. No podían hacer reir a nadie, porque en realidad el problema era más profundo y no era tan fácil de solucionar. Pero poco a poco fue surgiendo efecto su presencia en las calles. Cuando iban a una pizzeria y exigian una pizza el maestro pizzero se les reía en la cara. Cuando querían requisar a un estafador, la gente no se los tomaba en serio. Lo cierto es que el dinero invertido en que existan tampoco fue tan en vano pues la población al verlos estallaba en risas incontenibles. Eran tan poco serio e inútil su presencia en las arterias céntricas de ROBERLAND, que los mandaron a los barrios, donde fueron un rotundo éxito. La gente se divertía con solo verlos y agradecían su presencia; hasta tal punto que la gente obviaba que se estuviese dilapidando fondos públicos en algo tan estúpido e inocente como llenar de payasos los barrios.
El aburrimiento fue desapareciendo, la paranoia, la inseguridad y el miedo también ya que la gente solía reunirse en torno a ellos y ya los delincuentes quedaban muy expuestos.
En el cerro de ROBERLAND, circulan hasta el día de hoy cientos de autos pintados, con luces de colores giratorias en el techo, camionetas repletos de payasos de asalto, asi como también carros cisternas que arrojan agua mezclada con colorantes a la población en carnaval.
Los agentes del delirio visten ropas coloridas, llevan cinturones con pistolas de agua y sombreros extravagantes. Suelen pedir documentaciones absurdas y la gente les dona dinero con sumo gusto, sin la necesidad de ser victimas de extorsiones. Es la primera vez en la historia, no solo de un pueblo. Sino de un país, que una fuerza pública en vez de reprimir, libera.
El cerro de ROBERLAND es el lugar que muchos buscan, aunque todavía queda muy lejos y nadie sabe como llegar.

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