Yo, mi madre y mi hermano mayor cogimos nuestro equipaje que consistía en tres maletas de cartón piedra reforzadas con cuerdas y algún bulto hecho con cajas de cartón atadas con la misma cuerda que las maletas. Bueno, cogimos no, en realidad yo no cogí nada: apenas tendría diez años; las que cargaron con todo fueron mi madre, mi hermano y mis tías que estaban esperándonos en una sombra de un pino en la cuneta, tres mujeres resueltas y con enormes ganas de ver a la hermana que un día lejano se fue del pueblo. Era mi primer viaje en la vida y el último que haría mi madre a la tierra que la vio nacer; se la veía contenta, feliz, exultante como creo que nunca más la volvería a ver. Mi padre no quiso venir; él siempre se negó a volver al lugar del que –decía– había sido expulsado a base de hambre y miseria.
Viajamos de noche, por lo cual yo me pasé la mayor parte del trayecto durmiendo en el regazo de mi madre. Pero al pasar por Ocaña no sé qué extraño impulso la llevó a despertarme:
—Mira, nene, ese es el Penal de Ocaña, por esos ventanucos que ves ahí –me dijo señalándome las ventanas de los pabellones y en concreto uno apartado del resto.– se oye gritar y quejarse a los presos como almas en pena.
Efectivamente, el Penal de Ocaña era una de las cárceles más duras del protofranquismo. Se trataba de un vetusto conglomerado de edificios con una especie de respiraderos que proporcionaban luz y aire a las celdas donde estaban los presos. Ni mi madre ni yo fuimos conscientes en ese momento, pero aquella visión marcó profundamente mi vida; hasta tal punto que creo que en ese preciso instante se empezó a conformar mi conciencia y mi sensibilidad volitiva.
Creada en1883, funcionando durante sus primeros años como una prisión para presos comunes. Desde su entrada en funcionamiento adquirió un papel relevante. En 1914 fue reformado y reconvertido en un reformatorio para adultos. Durante la Guerra civil sería transformado por los republicanos en un hospital militar, destinado a atender a los heridos del frente. Tras el final de la contienda volvió a ser empleada como una prisión. Durante los años de la Dictadura franquista se convirtió en una de las prisiones más grandes de España, habiendo llegado a albergar a más de 15000 presos.
Pero retomemos mis recuerdos: Fuimos en esa época del año en que la sierra granadina empieza a ponerse hostil, gris y fría y el aire huele a humo, a matanza y a aceitunas. Cuando el autocar reemprendió la marcha y se perdió entre una de las muchas curvas sinuosas de la carretera, nosotros bajamos por un sendero empedrado, sorteando campos de olivos, tablas de huertas y algún que otro cortijo desperdigado, hasta llegar a un profundo y húmedo valle donde vivían mis tíos y mis primos. Apenas se vislumbró la casa desde el sendero, mis tías empezaron a gritar:
–¡Niñaaaa! ¡Consueloooo!
En el umbral de la puerta de aquella casa encalada apreció una mujer morena, todavía guapa, rolliza y ante los ojos, de carnes todavía prietas:
–¡Ay, ay! ¡Que ya están aquí! Antonio, corre, ve y cógeles los bultos; Los besos resonaron en todo el valle y los abrazos y aspavientos, como casi todo en Andalucía, fueron exagerados...
En aquella Andalucía a la que no llegaban los Planes de Desarrollo de López Rodó de 1962, el tiempo y la distancia eran significantes vacíos, magnitudes vacuas. Me di cuenta aún siendo tan niño que allí el tiempo no se medía, simplemente transcurría con un ritmo lento, pausado y cadencioso. Y las distancias no eran largas o cortas, simplemente se salvaban, costara lo que costara, cuando había que salvarlas o se querían salvar. Y si había que salir a las cinco de la mañana para caminar medio día y subir a un cortijo en lo más alto de un cerro para ayudar en la matanza al tío Enrique, se hacía sin oir discusiones, pleitos ni zarandajas por ír o no ir, simplemente se iba y punto.
Los Cortijos no tenían nada que ver con la idea de cortijo instalada en el imaginario colectivo urbanita del que yo provenía al haber nacido y criado sin conocer esas edificaciones; eran modestas construcciones de piedra revocada y encalada compuestas por una cuadra, una gran sala donde se hacía la vida alrededor de la chimenea y un par de habitaciones –a lo sumo– que más bien parecían celdas monacales.
La vida allí era un claro ejemplo de economía colaborativa. Las familias se juntaban para ayudarse mutuamente en las tareas más arduas como, por ejemplo, la matanza del cerdo. Compartían esfuerzo y utillaje con generosidad y sin reservas en un calendario sabia y espontáneamente programado donde cada cortijo tenía establecida su fecha. No había pagos entre ellos, sólo había honradez, confianza mutua y una cosa por hoy ya defenestrada que llamaban "palabra".
Para un niño de diez años, los chillidos del cerdo mezclados con aquel olor a sangre, excrementos y piel chamuscada, era una impresión desagradablemente impactante, aunque ampliamente compensada por los ricos almuerzos de morcilla, asadurilla y/o de careta asada en la lumbre. Recuerdo ver a los hombres mayores daban largos tragos a la bota de vino mientras yo los miraba con envidia y hasta una cierta admiración.
Y después de dos días de intenso trajín pelando cebollas, despiezado y salando jamones y tocino, limpiando tripas y embutiendo chorizos y morcillas, llegaba la fiesta. Un postre hecho a base de granadas desgranadas y vino dulce endulcoraba el ambiente y preparaba los ánimos para el baile. Dos guitarras, un tamboril y una bandurria eran suficientes para cantar y bailar toda la noche entre copita y copita de anís o de coñac.
El resto de recuerdos se me vuelven más difusos e inconexos: las noches con la luz tenue de un candil que alargaba las sombras y acentuaba la penumbra, yo que nací ya con luz eléctrica. Se me viene a la memoria mi pobre primo pepillo que se hacía más de 5 Kilómetros todos los días para traerme pan blanco porque no me gustaba el que amasaba mi tía, un trillo desdentado en mitad de la era esperando las mieses, ( Cuando de mayor leía a García Márquez, el pueblo de mis ascentros me recordaba al Macondo que describía Gabo en sus novelas) los juegos con mi prima Mariola, los animales ( gallinas, un cerdo, una mula y un asno), el maíz apilado en un rincón con cuyas hojas secas (farfolla) rellenarían los colchones; las migas de pan con su morcilla, chorizo o trozo de panceta frita y poco más.
Mi memoria ya con mi edad está ya al borde del colapso y no es cuestión de abusar. Al fin y al cabo, los recuerdos no nos pueden salvar de la vida. Ni lo pretendemos, ¿verdad?...
DIARIO DE UN NIÑO URBANITA EN LAS ALPUJARRAS.

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