Cada texto es un nuevo frente abierto. Son palabras al viento que toman vida propia más allá de quien las escriba. Al escribirlos es como si los textos cobrarán otra identidad. Cada párrafo es una concepción del mundo.
Escribir para mi es una gran compañía. Es como los abrazos que por épocas escasean, es la bolsa de agua caliente en invierno, es poner unos palitos en la leña en una chimenea mientras hiela fuera, es la imaginación cuando llega de repente y te hace sonreir, es la mirada de esas personas que realmente te aprecian. Es tantas cosas que si me dejo llevar podría estar hasta mañana. Es que sumirse dentro del caos creativo tiene tanto de poesía. La impredecibilidad de darle un final digno a lo que escribes es un estado que cuando lo sabes llevar te genera alegría.
Asi me sucede cuando escribo. Incluso soy capaz de cerrar los ojos como ahora y solo subirme a la montaña rusa de las letras que se deslizan teclado abajo hacia un mundo desconocido donde todo es posible, donde no hay nada que tenga limite. Donde hasta pueden volver a tu bolígrafo esos momentos únicos de amores que ya no están, donde los recuerdos se hacen palabras juntas y los sueños realizables. Y creedme; Es tan posible todo que yo insisto cual escultor, intentando esculpir cada noche algún tesoro oculto en estas 29 letras que componen el abecedario. Estas letras dispuestas de una particular manera que combinadas unas con otras es posible construir sensaciones vividas que galopan en tu mente a caballo entre varios y diversos, mundos lejanos.
Escribir en las madrugadas pueden ser tranquilamente eternas. Es como una sensación tragicómica. El escribir muchas veces te acerca a muchos desconocidos y te aleja de los que más te han conocido.
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