sábado, 13 de abril de 2024

MELANCOLIA.

Qué raudal de felicidad aquélla de nuestra adolescencia; Pasión, credulidad, intrepidez, coraje. El mundo inédito, la vida intacta. Crecíamos ajenos al dolor y a las pérdidas. Al mal y al desengaño. Qué Lejos de nosotros quedaban todos los escollos. Lejos de la desazón y el desaliento. Lejos también el aguijón del miedo y de la rabia. Caminábamos juntos todos en pandilla, mirábamos al frente, siempre adelante, amos de la salud y las conquistas. En el que no existía para nosotros más futuro que el presente ni más acto caduco que el de los insectos que clavábamos con crueles alfileres en cualquier tabla. Ni más aspiración que huir, a pie o en bicicleta, por senderos sombríos del norte de Motril.

Ayer viendo una foto de una amigo en un descampado del que fuese mi barrio y por ende mi casa un buen tercio de mi vida me hizo recordar: Cuando yo era chico, en las fiestas de  mi barrio, los vecinos olvidaban sus rencillas( la mayoría por cosas triviales... Osea, chuminadas) y se juntaban para colgar banderitas, guirnaldas y farolillos de parte a parte de la calle, creando un cielo multicolor que crepitaba a la acción del viento; y  pintaban y decoraban el pavimento y las aceras en un alarde de imaginación y creatividad colaborativa realmente entrañable. Eso era lo que más me gustaba de las fiestas.

Pues esta mañana, como atraídos por un esotérico sortilegio, los fantasmas que me habitan han venido para llevarme, de nuevo, por aquellas calles engalanadas de mi antiguo barrio. Por un momento han desaparecido el tiempo y el espacio. Por un momento, el tiempo y el espacio se han fundido en una visión nítida y poli cromática, en un sentimiento perenne, en una emoción sostenida. A un lado del camino estaban nuestras casas. Y el camino llevaba a todas partes. Cuesta abajo a la mar, cuesta arriba hacia el cerro gordo, a la derecha al conjuro e izquierda a Mirasierra. Todas las direcciones al lado del camino: una extensión de tierra aún sin asfalto, con baches y socavones y un poste de la luz, para avisos y esquelas, que servía, asimismo, de parada. Todas las distracciones en una carretera que nos entretenía las horas del domingo, contando forasteros que iban y venían, observando los coches inmensos y modernos: Seat 1500 y «Seiscientos», Simca 1.000; diciéndoles adiós o mirando tan sólo a ver si alguien pasaba. 

En medio de un camino que apenas transitaban más que la tarde lenta o los gatos, sin prisa, colocábamos límites con botes o con piedras o con trozos de tiza pintábamos las rayas, e invertíamos tardes enteras jugando al escondite o a indios y vaqueros, o a la gallina ciega, o al potro, o a la piola. Era un tiempo feliz, sin reloj ni pesares, en medio de un camino, donde tan pronto estábamos rescatando al contrario como lanzándole una pelota envenenada. Unos días tranquilos en los que amontonábamos las cazadoras y trencas en el suelo y nadie interrumpía nuestra expansión sencilla: una partida al gua, otra al roma, otra al pañuelo por detrás, otra a la queda, una competición de caracoles o un corro a la patata. 

A un lado del camino descubríamos nidos, cazábamos insectos o nos entusiasmaban las grandes telarañas. Allí, con casi nada, lo inventábamos todo: sobre cajas de fruta o con algún cartón, levantábamos tiendas y vendíamos colillas, cacharros, pimentón de ladrillo y teja machacados, herramientas ya viejas o verduras prestadas. Usábamos señales como diana certera de nuestros tirachinas, escribíamos nombres con cachos de escayola en las tapias, nos tirábamos flechas a los jerséis de lana.  En medio del camino pasamos media vida. Hacíamos carreras,  montábamos en bici, corríamos tras el aro hecho con una cubierta de moto, gastábamos los sábados desde por la mañana. Comíamos la merienda, construíamos cocheras en montones de arena, subíamos a los muros en que no había cristales, buscábamos regatos, desviábamos el agua. Cruzábamos los tubos de las alcantarillas, trepábamos a los almendros allá por la ermita de San Nicolás, sitio preferido de los suicidas, amasábamos barro o perdíamos el tiempo pescando de mentira, con un hilo amarrado en cualquier caña. En medio del camino, entera nuestra infancia.

Y al despertar, una vez mas... "Melancolía; esa nada que duele"

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