Llamadme crédulo; Pero por un tiempo pensé que con la entrada del siglo XXI algo se revolvería para bien en la sociedad y avanzar mas. Jamás creí por un instante que en el siglo veintiuno seguirían cayendo proyectiles y bombas en los pueblos más tristes y recónditos de la tierra, y todo ello a la voz y mando de un tirano que levanta su copa, invicto y orgulloso, rodeado de siervos, aduladores, prostitutas y oro. Ni imaginaba que continuarían los prejuicios y el miedo como antaño y estarían vigentes los mismos mandamientos y dogmas tóxicos, las mismas salvajadas. Que supondrían aún motivo de odio y tortura la ideología, el origen de la persona, la condición sexual o el color de piel.
Jamás pensé que el siglo XXI iba a ser esto: una propagación cual pandemia de la crueldad y el asco, del odio y la cizaña. Un atentado continuo e instante cual gota Malaya contra el hombre, una mentira tras otra mentira invasora, una latente y continua amenaza. Un orbe plagado de ambiciosos y de cacos de guante blanco, un mapamundi plagado de fronteras dibujadas como cicatrices sobre un cuerpo humano sajado, donde se entrona a los ejecutores y a los que aúllan de sed y de hambre, los persiguen y matan. Una fosa común donde vaciar las centenas de muertos por error y recreo. Un infierno legal llamado Europa, Yemen, Palestina, el mediterráneo y un largo etcétera.
Llevamos día tras día todo el tiempo envenenando al propio tiempo, adorando en los templos a deidades y nuncios que promueven conflictos y apadrinan con su agua bendita metralla al mejor postor. Llevamos mucha vida destrozando los ríos y asfixiando la esperanza, invadiendo lo ajeno, conquistando con sangre, humillando sin cautela y sin trabas. Muchas épocas reprimiendo la voz, cual sumiso rebaño, alimentando imperios y boatos, sometidos a escarnios y falsas esperanzas. Muchas, aterrados con quiebras y desastres, castigos y tributos. Llevamos mucha historia subvencionando rifles y palacios y esbirros y cañones y concilios y feudos y monarcas.
En tanto que el buen tiempo no acaba de llegar a Motril y en tanto que yo escribo estas líneas tan simples, el mundo un día si y el otro también pide auxilio desesperadamente. En su resquebrajada paz no entra paz ni un rayo de luz. Y nada nos importa mientras no nos afecte. Y nos escabullimos como aturdidas bestias. Nadie asiste al grito de dolor de alguien mientras no le duela a el. Somos así los hombres, egoístas y necios. No sé por qué no quiero saber qué es lo que pasa. Ni sé por qué me escudo en el alejamiento. No entiendo por qué somos tan cómodos y sordos, tan indolentes algunas veces.
Nunca creí que el siglo veintiuno podría ser tan inmundo como fueron los otros. Que los seres, que aquí abajo habitamos, usáramos tan poco el corazón, tan poco el alma. No imaginé que todo nuestro empeño se centrara en triunfar, siempre y a cualquier precio, en acopiar riqueza, espacio, hegemonía -mortales como somos-, a base de lincharnos con hierro y a patadas. Ahora ya comprendo por qué no quedan quietas las olas ni las nubes; por qué anidan las aves, escamadas y solas, lejos de nuestros brazos; por qué intentan erguirse el árbol y sus ramas; por qué todas las rosas se revisten de espinas. Y por qué cualquier fiera, si nos presiente, escapa. Ahora intuyo la soledad de los parterres y jardines y el recelo de los animales. No estamos aprendiendo nada.

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