viernes, 5 de abril de 2024

EL CLUB DE LECTURAS DE MI NUERA.

Mi nuera, pertenece a un Club de Lecturas. Me dice que, técnicamente, también es para hombres pero que… ni se atreven, los muy cobardes. Además, para qué nos vamos a engañar, mejor solas que mal acompañás, porque los tíos somos, desgraciadamente, de cromosoma retorcío, muy nuestros y unos coñazos gruñones. Como iba diciendo; se lo montan bien, se lo pasan bien, se nota que están a gusto y básicamente se entienden de maravilla. No me digáis que eso no es también una rareza de narices. Y leen. Y leen mucho. Y eso es cojonudo porque pocos refugios de ocio existen que se puedan equiparar a un libro. O a muchos libros.

Pero ahí no queda la cosa. De vez en cuando se montan merendolas estupendas. Algo así como un fiestorro gastronómico/ cultural y cachondo. A su bola. Y a veces convierten la biblioteca en cuchipanda y merendola de sobaquillo. Y se ponen como el Quico o en su caso como la Quica. Y lo hacen porque las aportaciones gastronómicas no son cosa para tomárselo a coña para salir del paso sino más bien bocados ejecutados con nocturnidad, premeditación y alevosía gastronómica. Mi nuera, que sabe bien de mis flirteos con las cosas del comer, me trae unas cuantas muestras de lo allí zampado, no sé si con “animus restregandi” o por unos simples “toma, pa que veas” o “chúpate esa, abuelo Oberto”.

Hace poco me trajo unas tortas de aceite tamaño duro de Cádiz de plata, que valían su peso en oro: aromatizadas unas con tomillo y con hierbabuena otras; pero todo con una mesura desmedida, sin despuntar sabores ni predominar nada; equilibrio en boca, como tener un Circo del Sol bailando entre lengua y paladar. También tuvo el detalle de traerme  unos roscos de vino minúsculos, finos, delicados, golosos, que se desmoronaban en la boca al primer toque, ( aunque el vino brillaba por su ausencia). Pero me los birló pronto por aquello de mi batalla con el azúcar. Creo que me quiere como suegro y por eso me cuida. Ella hizo para el jolgorio unos mini  cruasanes en plan " caben en una caries de muela", pero no me dejó ni uno, ni para dar el visto bueno ni pa ná.

Ya sabéis que el cruasán nace en Viena al levantar el sitio de los turcos como un  insulto de los panaderos y para que los vieneses se comieran “la media luna”. Hay símbolos que con los tiempos que corren se te pueden atragantar. No veas cuando en fiestas de Moros y cristianos en Vélez Benaudalla llenaban las calles con petardos y bien gordos. Hoy en día, sería jugar con fuego. Goma dos. En fin, que leer leen, pero otros fiestorros también se montan. Hasta mi nieto Daniel  se quiere apuntar "a ese Club tan chulo". Tragón el. Y lector que promete. Que sea en buena hora.

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