-Platón.
Sabe a marengo la luz de la mañana en el Varadero/Santa Adela. Aún no han despertado las gaviotas. Una bruma de paz abraza esos barrios. Huele a nasa y a nudo. Huele a salitre y a malla. A palangre y a café. Me gusta ver los barcos en el muelle varados con su hipnótico vaivén al golpeteo de las olas. Y esta brisa de primavera tan gélida y salada. Es hermoso el barrio asomado y dormido, como añorando siempre su vocación de playa.
Me fascina verse abrirse la mañana como una grieta oscura a la que el amanecer brinda su luz desprendidamente, respirar el aire fresco, mirar las nubes, contemplar sus formas, desear ser una de ellas para saber cómo se ve el mundo desde otro plano. Saber que mi cuerpo aún me sostiene, que mis ojos miran, mi corazón late, mis brazos abrazan. Sentarme a la mesa en una terraza y aspirar el aroma seco del café temprano. Luego salir a la calle firme y decidido, saludar tan solo a quienes me incumben, obviar la presencia de los que ni apenas merecen un hola ni otra palabra, porque cada quien es cada cual y sus circunstancias.
Estos son los parabienes que nos ofrece la vida y las peticiones que lanzamos cuasi susurrando a nuestros hados. Agotar los días con esperanza asidua. Llegar a la noche con el alma encendida, sentir el calor de sentirse en casa. Dormir con la paz que respira un niño, dormir muy conforme contigo mismo, dormir con la fe de no deber nada. Soñar con aquello que tenemos o que soñamos, con fechas brillantes como una quimera, con nombres hermosos que me intensifican, y con esperarte como aún te espero, con el mismo amor con que te esperaba.
No obviar ni mucho menos olvidar que soy de materia humana. No herir, porque sé que el dolor aflige. No mentir si busco que me den verdades. No dejar atrás a nadie honesto y ni a sus vínculos que me unen a el como un hilo rojo. No odiar, porque conozco en mis carnes qué implica la saña. No participar ni ser cómplice al pacto del interesado. No elogiar en vano a nadie en post de mi provecho. No secar ni anegar los pozos de la fantasía y de la utopía. No volver jamás atrás.
Valorar todo cuanto cae entre mis manos siempre que sea licito y libre: como son el grito de lo injusto y la memoria, la voluntad y el credo, la lucidez del descamisado y el canto, la voz, la alegría y sus lágrimas. Mantenerlo todo eso a mi lado mientras pueda abonarlo. Empezar a ser consciente para asumir que mi tiempo ha de otear el fin. Y aceptar el adiós, cuando llegue el momento, con entereza, valentía y templanza. Pero eso sí; todo lo anteriormente dicho que sea junto al mar, porque si algo deseo es acabar mi tiempo cuando me llegue el día, contemplando la mar desde mi casa; donde pueda pronunciar las sílabas de todo lo que amé. Y levantar la vista a la lontananza marina y dar las gracias a ese mar; que susurra acompasadamente la canción de las sirenas. Un Bell canto que tranquiliza al ir al unísono con el tañer de las arpas doradas que acompaña el tímido eco de las olas. Un sonido heredado a las conchas y nácares de la playa, que inmortalizan para siempre el tono de las aguas. Ese es el mar que puedo ver aun cerrando los ojos.

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