Ahora que de un tiempo a esta parte me he puesto en modo " íntimo y profundo" os quiero hacer una confesión. Hay dos cosas que me producen mucho desasosiego y un profundo malestar cuando me veo obligado a hacerlas: Y son aplaudir y dar propina.
La segunda porque parece como que quiero situarme en una superioridad económica, social y moral que ni tengo ni deseo. El camarero, por ejemplo, hace bien su trabajo (como debe ser) y recibe por ello un salario digno, un trato digno con un horario digno (como debe ser). Si alguna de estas premisas no se cumple, protestaré. Que no le quepa la más mínima duda que lucharé junto al camarero por un salario digno para él y para mí. Pero no iré a su lugar de trabajo a creerme por encima de él por unos céntimos de propina.
En cuanto a la primera, a los aplausos, sólo hay dos momentos en los que me nace aplaudir: cuando escucho las notas finales del Nessun Dorma o cuando un trago de buen vino hace que se me salten las lágrimas. El arte, en general, sobre todo la música, me emociona y me induce al reconocimiento público y espontáneo. Todo lo demás me parece puro construccionismo social, convencionalismos de un mundo con los valores preestablecidos y jerarquizados. El aplauso es el consenso no consensuado, la uniformidad impuesta, el triunfo del "habitus" sobre la singularidad creativa y enriquecedora.
A veces, demasiadas veces me pongo a aplaudir porque es "lo que toca" y llevo sin oír el Nessus meses así que viva er vino, porque... no me voy a señalar ahora, pensarán que voy de intelectual excéntrico, o de "enfant terrible" pasado de años, o de vete a saber qué. Aplaudo y ya está. Pero me siento muy incómodo. Así que, si no me veis aplaudir nunca, no me lo tengáis en cuenta.
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