" La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento.”
-Maya Angelou.
Los momentos maravillosos, aunque sean efímeros, son como estrellas fugaces que iluminan nuestra existencia. A veces titilan apenas unos segundos, pero dejan una huella imborrable en nuestro corazón. Una huella que el tiempo no borra jamás.
Se me viene a la mente el recuerdo una mañana soleada de primavera, cuando paseaba por un parque cercano a mi casa. Sentí una brisa cálida acariciar mi rostro y decidí sentarme en un banco para disfrutar del paisaje. Mis pensamientos se perdían en las nubes que flotaban y danzaban producto del viento en esas alturas en el cielo azul intenso, cuando de repente vi a una niña pequeña corriendo alegremente por el césped. Sus risas eran contagiosas y su energía era vibrante.
En ese momento efímero, recordé mi infancia, esos momentos de pura felicidad y despreocupación. ¡Qué sensación certera de haber estado bajo este mismo cielo, de haberme detenido aquí, en este banco hace ya muchísimos años! ¡Qué deseos de abrir los ojos y reencontrarme allí, en la casa de mis padres, a punto de salir para la escuela, con la cartera en mano, mis compases flamantes y mi saca de tela con canicas!
Y es cuando te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo y cómo esos momentos valiosos se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos. Continué mi paseo por el parque, sumergido en mis pensamientos, cuando divisé a una pareja de ancianos de la mano. Sus rostros arrugados y sus manos entrelazadas eran un recordatorio de lo fugaz que es la vida. Su amor perduraba a pesar de los años, pero también eran conscientes de que cada momento compartido era precioso y único.
En ese momento fugaz, entendí la importancia de apreciar los momentos simples y cotidianos.
Es que no hay más realidad que los años pasan raudos y veloces como hojas manejadas por el viento. Donde caminamos hacia un futuro que es presente y pasado en un instante. Todo sucede ahora cada día más pronto, a un ritmo vertiginoso. Pasan los años y el tiempo se reduce. Y el problema es que menguan las intenciones y se acortan deseos y perspectivas. Y cuántas sensaciones nos quedan por descubrir aún. Cuántos interrogantes se quedan sin respuesta. Cuántas incertidumbres giran en torno a cuanto hemos visto y vivido a lo largo y lo ancho de la vida. A menudo estamos demasiado ocupados corriendo tras nuestras metas y dejamos de lado lo verdaderamente importante.
Desde entonces; me he propuesto disfrutar de cada momento, sin importar lo insignificante que pueda parecer. Porque los momentos que atesoramos aunque sean nimios son los que realmente llenan nuestra vida de significado y nos enseñan el verdadero valor de cada instante.

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