El tiempo verbal más complicado de conjugar es el presente, esto no nos lo enseñaron en la EGB.
Es porque el tiempo verbal pasado lo podemos idealizar y acomodar para la ocasión: lo editamos, quitamos-añadimos, lo engalanamos y mitificamos y hacemos de este tiempo verbal una buhardilla oscura ya clausurada pero a la que acudimos de vez en cuando para cambiar de ubicación los muebles, quitar o poner papel de las paredes o repintarla de nuevo todo a medida de nuestras necesidades, esperanzas y temores actuales.
El pasado lo moldeamos a conciencia, como el futuro, que es ese no-lugar en el que a menudo vaciamos todo el rebosante volquete que llevamos a cuestas de nuestras ilusiones más optimistas y esperanzas de mejora. El futuro nunca llegará; En el fondo lo sabemos y por eso podemos plantarnos e idealizarnos en su proyección.
Pero el presente es un tiempo verbal que se conjuga mal, a duras penas, difícil de editar porque estamos inmersos en su vorágine y carecemos de la perspectiva que nos da el tiempo y del distanciamiento adecuado para su revisión en frío.
Así que el presente se impone, nos doblega y nos malea, endereza y tuerce a su antojo. No lo podemos idealizar ya que está todavía abierto y cabalgamos en su lomo desbocado sin poder domesticarlo con nuestros trampantojos de esperanzas, ilusiones o remodelaciones del conjunto.
Y esa es la mala noticia, que vivimos de forma perenne e ininterrumpida en el único tiempo verbal que no podemos idealizar y apenas conjugar. ¿No me digáis que no es inquietante? A mí me lo parece.

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