Es que lo que es cierto es que somos viajeros en el tiempo, somos tan insignificantes como una mota de polvo en el mundo; en el que nos obstinamos en amoldar nuestra vida como si fuéramos a durar para siempre. No somos conscientes de que tan solo somos instantes, momentos pasajeros en una sucesión de recuerdos de la gente que nos aprecia; En definitiva somos como huellas en la arena qué las olas borran. Pero que algún día somos el recuerdo en la memoria de alguien.
Quizá mañana la noticia de nuestra muerte la reciban otros, con similar sorpresa, a la nuestra, cuando nos enteramos del fallecimiento de un hermano o amigo o de un conocido.
Quizá cuando nuestra muerte se sepa, en el corazón de algunos, por un momento instalado el miedo; se revele el propio destino final. Quizá en otros en cuyo corazón habite la nostalgia, al sentir el frio de la ausencia, desacostumbrados, lo encuentren raro, inaudito imposible, y se resistan a creer que la muerte sucede, no obstante, que es el más cierto de todos los hechos de la vida. Misterio inescrutable que degradada a gambito pírrico toda autodeterminación, es la promesa de cada nacimiento y sobre nuestra piel como un tatuaje invisible su advertencia permanece.
Las personas mueren y empezamos a extrañarlas, de repente se nos vuelven necesarios sus defectos, esa imperfección tan exquisita, tan hermosa y a la vez tan censurada por ser incómodamente socializada por algunos.
Las personas mueren y entonces el brillo de nuestros ojos al recordarlas se vuelve añoranza... Se habla de sus talentos y virtudes, del noble corazón dado a raudales.
Las personas mueren y sus palabras, sus enseñanzas y anécdotas se vuelven nuestras, su vida es al partir, obra y leyenda, genio y figura; su risa era un bell canto contagioso y su terquedad, era tan sólo "el reflejo bravío de su carácter obstinado".
Las personas mueren y no debió morirse, dicen sus familiares... " no ahora... serás ejemplo e inspiración para nosotros, serás leyenda..."
Muere la gente y su pareja llora inconsolable, porque brilla ahora la bondad, la ternura y la inteligencia, ocultas siempre bajo el velo del reproche, del dolor ocasionado por la herida imaginaria del daño imaginario. Muere y con la pareja inerte quiere irse, arrojarse, mientras le contempla desconsolada, en su tétrica morada. Muere la gente y se exige un día, solo un día, una hora... o una escalera al cielo y la vida se vuelve insoportable.
Se recuerda entonces el esfuerzo, la valentía y el amor de la persona que se ha ido; los errores se vuelven pequeñeces perdonables; insignificancias que en nada opacan su heroísmo, ni su magia. Las personas mueren y sus conocidos y parientes se sorprenden, se duelen incrédulos, afligidos, ridículos, atestando el sepelio de rosas, coronas, ramos que jamás en vida le dieron... Mientras dicen entre lágrimas y gemidos: ¡Que gran persona la que se nos ha ido!".
Mueren las personas y queda el tétrico y frío espacio de su ausencia, sus detalles que se van tras el deceso; su estúpida una veces y otra fascinante manera de vivir que no cesa de doler con su partida. Las personas mueren y a su desapego, a su egoísmo de ayer, le llaman ahora "alas", pasión por la libertad, rebeldía y autenticidad; mueren y se extrañan sus vuelos, sus cielos, sus regresos.
Las personas mueren y con ello, sale lo mejor y lo peor de sus dolientes, porque se han dado cuenta tarde que, habiendo tenido tanto amor para compartir, sólo queda entre ellos el tétrico vacío de la ausencia. Evita perderte el ahora, tal vez un breve "al rato lo hago", sea ya demasiado tarde.

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