Es un día laborable y madruga mucho. Le hace el desayuno a su mujer y se lo lleva a la cama; besa en la frente a los niños que dormitan, les cubre con las sábanas revueltas y acaricia al perro que lo acompaña moviendo la cola hasta la puerta... y sale a la mañana. Compra el periódico, le pregunta al dueño del kiosco por su mujer -que sabe que está algo enferma- y saluda con una sonrisa a los vecinos y a los conocidos que se cruza de camino a su trabajo.
Cuando llega a la oficina, deja una caja de bombones en el mostrador de la secretaria porque sabe que hoy es su cumpleaños. Pregunta por la familia a los guardas de la puerta y se mete dentro de la habitación. Suelta un buenos días, se quita la americana, se arremanga la camisa, deposita el maletín sobre una mesa, lo abre y saca el instrumental de trabajo para continuar lo que dejó a medias ayer. El hombre atado a la silla, ensangrentado y apenas consciente, le lanza una mirada aterrorizada y de súplica a la que él responde con una fría sonrisa y, sin decir una sola palabra, comienza de nuevo su trabajo.
Cuando regresa por la noche a casa, el torturador besa a su mujer, acaricia al perro y juega con sus hijos. Y hay que reconocerle al torturador cierta habilidad e inteligencia simuladora para tratar de hacer creer a los demás y a sí mismo que es un hombre bueno y virtuoso, indulgente e íntegro, aunque cuando te fijas un poco mejor lo que lo delata es la diminuta mancha de sangre que de forma descuidada se quedó debajo de una de sus uñas de la mano derecha y toda esa oscuridad que lleva dentro, la que proyecta sobre los demás, y que a veces por la noche le impide dormir.
Pero nadie más que el farsante, que es un auténtico y sibilino profesional del fingimiento, sabe esto último. Todavía no le ha contado a nadie, ni a su mujer, ni a sus hijos, ni a su perro, que le cuesta dormir por las noches.

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