Me enamoré del silencio. Del Motril en penumbras. Ya alejado de los rascacielos que se incendiaban solos en las grandes urbes. Añoraba la naturaleza que buscaba vida en los huecos de las calles en mi Motril. Del silencio. Del barrio gris. De la triste y modesta plaza de los enanos, de una casa azul que ya no era azul. De sus calles, del silencio erótico entre los personajes que pululan por ellas. De los gemidos apasionados, de sus rostros desfigurados. Del encanto de la soledad. De los fantasmas que cubren a la ciudad.
De los niños que aun juegan en alguna plazoleta emulando en pantalón corto a sus héroes del balompie, de la mujer que tiende su ropa en la lluvia. De los edificios color pastel que se mezclan con el gris.
Me enamoré de lo poco que queda por culpa de un voraz urbanismo y podía disfrutar. De la estación de bus, sin vida. De las tierras sin labrar, olvidadas uniéndose vencidas a su nuevo paisaje. De los rostros enojados con la vida, de los cientos de caminantes que se duelen con su ciudad. Retomé los buenos días, ¿el que tal? y el me alegro de verte.
Me alejé de los gritos de desesperación que ya no dejaban dormir. De los fantasmas que interrumpían la tranquilidad del sonido en la gran ciudad. Y volví al silencio. Al silencio del sol de mi tierra que se encona tímidamente por las paredes, deseoso que lo atrape y no puedo. De mi chaleco que me cubre del casi exiguo frio de un casi antiguo otoño.
Dejé atrás la urbe y el deseo ferviente de saltar, del vidrio roto y sus cristales. La tendencia de mirar atrás pidiendo ayuda, de los gritos de los que están abajo.
Y volví a la fría calidez del viento mediterráneo en mi cara y mi Motril gris que me saluda. La sonrisa que dibuja mi rostro contra el suelo. La tímida lluvia que abraza mi cuerpo cuando cae. Y sobre todo... Su silencio.
Y como diría un buen amigo mío: En definitiva Motril está " para entrar a vivir".

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