sábado, 22 de febrero de 2025

LA INMENSIDAD...

Sentado en la orilla de una playa de Motril, mis ojos se pierden en la inmensidad del mar. La amplitud de su superficie parece no tener fin,un lienzo infinito de tonalidades azules y verdes que se mezclan con el cielo. como si esas tonalidades se fundieran con el firmamento en el horizonte, donde el azul profundo se mezcla con las nubes. El sonido constante de las olas rompiendo en la arena trae consigo una sensación de calma, pero también de poder, como si la fuerza de la naturaleza pudiera arrastrarlo todo. El sonido de las olas es un canto tranquilo, un murmullo que se repite, como un recordatorio de la serenidad que habita en la naturaleza.

El observarlas desde la orilla me hizo sentir una mezcla de admiración y desafío. Son poderosas, impredecibles, como si estuvieran invitándome a probar mi resistencia, a enfrentar su furia. El mar es un misterio que siempre está cambiando. Sus aguas, tranquilas en un momento, pueden volverse furiosas al siguiente, pero siempre, en su furia cambiante, parece recordar que nada permanece igual por mucho tiempo. En sus movimientos veo historias que no han sido contadas, secretos que se ocultan bajo su superficie.

Cada ola que llega a la orilla lleva consigo una promesa de renovación, de un ciclo que nunca termina. Ese sonido parece contar una historia de viajes lejanos y secretos guardados en las profundidades. El mar, en su quietud y en su furia, es un recordatorio de que somos solo una pequeña parte de algo mucho más grande, algo que nos envuelve, nos conecta y nos sobrecoge con su inmensidad.

Sentado frente al vasto horizonte, la inmensidad del mar me envuelve en un susurro constante. Siento una conexión profunda, como si el mar compartiera su grandeza con mi alma. En ese momento, el tiempo se diluye y solo existe este instante, el mar y yo.

Estaba allí, sentado en la arena. Me quedé allí, absorto, como si el mar y yo compartiéramos un secreto antiguo. El sonido de las olas me hipnotizaba, mientras el viento susurraba a través de las palmeras cercanas. Era como si el tiempo se hubiera detenido y solo existiera ese momento, ese vasto y silencioso instante donde el mar lo decía todo. El mar me llamaba, y en mi mente, imaginaba sumergirme en sus aguas, desafiar su inmensidad y nadar contra sus olas. La idea era tentadora, como una aventura íntima, un reto personal. Sabía que las olas, con su fuerza impredecible, intentarían empujarme hacia la orilla, pero también sentía esa chispa de desafío en mi interior. Quería experimentar esa lucha, el esfuerzo constante por avanzar, por no dejarme arrastrar.

Me adentré en el agua, el frescor me envolvió y sentí cómo las olas chocaban contra mi cuerpo. Con cada brazada, la corriente intentaba llevarme atrás, pero me mantenía firme, empujando mi cuerpo hacia adelante, respirando con fuerza, sintiendo cómo el agua me rodeaba. El frío te envuelve al principio, pero la sensación de estar dentro de algo tan inmenso te da coraje. Cada vez que una ola me empujaba, pensaba en cómo lograrla dominar, cómo ser más fuerte que su ritmo.

La espuma saltaba a mi alrededor, y aunque el esfuerzo era intenso, había algo liberador en nadar contra las olas. No era solo una lucha física, sino también mental. Cada impulso hacia adelante me hacía sentir más vivo, más en conexión con el mar y su poder. El océano no se rendía, pero tampoco lo haría yo. Nadaba y nadaba, en una especie de danza que solo el mar y yo entendíamos.

El vaivén de las olas me empuja hacia atrás, pero yo no quiero rendirme. El agua golpea mi rostro, el salitre se cuela entre los poros de mi piel, pero sigo, sintiendo cómo la corriente tira de mí, cómo la espuma me rodea. La sensación de nadar contra ellas es abrumadora, como si estuviera desafiando a la naturaleza misma, como si el mar intentara decirme que no soy bienvenido, pero yo me niego a ceder. Cada vez que creo que la fuerza del agua me va a arrastrar de vuelta a la orilla, encuentro la fuerza para seguir, para avanzar un poco más, un poco más.

Es una lucha constante, pero también es una danza. La lucha se convierte en parte de la belleza del momento. Nadar contra las olas es, en el fondo, un acto de entrega y de valentía. Y aunque el océano siga reclamando su territorio, yo sé que cada esfuerzo me acerca más a entender su inmensidad, a sentirme más vivo que nunca. 

El sol terminó de ocultarse, y el mar se transmutó de azul al negro más oscuro.  El agua reflejaba los primeros destellos de la luna, creando destellos dorados que danzaban sobre las olas. La inmensidad del mar me envolvía, haciéndome sentir pequeño, casi insignificante, pero a la vez parte de algo mucho más grande y profundo.


martes, 18 de febrero de 2025

SOLEDADES.

"Solía ​​tener miedo de estar solo. Ahora tengo miedo de tener a la gente equivocada a mi lado".

 _Yukio Mishima.

Estar solos no es estar vacíos, sino un espacio donde los pensamientos se sienten más cercanos, como si la soledad fuese un espejo que refleja lo que se esconde dentro. De pronto, la habitación en silencio habla más que cualquier conversación. La habitación vacía resuena con el eco de sus pensamientos. El reloj marca el paso de los minutos, pero no hay nadie que los compartan. La soledad es una compañía silenciosa, que a veces se disfraza de libertad, otras de vacío. Pero, al final, es solo ella, el ruido de sus propios pasos y el murmullo de lo que nunca dijo.

La soledad puede ser un estado complejo, donde los pensamientos fluyen libremente, sin el ruido externo que normalmente los oculta. Para una persona en soledad, el espacio vacío puede ser un espejo que refleja no solo lo que se es, sino también lo que se teme ser. En esos momentos de silencio, las preguntas surgen sin prisa: ¿Quién soy realmente cuando no hay nadie a mi alrededor para definirme? ¿Qué lugar ocupo en este vasto mundo, si no me rodean voces que me digan qué hacer, qué pensar, qué sentir?

La soledad, entonces, puede ser un refugio o un desafío. Puede ser un lugar donde se descubren fortalezas ocultas, donde la mente explora nuevos caminos, o, por el contrario, donde las inseguridades y temores se intensifican, revelando partes de uno mismo que preferiríamos ignorar. Pero, en el fondo, la soledad también puede ser una oportunidad para conocerse mejor, para aprender a estar en paz con uno mismo sin la necesidad constante de aprobación o compañía.

Es en la soledad donde la verdad puede ser más clara, porque no hay máscaras ni expectativas externas. Es un espacio que nos invita a la reflexión profunda y al crecimiento personal, donde cada pensamiento puede ser examinado sin distracciones. Sin embargo, la soledad también puede ser un recordatorio de la importancia de las conexiones humanas, de lo que realmente significa compartir el tiempo y las emociones con otros.

Al final, la soledad no es necesariamente una condena, sino una invitación a comprender lo que somos cuando no hay nadie más para influir en nuestra percepción de nosotros mismos. Es un espacio donde, si se sabe navegar, se puede encontrar una paz profunda y, tal vez, una mejor versión de uno mismo.

lunes, 17 de febrero de 2025

SONIDOS.

Desde hace muchísimos años colecciono relojes de saboneta y lapine ( no tienen tapadera como los de saboneta), los tengo en unas preciosas cajas labradas en madera que me construyó una artesana gallega. Cada tres días les doy cuerda a todos.

De día su sonido es imperceptible pero en el silencio ya es otro cantar. Tumbado en el sofá del salón en la penumbra de la madrugada, los relojes son los únicos testigos de la quietud que se respira. No hay más sonidos, salvo los de sus manecillas que avanzan, inexorables. Cada tic y tac retumba en el aire como un eco de lo que fue, un recordatorio de que el tiempo nunca se detiene, aunque uno lo desee con todas sus fuerzas. En la oscuridad, los relojes parecen multiplicarse, cada uno con su propio ritmo, como si intentaran escapar del abrazo sombrío que los rodea.

Lo cierto es que el sonido del reloj en el silencio de la noche es un recordatorio casi inquietante de la inevitabilidad del paso del tiempo. En la quietud absoluta, cada tic-tac parece multiplicarse, envolviéndonos en una sensación de urgencia silenciosa. Es como si el sonido del reloj fuera la banda sonora de nuestras vidas, marcando un ritmo constante e inquebrantable, mientras la oscuridad lo absorbe todo a su alrededor. En ese silencio profundo, el sonido se convierte en una meditación sobre lo efímero del presente, sobre cómo cada momento se escapa de nuestras manos, irrepetible, mientras nos enfrentamos al misterio de lo que vendrá. Nos hace meditar sobre lo efímero de la existencia y la importancia de aprovechar el ahora, ya que el reloj sigue su curso, indiferente a nuestras preocupaciones.

Al principio, tan solo percibes un susurro. La quietud parece confortable, una calma apacible. Pero, a medida que avanza la noche, el sonido se intensifica. Es como si los relojes no fueran meros instrumentos, sino algo más, algo vivo. La forma en que sus manecillas giran, desmesuradamente rápidas en algunos y terriblemente lentas en otros, crea una sensación de desasosiego.

Cada segundo parece prolongarse en la oscuridad, como una eternidad que jamás se resuelve. La humanidad que habita ese espacio siente cómo el tiempo se convierte en su propio enemigo. Aunque realmente no se que espero, la espera se vuelve interminable. Y, aunque los relojes avanzan con firmeza, la sensación de estar atrapado en un instante eterno persiste.

En ese instante, en esa oscuridad infinita, el único propósito es sobrevivir al sonido. Porque cada tic, cada tac, es un recordatorio de que, en la oscuridad, no hay escapatoria. Solo hay que esperar, hasta que el último segundo se desvanezca.

A medida que la noche avanza, me veo arrastrado en un juego mental donde los relojes, que deberían ser mi salvación al darle sonido al tiempo, se convierten en mi peor enemigo. La oscuridad no solo es la ausencia de luz, sino la manifestación de mi propia desesperación. Los relojes, con sus tic tacs perturbadores, me muestran lo que temo: que el tiempo sigue pasando sin que yo pueda hacer nada al respecto.

martes, 11 de febrero de 2025

INSPIRACIÓN TÓXICA..

Los castillos de arena construidos en mi vida se están desmoronando, granito a granito, segundo a segundo. Estoy sentado enfrente de el, viendo como se deshace todo, por que así lo he elegido. Pero es que me duele tener la certeza de que el amor que sentía por ti ya no está, se ha ido esfumando, poco a poco, y siento que tan sólo me queda el cariño, la costumbre...y en este punto de mi vida ya no es suficiente. Los sentimientos no se eligen, ahora lo sé, no se fingen, ahora lo entiendo. Y siento como si mil puñaladas me atravesaran el corazón cada vez que imagino tu cara difusa transmitiendo sin quererlo el daño tan feroz que te estoy haciendo, y no es mi intención, pero lo sé, te estoy robando el alma a cada paso que doy, consumiendo tu alegría a cada instante que te invoco. Yo tengo la culpa, lo siento así, pero no una culpa consciente y dañina, sino una culpa impuesta por las circunstancias. No puedo mandar en la imperiosa y a la vez enfermiza necesidad que siento por ti, no puedo retorcer mi corazón para que todo esté bien cuando no es verdad. Nos merecemos ser felices. Tan solo veo que cada día que pasa es cada vez más diferentes que el de ayer. Yo sé que eres de muchos y muchas, pero mi egoísmo me impide compartirte; Ambos hemos cometido errores, que parecían sin importancia, sin trascendencia. Los tuyos han ido llenando un saquito de desesperanza que creí vacío, pero que ahora está a rebosar. Qué pena que los míos te pesen tan poco... me gustaría que los dos estuviéramos en la misma situación, pero no es así. Mayormente porque tú lo vives mil veces a diario y estás acostumbrada. Preferiría ser el abandonado enamorado que la dejadora sin piedad que eres, que sin quererlo hace daño a todos los que te invocan. Pero es que te pienso en un rayo de sol, en una pizca de brisa, en una gota del mar. Te llevo en los poros de mi piel, en el rizo de mi pelo, en mi retina grabada. Te extraño con toda la fuerza del viento, con la velocidad de un rayo, con toda la intensidad de la lluvia. Te quiero con todo el alma repleta, con cada recuerdo que está en mi mente, con cada sonrisa que imagino en tu cara. Te siento en cada latido de mi corazón roto, en cada palabra pronunciada, en cada pensamiento que es para tí. Te hablo pensando que puedes escucharme, que estás junto a mí, y no me dejarás nunca. Realmente creo que siempre sería así, tan increíble para mí, tan difícil de admitir, tan imposible de entender. Te extraño a cada paso que doy, a cada instante que pasa, a cada segundo que se evapora. Te recordaré siempre, sin miedo a pensar que algún pueda olvidar acordarme de ti, por que tengo la certeza clavada en mi alma de que eso no pasará jamás. Y siento que me falta el aire, busco desesperadamente volver a respirar, y me doy cuenta que sigo respirando, que el aire no ha faltado ni un segundo de su lugar, pero yo de la misma manera me ahogo. Y cierro los ojos, y estás ahí, sigues ahí, como si nunca te hubieras ido. Me hablas, te escucho, te mueves, te veo, me miras, te observo... ¿dónde has estado todo este tiempo? Me sonríes y contestas... Siempre he estado aquí, y siempre estaré aquí... Pero hay veces que no sé encontrarte, no sé buscarte, no sé entender todo esto que no tiene sentido. Solo eres sonidos en mi mente, ruidos a mi alrededor, la calma me llena y tal y como llega se va... el ansia me recorre el cuerpo, y decido dejar de pensar en tí... Pero vuelvo inventando un millar de excusas para no creer que lo que está pasando es real... Pero al final todo es como siempre me despido de ti con un...¡ Hasta siempre inspiración!, y tú me contestas con un guiño en el ojo: Te espero en un minuto...

sábado, 8 de febrero de 2025

MENTIRAS.

" Con un cebo de mentiras pescas el pez de la verdad".

-Polonio a Reinaldo (acto 2, escena 1): HAMLET.

¿Qué culpa tendrá la mentira? Cuando simplemente es presa de la mala fama y eterna musa de los creadores de mundos. La mentira plasmada en un lienzo o saliendo de los labios de un poeta, maquillan a veces a las penas para que no se sientan feas. Sin mentira la verdad perdería su valor y pasaría desapercibida entre el resto de palabras sin sentido, se vaciarían los mares y caerían los cielos. Esto último es mentira. Vengo a defenderla como compañera en noches de escribir sin mirar el reloj; reivindico el mentir como forma de crear, igual que reivindico el poner en la paleta de colores las mentiras frías a un lado y las cálidas al otro. Lo mismo que esculpe la mentira en la piedra el escultor para dotarla de vida. Aterriza la mentira en un lienzo desnudo y el pintor la viste con mimo.

Yo creo que deberíamos tratar mejor a la que siempre ha hecho todo lo que ha podido por no dejarnos solos aquí, la que ayuda a teñir de colores vivos los paisajes ocres que la verdad deja a su paso.

Si los artistas contasen solo las verdades no soñaríamos despiertos, nadie quiere oír historias aburridas de fracaso y frustraciones. La verdad ya la tenemos, nadie nos la va a quitar; tan solo quieren regalarnos sus mentiras favoritas envueltas en versos, tintes y notas porque sería una pena que nos quedasemos sin probar el sabor de la mentira bien cocinada.

Como esa chica que llora por un amor no correspondido mientras dice "estoy bien". Como aquella madre que pierde a su hijo y dice "ya lo superaré". Como aquel amante que despide a su media naranja en un andén diciendo: "no me olvides, volveremos a vernos pronto". Como yo diciendo: "olvídame, no me mereces". Como tú diciendo: "te quiero". 

Tan sólo son palabras que nos engañan, que pronunciamos para complacernos a nosotros mismos, que nos hacen sentirnos bien para seguir adelante, pero que tarde o temprano vuelven para recordarnos que sólo son eso, mentiras...