Sentado en la orilla de una playa de Motril, mis ojos se pierden en la inmensidad del mar. La amplitud de su superficie parece no tener fin,un lienzo infinito de tonalidades azules y verdes que se mezclan con el cielo. como si esas tonalidades se fundieran con el firmamento en el horizonte, donde el azul profundo se mezcla con las nubes. El sonido constante de las olas rompiendo en la arena trae consigo una sensación de calma, pero también de poder, como si la fuerza de la naturaleza pudiera arrastrarlo todo. El sonido de las olas es un canto tranquilo, un murmullo que se repite, como un recordatorio de la serenidad que habita en la naturaleza.
El observarlas desde la orilla me hizo sentir una mezcla de admiración y desafío. Son poderosas, impredecibles, como si estuvieran invitándome a probar mi resistencia, a enfrentar su furia. El mar es un misterio que siempre está cambiando. Sus aguas, tranquilas en un momento, pueden volverse furiosas al siguiente, pero siempre, en su furia cambiante, parece recordar que nada permanece igual por mucho tiempo. En sus movimientos veo historias que no han sido contadas, secretos que se ocultan bajo su superficie.
Cada ola que llega a la orilla lleva consigo una promesa de renovación, de un ciclo que nunca termina. Ese sonido parece contar una historia de viajes lejanos y secretos guardados en las profundidades. El mar, en su quietud y en su furia, es un recordatorio de que somos solo una pequeña parte de algo mucho más grande, algo que nos envuelve, nos conecta y nos sobrecoge con su inmensidad.
Sentado frente al vasto horizonte, la inmensidad del mar me envuelve en un susurro constante. Siento una conexión profunda, como si el mar compartiera su grandeza con mi alma. En ese momento, el tiempo se diluye y solo existe este instante, el mar y yo.
Estaba allí, sentado en la arena. Me quedé allí, absorto, como si el mar y yo compartiéramos un secreto antiguo. El sonido de las olas me hipnotizaba, mientras el viento susurraba a través de las palmeras cercanas. Era como si el tiempo se hubiera detenido y solo existiera ese momento, ese vasto y silencioso instante donde el mar lo decía todo. El mar me llamaba, y en mi mente, imaginaba sumergirme en sus aguas, desafiar su inmensidad y nadar contra sus olas. La idea era tentadora, como una aventura íntima, un reto personal. Sabía que las olas, con su fuerza impredecible, intentarían empujarme hacia la orilla, pero también sentía esa chispa de desafío en mi interior. Quería experimentar esa lucha, el esfuerzo constante por avanzar, por no dejarme arrastrar.
Me adentré en el agua, el frescor me envolvió y sentí cómo las olas chocaban contra mi cuerpo. Con cada brazada, la corriente intentaba llevarme atrás, pero me mantenía firme, empujando mi cuerpo hacia adelante, respirando con fuerza, sintiendo cómo el agua me rodeaba. El frío te envuelve al principio, pero la sensación de estar dentro de algo tan inmenso te da coraje. Cada vez que una ola me empujaba, pensaba en cómo lograrla dominar, cómo ser más fuerte que su ritmo.
La espuma saltaba a mi alrededor, y aunque el esfuerzo era intenso, había algo liberador en nadar contra las olas. No era solo una lucha física, sino también mental. Cada impulso hacia adelante me hacía sentir más vivo, más en conexión con el mar y su poder. El océano no se rendía, pero tampoco lo haría yo. Nadaba y nadaba, en una especie de danza que solo el mar y yo entendíamos.
El vaivén de las olas me empuja hacia atrás, pero yo no quiero rendirme. El agua golpea mi rostro, el salitre se cuela entre los poros de mi piel, pero sigo, sintiendo cómo la corriente tira de mí, cómo la espuma me rodea. La sensación de nadar contra ellas es abrumadora, como si estuviera desafiando a la naturaleza misma, como si el mar intentara decirme que no soy bienvenido, pero yo me niego a ceder. Cada vez que creo que la fuerza del agua me va a arrastrar de vuelta a la orilla, encuentro la fuerza para seguir, para avanzar un poco más, un poco más.
Es una lucha constante, pero también es una danza. La lucha se convierte en parte de la belleza del momento. Nadar contra las olas es, en el fondo, un acto de entrega y de valentía. Y aunque el océano siga reclamando su territorio, yo sé que cada esfuerzo me acerca más a entender su inmensidad, a sentirme más vivo que nunca.
El sol terminó de ocultarse, y el mar se transmutó de azul al negro más oscuro. El agua reflejaba los primeros destellos de la luna, creando destellos dorados que danzaban sobre las olas. La inmensidad del mar me envolvía, haciéndome sentir pequeño, casi insignificante, pero a la vez parte de algo mucho más grande y profundo.





