lunes, 17 de febrero de 2025

SONIDOS.

Desde hace muchísimos años colecciono relojes de saboneta y lapine ( no tienen tapadera como los de saboneta), los tengo en unas preciosas cajas labradas en madera que me construyó una artesana gallega. Cada tres días les doy cuerda a todos.

De día su sonido es imperceptible pero en el silencio ya es otro cantar. Tumbado en el sofá del salón en la penumbra de la madrugada, los relojes son los únicos testigos de la quietud que se respira. No hay más sonidos, salvo los de sus manecillas que avanzan, inexorables. Cada tic y tac retumba en el aire como un eco de lo que fue, un recordatorio de que el tiempo nunca se detiene, aunque uno lo desee con todas sus fuerzas. En la oscuridad, los relojes parecen multiplicarse, cada uno con su propio ritmo, como si intentaran escapar del abrazo sombrío que los rodea.

Lo cierto es que el sonido del reloj en el silencio de la noche es un recordatorio casi inquietante de la inevitabilidad del paso del tiempo. En la quietud absoluta, cada tic-tac parece multiplicarse, envolviéndonos en una sensación de urgencia silenciosa. Es como si el sonido del reloj fuera la banda sonora de nuestras vidas, marcando un ritmo constante e inquebrantable, mientras la oscuridad lo absorbe todo a su alrededor. En ese silencio profundo, el sonido se convierte en una meditación sobre lo efímero del presente, sobre cómo cada momento se escapa de nuestras manos, irrepetible, mientras nos enfrentamos al misterio de lo que vendrá. Nos hace meditar sobre lo efímero de la existencia y la importancia de aprovechar el ahora, ya que el reloj sigue su curso, indiferente a nuestras preocupaciones.

Al principio, tan solo percibes un susurro. La quietud parece confortable, una calma apacible. Pero, a medida que avanza la noche, el sonido se intensifica. Es como si los relojes no fueran meros instrumentos, sino algo más, algo vivo. La forma en que sus manecillas giran, desmesuradamente rápidas en algunos y terriblemente lentas en otros, crea una sensación de desasosiego.

Cada segundo parece prolongarse en la oscuridad, como una eternidad que jamás se resuelve. La humanidad que habita ese espacio siente cómo el tiempo se convierte en su propio enemigo. Aunque realmente no se que espero, la espera se vuelve interminable. Y, aunque los relojes avanzan con firmeza, la sensación de estar atrapado en un instante eterno persiste.

En ese instante, en esa oscuridad infinita, el único propósito es sobrevivir al sonido. Porque cada tic, cada tac, es un recordatorio de que, en la oscuridad, no hay escapatoria. Solo hay que esperar, hasta que el último segundo se desvanezca.

A medida que la noche avanza, me veo arrastrado en un juego mental donde los relojes, que deberían ser mi salvación al darle sonido al tiempo, se convierten en mi peor enemigo. La oscuridad no solo es la ausencia de luz, sino la manifestación de mi propia desesperación. Los relojes, con sus tic tacs perturbadores, me muestran lo que temo: que el tiempo sigue pasando sin que yo pueda hacer nada al respecto.

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