"Solía tener miedo de estar solo. Ahora tengo miedo de tener a la gente equivocada a mi lado".
_Yukio Mishima.
Estar solos no es estar vacíos, sino un espacio donde los pensamientos se sienten más cercanos, como si la soledad fuese un espejo que refleja lo que se esconde dentro. De pronto, la habitación en silencio habla más que cualquier conversación. La habitación vacía resuena con el eco de sus pensamientos. El reloj marca el paso de los minutos, pero no hay nadie que los compartan. La soledad es una compañía silenciosa, que a veces se disfraza de libertad, otras de vacío. Pero, al final, es solo ella, el ruido de sus propios pasos y el murmullo de lo que nunca dijo.
La soledad puede ser un estado complejo, donde los pensamientos fluyen libremente, sin el ruido externo que normalmente los oculta. Para una persona en soledad, el espacio vacío puede ser un espejo que refleja no solo lo que se es, sino también lo que se teme ser. En esos momentos de silencio, las preguntas surgen sin prisa: ¿Quién soy realmente cuando no hay nadie a mi alrededor para definirme? ¿Qué lugar ocupo en este vasto mundo, si no me rodean voces que me digan qué hacer, qué pensar, qué sentir?
La soledad, entonces, puede ser un refugio o un desafío. Puede ser un lugar donde se descubren fortalezas ocultas, donde la mente explora nuevos caminos, o, por el contrario, donde las inseguridades y temores se intensifican, revelando partes de uno mismo que preferiríamos ignorar. Pero, en el fondo, la soledad también puede ser una oportunidad para conocerse mejor, para aprender a estar en paz con uno mismo sin la necesidad constante de aprobación o compañía.
Es en la soledad donde la verdad puede ser más clara, porque no hay máscaras ni expectativas externas. Es un espacio que nos invita a la reflexión profunda y al crecimiento personal, donde cada pensamiento puede ser examinado sin distracciones. Sin embargo, la soledad también puede ser un recordatorio de la importancia de las conexiones humanas, de lo que realmente significa compartir el tiempo y las emociones con otros.
Al final, la soledad no es necesariamente una condena, sino una invitación a comprender lo que somos cuando no hay nadie más para influir en nuestra percepción de nosotros mismos. Es un espacio donde, si se sabe navegar, se puede encontrar una paz profunda y, tal vez, una mejor versión de uno mismo.

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