sábado, 11 de mayo de 2019

EL DAÑO COLATERAL.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Se preguntaba Juan mientras observaba la gran vía de Madrid desde la ventana de la habitación de su hotel. Se había levantado pronto, otra noche en duermevela como hacía ya mucho que le sucedía. Cada vez dormía peor. Volvió la espalda a la ventana y comenzó a caminar hacia la cama, se sentó en el filo de ella y se froto con las manos la cara con fuerza intentando desperezarse; dejó las manos abiertas pegadas a su cara intentando buscar la oscuridad que no le daba sus ojos cerrados.

La imagen de su casa en Motril se le dibujo en la imaginación.¿Que estaría haciendo su mujer ahora? Seguramente arreglando los parterres de la entrada o baldeando el porche de la entrada. Llevaba una semana sin hablar con ella, se lo tenían prohibido o se lo había autoimpuesto, no le quedaba claro, solo una llamada a la semana, no solo eran con ella, no hacia ni recibía ningún tipo de llamadas, así como cualquier contacto con la realidad mundana; Nada de televisión, radio o prensa. Tan solo un ordenador con unos programas específicos.
_ ¡Esto no es vida! Exclamó en un tono imperceptible.

Pero esa vida la había elegido el, nadie le había obligado ni le obligaba a seguir viviéndola, así que sus quejas sonaban como un brindis al sol. El contínuo replique de golpes en la puerta le sacó de sus cavilaciones.
_ ¿Con permiso? Exclamó una voz femenina.
_¡Adelante!. Casi gritó Juan producto de la alegría de oír una voz agradable.
_Su desayuno. Contestó la camarera mientras empujaba un carrito con el desayuno encima. Cruzó el dormitorio y lo dejó junto a una mesa que pegaba a la ventana. Depositó todo el servicio de desayuno en la mesita y girando el carro se dispuso a abandonar la habitación.

_Señorita, ¿Podría traerme la prensa del día por favor? La voz de Juan sonó en tono casi implorador.
_Lo siento señor Lujan, tengo orden expresa de que a la habitación 609 no proporcionar prensa, libros o algo que le distraiga, es más incluso de hablar con usted, lo siento muchísimo; contestó la camarera mientras salía de la habitación cerrando la puerta.
_¡Dios! Estoy en una cárcel y yo pago mis propios carceleros.Cuantas veces le dijo su mujer que lo dejara, que lo había ya conseguido. Era rico, tenía fama mundial, que no necesitaba seguir, que ella no necesitaba eso, necesitaba a su marido junto a ella. Viviendo, paseando, viendo crecer a su hija. Pero algo le empujaba a seguir; a continuar.

¿Cuantas veces le había dicho a ella que ese sería su último año?.
_Doce veces en doce años. Se autocontestó balbuceando entre dientes mientras se servía una generosa taza de manzanilla. Se sirvió un terrón de azúcar y moviendo compulsivamente en círculos la cucharilla mientras hacia cálculos mentales:
_Doce años; dos meses al año en casa sin viajar, 24 meses junto a mi esposa, para ella un nada, para mí…un todo.
Recordaba cuando la conoció y le dijo a lo que se dedicaba. De cómo ella sonriendo le dijo que si eso daba para vivir o lo hacía por amor al arte, sin saberlo no sabía ella a que condena se vería abocada al enamorarse de mí. 

El destino es muy caprichoso pero cuando de amor se trata no existen caprichos, trabas ni condicionantes, se ama o no se ama, así de simple. Las consecuencias no oscurece lo mas mínimo el amor que siento por ella, y yo sé que ella por mí. Ella lo dejo todo por el, sin pedir nada a cambio y así le pagaba él, con la ausencia; una ausencia consentida por él, si quisiera el podría pararlo, pero no lo hacía, algo se lo impedía. 
Esa vida de lujo y bienestar que le daba a ella y a su hija no tenía ningún valor si no podía compartirla juntos. Aparte que ella jamás le pidió nada, bueno sí, solo tenerle siempre cerca y precisamente eso es lo que le negaba.

Dejó la taza ya apurada en el platillo y se dirigió al baño, se miró en el espejo y escrutando su barba decidió que no necesitaba recortarla, estaba perfecta, se aseó despacio, sin prisa como todo lo que hacía, meticulosamente, mecánicamente. Esa forma de ser lo había adquirido producto de su profesión; ese carácter era del todo necesario si no, no hubiera llegado tan lejos; todo pensado, todo medido, nada de improvisación y mucho menos prisas.

Salió del baño y se encamino al armario, lo abrió despacio  descolgó un vaquero, un suéter negro de cuello alto y una chaqueta de ante y los depositó encima de la cama deshecha. A su mujer le gustaba su forma de vestir, lejos de los estereotipos de su profesión al menos él se había dado el gusto de vestir como quería.Siempre solo, la soledad del guerrero. 
Esa soledad autoimpuesta, un código no escrito en el que dice que para conseguir, lograr, ganar el objetivo se debe estar solo, sino se está es difícil ganar, pero ya estaba cansado, ese código le había arrastrado mucho tiempo,  su familia eran un daño colateral consentido por él, y ya le empezaba a cansar esa situación, según su esposa, ya era innecesaria y tenía toda la razón.

Mientras acababa de acicalarse frente al espejo sonó la puerta y sin mediar permiso alguno entraron dos hombres enlatados en sendos trajes, uno gris y el otro negro.
_ ¿Preparado Juan? Ya vamos tarde.
_Sí, ¡Un segundo! Exclamo Juan mientras se echaba un poco de colonia Máximo Dutti en la ropa, se giró sobre si mismo y portando el frasco de colonia se dirigió hacia una maleta que había en una silla, la abrió y metió el envase; era un regalo de su mujer y no estaba dispuesto a dejarlo olvidado en un hotel.Bajaron los tres en silencio en el ascensor, solo las toses de uno de los ellos rompía el silencio:
_¡Joder!, tose para otro lado Morales; solo faltaba que le pegaras una gripe a Juan, exclamó en tono aseverante el del traje negro.
_Ya ni una triste gripe me otorgan; pensó Juan mientras esbozaba una sonrisa.

El ascensor bajó hasta el sótano, estaba desierto de gente, subieron a un audi A3 de cristales tintados e iniciaron la salida del hotel.La gran vía tenía un aspecto maravilloso de gente de un lado para otro, Juan miraba por la ventanilla, el tintado de los cristales apenas le dejaba otear,  pero el agudizaba la vista y conseguía ver el exterior. Reparó en una niña que iba agarrada de la mano de su madre, la pequeña portaba una mochila con el logo de Hello Kitty, la veía tan orgullosa de la mano de su madre que se acordó de su pequeña mujercita. Por un momento dibujó la cara de su mujer y su pequeña en la figura de las dos personas que marchaban por la calle felices de la mano.
_ ¡Pronto veré a mis princesas! Pensó Juan mientras veía perderse por el extremo de la ventanilla la silueta de la madre e hija. 


El viaje duro diez minutos, pero a Juan le pareció una eternidad, disfrutando de lo que veía, parques, calles avenidas, comercios repletos de gente, vida a fin de cuentas.Juan movió parsimoniosamente la silla y se acomodo en ella, miró fijamente a la persona que tenía enfrente, la conocía perfectamente, sin haber hablado con el jamás, sabia hasta como respiraba. Se incorporaron a la vez y se estrecharon la mano fuertemente; volvió a acomodarse en su silla. Movió peón alfil reina; la partida de ajedrez había comenzado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.