El
vaho de su aliento empañaba el cristal de la ventana que daba a la plaza; veía
a los niños jugar alegremente golpeando una pelota hecha con jirones de trapos
enrollados a modo de balón, las niñas jugaban con sus muñecas a fingidas
madres, muñecas ya ajadas por el uso y por el maltrato que les infringía el
juego y las manos torpes de sus dueñas.Recordaba su niñez; donde su única
preocupación era el no mancharse la ropa y defenderse a tirones de pelo de los
niños cuando intentaban levantarle la falda para verles las braguitas. Donde los
niños y niñas denostaban su condición social por la flacidez de sus cuerpos;
había niños escuálidos, los que más, y nenes rollizos engordando su cuerpo a
la par que su ego por las buenas viandas y por los reales de sus padres.Pero todos eran felices a su manera, para unos, estrenar zapatos nuevos les era indiferente, y para otros; la mayoría, motivo de alegría y de andar un tiempo de puntillas para poder hacer la horma. De repente su recuerdo quedó nublado al tener una sensación...Sintió el calor que producía en su piel un chorro de fluido que le resbalaba desde la nariz, bajando por la comisura de los labios hasta llegar a su barbilla, se frotó con las yemas de los dedos y al mirarse la palma de la mano se dio cuenta que era sangre. Lejos de asustarse, se dirigió al cuarto de baño y se extrajo suavemente el algodón ya empapado en sangre que se había puesto a modo de tapón en la nariz la noche anterior.
Mirándose al espejo mientras se restañaba la nariz intentaba a la vez hurgar dentro de sus ojos llorosos. Intentaba llegar hasta lo más hondo de su cerebro buscando un porque, buscando un motivo del trato tan injusto que le inflingia su marido.Recordaba al hombre, que luego fue su marido esperándola en el portal del taller de costura con un ramo de margaritas. Recordaba al hombre que la prometió cuidarla toda la vida, ese hombre que ahora poco a poco, golpe a golpe le estaba arrancando la vida.
- Algo estoy haciendo mal. Se decía a si misma.
- Quizás se siente frustrado por no estar yo a su altura, se volvía a repetir, buscando y tratando de justificar la actitud de su marido. De buena gana saldría corriendo escaleras abajo y unirse al corro de niñas con sus ajadas muñecas. De no querer crecer; de ser siempre una niña buscando el calor de los brazos de sus padres.Pero la realidad era otra, Dios no le había bendecido con ningún hijo, no le había bendecido con una criatura para darle su cariño, para sentirse protectora, sentirse madre.
- Eso es. masculló entre dientes.
- Mi marido me trata así por estar seca, por no poder darle un hijo. Tengo que entenderlo, que comprenderle.
Salió titubeante del aseo a la vez que se abría la puerta de casa y entraba su marido de vuelta del trabajo, venia cabizbajo y mustio.Acarició la nuca de su mujer mientras que con los labios hacia ademán de besar su mejilla.
- Siento mucho lo de ayer, masculló entre dientes,
- lo siento mucho, volvió a decir ya con voz mas fuerte, sabes que me gusta ir impoluto al trabajo y al no verme con la ropa planchada me enervé.
- No pasa nada amor mío, fue culpa mía, me distraje cosiendo en casa de tu prima y se me fue la faena al cielo. Le contestó con una voz casi gutural.
- No volverá a suceder, yo también lo siento mucho.
- Quiero que entiendas que cada golpe que te doy me duele a mi mas, porque luego me arrepiento y estoy todo el día dándole vueltas el porqué de mi actitud, pero algo dentro de mí me impide razonar, siempre me prometo a mi mismo que nunca volverá a ocurrir, que no tengo derecho a tratarte así, pero ese bicho me come la razón y ya no veo, basta una comida fría, una habitación mal ordenada para que esa sin razón me invada.
- Déjalo estar ya Luis, yo tengo que adaptarme a tu actitud, el amor que te tengo no me deja ver por otros ojos que no sea el de la comprensión y el entendimiento.Sin darse cuenta ella misma se sorprendió de su respuesta.
¿Hasta que punto llegaba su amor por ese hombre? ¿O era tal su sumisión que solo articulaba ya frases hechas? frases que le salían espontáneamente de la boca, sin pensarlas.
- ¿Quieres ya cenar? Lleva la cena hecha desde hace rato. Intuyendo la contestación se dirigió a la alacena y sacó dos platos con su respectiva cubertería.
- ¿Has Comprado vino? Preguntaba casi gritando desde el comedor su marido.
- No, contestó con recelo, de ayer queda un poco, creo que lo suficiente.
- ¡Ya empezamos!, le gritó, tu que sabrás que es suficiente o no. Presintiendo lo que sucedería intentó buscar una salida con una impronta respuesta.
- Si quieres bajo al colmado y traigo una cuartilla de vino, todavía debe estar abierto, no tardo nada en ir y volver.
- Déjalo estar, contestó con indiferencia, me conformaré con lo que haya, mientras se acercaba a la ventana y observaba el exterior.
- Estos niños de mil padres no dejan de hacer ruido en la calle, ay si uno de ellos fuese hijo mío, derechito lo ponía le ponía yo de dos palos.
En ese momento ella celebró con una sonrisa el no tener hijos, no quería su padecer para ellos, el destino era benévolo y les libraban de un maltrato futuro.
- Déjalos estar Luis, no tienen otra diversión que ser aliados del ruido, dan alegría, vida donde juegan.
-Lo dicho, si fueran hijos míos los desparramo en la calle, y venga… trae ya el vino que tengo la boca seca. María pensó frugalmente que ojala tuviera la boca seca de verdad, que quedase mudo por siempre…que paz se respiraría. Al llegar de la cocina con cierta prisa para contentar a su marido una tabla suelta que había en la tarima la hizo trastabillar derramando algo de vino sobre la chaqueta puesta en la silla: al instante Luis se revolvió dándole una sonora bofetada que le hizo saltar el tapón de algodón a María de la nariz, manchando a un mas la chaqueta de gotas de sangre.
- Encima de mal planchada la ropa, ahora por tu torpeza manchada; es que no te mato porque no quiero penar en un presidio sino…
María se tapaba la cara mas por miedo que por impedir que la sangre siguiera manando de su maltrecha nariz mientras que su marido seguía profiriéndole golpes e insultos, salía el bicho que tenía su marido en su mente.
Corriendo se refugió en la
cocina para esquivar esa andanada de golpes, sentía que si se alejaba de su
marido, no se ponía a su alcance ya solo el maltrato seria de viva voz, no
físico. Hubo un rato de silencio, que a ella le pareció media vida hasta que
Luis le pedía voz en grito la maldita cena, vertiendo la sopa con el cazo en el
plato la mayoría de ella se derramaba por el temblor incontrolable de sus
manos; de puro terror el cazo resbaló en sus manos haciendo un metálico
ruido.
- ¿Que has roto ahora? le gritó su marido.
- Nada, nada; contestó ella con voz temblorosa agachándose a recoger el útil de cocina; y entonces reparó en ello. Justo debajo del infiernillo días antes había dejado una especie de cucurucho hecho con papel lleno de matachinches que había comprado hacía poco para airear el colchón. llevaba días su marido quejándose de que el colchón picaba, cosa que ella ni notaba. Era más el dolor propio y el de sus huesos que la sensación de picor de las chinches.
Instintivamente metió los dedos aun manchados de sangre seca y cogiendo una brizna de aquel veneno lo echó en el plato de su marido.Acercó temblorosa el plato a la mesa y se sentó enfrente de su marido con su plato ya servido, recelosa sirvió el resto del poco vino que había quedado después del percance y se dispuso ella a comer, que no degustar la sopa. La mirada inquisidora de su marido se le clavaba como un taladro mientras sorbía ruidosamente la sopa, era un hombre rudo, sin modales. Él siempre le repetía que los modales y la educación no ayudaban a llevar un plato de comida sobre la mesa, que un trabajador debía de ser eso, un trabajador, no más. Comió ávidamente en el plato hasta que lo dejó mermado de comida y con un sonoro eructo dio por concluida la comida, María se levantó cansinamente a recoger la mesa mientras el apuraba el resto de vino y prendía una pava de puro encendida y apagada ciento de veces para que más le durara.
María conservaba el mismo silencio que al principio de la cena mientras fregaba los platos, solo se sentía su arrítmico hipar, el hipar de alguien que aun sin lágrimas seguía llorando.Terminaba de pasar una mugrienta gamuza sobre el poyo de la cocina cuando unos estertores de vómito le llegaron nítidamente a la cocina. Salió con cierta prisa hasta llegar al comedor y ver al que era su marido ahogándose en sus propios fluidos, un aire a agrio invadió el comedor, un aire que se hacía por momentos irrespirable; un aire a muerte.
- ¿Qué te pasa Luis? Gritó ella, mas por automatismo que por convencimiento.
- Vamos que te acueste, te habrá sentado mal la cena.A su marido no le dio tiempo ni de contestar, con un último estertor de vómito mezclado con sangre se le apagó la vida, dejó de respirar. Lentamente María apoyó la cabeza de su marido sobre un fardo que había hecho con la chaqueta de él e incorporandose pausadamente se dirigio al dormitorio. Sacó tranquilamente su ropa interior y su vestido de los domingos y se dispuso con tranquilidad a vestirse.
En el espejo de su dormitorio se reflejaba medio cuerpo inerte de su marido en un charco de vómito y comenzó a llorar, no sabía si era de dolor por su marido o por el contrario de alegría de verse liberada. Era un llanto infuso. Ella sabía en sus adentros que no había matado a su marido, sino al bicho que llevaba dentro, ese bicho que poseyó a su marido desde el primer día que la golpeó.Terminó de vestirse y se dispuso a salir de casa en dirección al cuartel de la guardia civil; bajó cansinamente las escaleras y al salir por el portal reparó en que los zapatos nuevos no habían hecho horma y se dispuso a andar en puntillas. Ella volvía a ser una niña, sabía que donde iba seria ella; la dejarían correr y jugar en el patio aunque fuese de una cárcel; pero era su libertad. Al llegar a la puerta del cuartel se dio cuenta que le faltaba algo, su ajada muñeca para ser una madre, aunque fuese fingida.
- ¿Que has roto ahora? le gritó su marido.
- Nada, nada; contestó ella con voz temblorosa agachándose a recoger el útil de cocina; y entonces reparó en ello. Justo debajo del infiernillo días antes había dejado una especie de cucurucho hecho con papel lleno de matachinches que había comprado hacía poco para airear el colchón. llevaba días su marido quejándose de que el colchón picaba, cosa que ella ni notaba. Era más el dolor propio y el de sus huesos que la sensación de picor de las chinches.
Instintivamente metió los dedos aun manchados de sangre seca y cogiendo una brizna de aquel veneno lo echó en el plato de su marido.Acercó temblorosa el plato a la mesa y se sentó enfrente de su marido con su plato ya servido, recelosa sirvió el resto del poco vino que había quedado después del percance y se dispuso ella a comer, que no degustar la sopa. La mirada inquisidora de su marido se le clavaba como un taladro mientras sorbía ruidosamente la sopa, era un hombre rudo, sin modales. Él siempre le repetía que los modales y la educación no ayudaban a llevar un plato de comida sobre la mesa, que un trabajador debía de ser eso, un trabajador, no más. Comió ávidamente en el plato hasta que lo dejó mermado de comida y con un sonoro eructo dio por concluida la comida, María se levantó cansinamente a recoger la mesa mientras el apuraba el resto de vino y prendía una pava de puro encendida y apagada ciento de veces para que más le durara.
María conservaba el mismo silencio que al principio de la cena mientras fregaba los platos, solo se sentía su arrítmico hipar, el hipar de alguien que aun sin lágrimas seguía llorando.Terminaba de pasar una mugrienta gamuza sobre el poyo de la cocina cuando unos estertores de vómito le llegaron nítidamente a la cocina. Salió con cierta prisa hasta llegar al comedor y ver al que era su marido ahogándose en sus propios fluidos, un aire a agrio invadió el comedor, un aire que se hacía por momentos irrespirable; un aire a muerte.
- ¿Qué te pasa Luis? Gritó ella, mas por automatismo que por convencimiento.
- Vamos que te acueste, te habrá sentado mal la cena.A su marido no le dio tiempo ni de contestar, con un último estertor de vómito mezclado con sangre se le apagó la vida, dejó de respirar. Lentamente María apoyó la cabeza de su marido sobre un fardo que había hecho con la chaqueta de él e incorporandose pausadamente se dirigio al dormitorio. Sacó tranquilamente su ropa interior y su vestido de los domingos y se dispuso con tranquilidad a vestirse.
En el espejo de su dormitorio se reflejaba medio cuerpo inerte de su marido en un charco de vómito y comenzó a llorar, no sabía si era de dolor por su marido o por el contrario de alegría de verse liberada. Era un llanto infuso. Ella sabía en sus adentros que no había matado a su marido, sino al bicho que llevaba dentro, ese bicho que poseyó a su marido desde el primer día que la golpeó.Terminó de vestirse y se dispuso a salir de casa en dirección al cuartel de la guardia civil; bajó cansinamente las escaleras y al salir por el portal reparó en que los zapatos nuevos no habían hecho horma y se dispuso a andar en puntillas. Ella volvía a ser una niña, sabía que donde iba seria ella; la dejarían correr y jugar en el patio aunque fuese de una cárcel; pero era su libertad. Al llegar a la puerta del cuartel se dio cuenta que le faltaba algo, su ajada muñeca para ser una madre, aunque fuese fingida.

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