miércoles, 15 de mayo de 2019

LA INMORTALIDAD.

Quiero dejar constancia antes de nada de cómo encontré  este manuscrito; ya que producto de mi miedo no puedo aseverar que sea del todo cierto. Era Agosto, hacía un calor pegajoso, incomodo; acorde con la estación del año en curso y yo decidí sacar provecho del hastío en el que estaba inmerso aquel día. Me auto propuse ir a dar un paseo a algún sitio tranquilo y así alejarme de los ruidos de la ciudad; enfilé andando por una ruta verde conocida como la rambla de las brujas que desemboca en una tranquila playa del término municipal de Motril que solía frecuentar. 

Llegué a la playa ya desierta a esas horas en el ya casi ocaso del sol; al extender la toalla  sentí un dolor extremo en el abdomen, el dolor provenían de las cicatrices que según mi madre nací con ellas. Jamás supe el motivo de tales estigmas; ni me preocupé de averiguar ya de adulto. Terminé de extender la tela en la arena y comencé a dar un paseo descalzo por la orilla del mar, me encanta la sensación del agua golpearme los tobillos desnudos, es un placentero masaje. A lo lejos divise una botella semienterrada en la arena, en un principio pensé: ¿Quién sería el incívico que la dejó ahí?, pero cuando llegue hasta ella ví que debía haber estado mucho tiempo en el mar; estaba plagada de lapas adheridas a ella y un verdín que solo se adquiere el haber permanecido en el liquido elemento muchísimo tiempo. 


Al agitarla un poco, algo sonó en su interior, y escrutando entre los claros que dejaban las lapas adheridas en el cristal vi  que contenía  una nota en su interior; esto me lleno de curiosidad, no puedo negar que  siempre había deseado encontrar un mensaje en una botella. ¿Quien no? Se me pasaron cientos de cosas por la cabeza como ... ¿Seria una broma de mal gusto? Y si no era así, ¿De donde procedería?, ¿Cuánto tiempo llevaría surcando los mares? E incluso si el escritor del mensaje había dejado en el alguna referencia sobre el punto cardinal desde donde la lanzó; pensé que era una bonita forma de hacer amigos en todas las partes de mundo, lanzar una botella con tu dirección y así el desconocido que la recogiese podría ponerse en contacto contigo. Pero todas estas esperanzas se desvanecieron cuando observe que  la carta que esta contenía, era un manuscrito, y estaba escrito en gallego.


Guarde el manuscrito en mi bandolera y me dispuse a marcharme de nuevo a Motril; cerca de casa vivía un amigo mio de procedencia gallega, que previo pago de alguna cerveza fría y algún que otro cigarrillo para acompañarla me serviría de traductor ocasional. Sentados en la cervecería frente a mi amigo; saqué el manuscrito y se lo alargué con la mano derecha con la esperanza que él pudiera traducir ese sin fin de renglones bien definidos que habían permanecido impolutos en las entrañas del mar dentro de tan frágil recipiente. Lentamente mi amigo empezó a leerme la carta sin antes no dejar de obviar que la caligrafía era muy parecida a la mia. El horror que en ella se relataba nos hizo estremecer, al lector obligatorio, y al oyente expectante. No deseo comentar nada acerca de la carta porque creo que cada uno debe interpretarla como quiera. 


La carta está traducida por mi amigo tal cual como la encontré… Mi nombre no importa, simplemente no soy nadie; puede que antes lo fuera pero todo lo que había sido llego a su fin a partir de los hechos que voy a relatar. Corría el año 1492 cuando empezó todo: Era invierno, no podría concretar el mes pero calculo que podría ser enero o febrero; por aquel entonces yo vivía con mi mujer en una pequeña aldea en la costa de finisterra. Había sido un mal año... el peor que puedo recordar. El invierno anterior nos había castigado con dureza y la comida escaseaba; las cosechas habían sido muy malas y la pesca y caza era insuficiente. Pronto la situación se convirtió en insostenible, la comida pasó de ser una necesidad vital a ser un lujo que nadie se podía permitir; nadie pensaba ni por asomo que podría aguantar hasta la próxima recolección con vida ya que aun faltaban varios meses para recoger la siguiente cosecha y el hambre ya había hecho acto de presencia en la aldea. 



El hambre machacaba nuestras entrañas haciendo que estas se retorciesen como un saco lleno de gusanos. No tardó en cobrarse sus primeras víctimas entre los mas débiles: los ancianos y niños; el hambre iba asolando lentamente la aldea carcomiéndola desde dentro como un enemigo invisible que dejaba tras de sí un rastro de esqueléticos cadáveres que pronto se tornaron putrefactos e infectos; y estos desechos humanos cual efecto dominó propagaron rápidamente al peor enemigo que existía en aquella época para el hombre; el que era capaz de reducir una ciudad a la nada en cuestión de días sin que ningún ejercito pudiese luchar ni en modo ni forma contra él.
La peste negra entró en la aldea como un torbellino de muerte. Este nuevo enemigo era mucho más sanguinario que el otro que de algún modo ofrecía alguna alternativa de salvación; el hambre te mata poco a poco desgastándote y si por fortuna conseguías algo que te pudieras llevar a la boca escapabas de ella dejándola atrás por un corto tiempo. Sin embargo este nuevo demonio implacable lo asolaba todo sin hacer ninguna distinción, le daba igual  que uno fuera fuerte o débil, joven o viejo todo esto era indiferente para el. 

Al tercer día de haberse instalado este nuevo inquilino en la aldea las bajas se contaban por cientos y cada uno de estos putrefactos  cadáveres alimentaba mas aun la fuerza de este siniestro y letal habitante. Su ritmo de fagocitar era imparable e incesante. Al poco tiempo se introdujo dentro de mi mujer; estaba perdida. Yo hice todo lo posible por salvar su vida pero todos mis esfuerzos fueron en vano, nada sobrevive al injusto hermano pequeño de la muerte que como un sádico y malvado dios debilitaba a las personas obligando a su hermana mayor a dar el golpe de gracia; que era lo mejor que podía suceder. 

La enfermedad era brutal; te producía una lenta y dolorosa agonía y por fin la muerte: Comenzaba con un leve dolor de cabeza que pronto se convertía en insoportable, las fiebres eran altísimas provocado delirios terroríficos y erupciones purulentas por todo el cuerpo e imagino que dolorosas como cien teas encendidas quemándote al mismo tiempo. La única manera de huir de aquel martirio terrenal te la proporcionaba la divina y tan incongruentemente socorrida muerte; esa implacable y dulce muerte que te transporta al mundo del descanso eterno, ese descanso del que eres temeroso cuando no lo necesitas y que deseas con todas las ganas cuando es inevitable. 

Al fin la muerte se apiado del alma de mi preciosa mujer; de mi extensión tanto corporal como mental, era mi razón de resistir. Yo estaba sentado a los pies de la cama cuando la sombra de la muerte entró en la estancia; de súbito la respiración de mi mujer ceso y eso fue su fin, su deseoso descanso. Yo tardé en reaccionar ante el fatal desenlace que acababa de pasar delante de mis ojos; fue como un destello en el que casi pude ver a la muerte arrebatarle el alma con un rápido y certero gesto. 

De repente comprendí lo que había pasado y pegué un alarido de dolor tan grande y sincero que hice que la muerte me mirara a la cara, en ese instante desee morir con toda mi fuerza; yo amaba a esa mujer mas que a mi propia vida y no me hacía y mucho menos soportaba la idea de vivir sin ella. Grité acompañado de un estertor desgarrador deseando a viva voz  mi muerte, preguntándole a la negra parca el porque me había arrebatado a mi mujer. Salí dando un portazo a la desvencijada y ajada puerta de mi morada corriendo desesperado, corrí y corrí hasta que desfallecido por el cansancio caí bruscamente al suelo.

Cayó la noche; yo seguía tendido en el suelo debajo de un gran roble, estaba muy cansado y caí sumido en un profundo sueño que empezó siendo amable y acabo tornándose terrorífico: Me encontraba en una verde pradera; estaba sentado en una gran roca, la única roca que existía. Desde ella podía divisar el horizonte en todas las direcciones pero no conseguía ver nada que no fuese llanura y matojos secos; mi tez era acariciada de una ligera y tranquilizadora brisa cálida que me ofrecía una gran sensación de paz y tranquilidad. Entrecerrando los ojos pude divisar algo en el horizonte, algo se acercaba lentamente pero en lo que dura un parpadeo; el tiempo dio un tremendo salto, aquella mancha en el horizonte estaba justo delante de mí. Era una mujer anciana que me miraba fijamente; quise decir algo pero fui incapaz de emitir sonido alguno. La mujer seguía mirándome fijamente con una expresión de benevolencia en la cara; de repente el cielo azul se torno gris dejando caer un relámpago sobre el horizonte, la mujer comenzó a hablarme, yo intentaba responderle pero no podía.

-¿sabes quién soy?  dijo.
- Estuvimos en la misma habitación hace un rato, yo fui a por el alma de una mujer y tú me ofreciste la tuya. 
-Sí, deseo morir, balbucee, de repente había recobrado la capacidad de hablar. 
-¿Por qué?  Dijo. 
-Al llevarte a mi mujer  te has cobrado otra vida, la mia; dije. 
-Sé que tus sentimientos hacia el alma que me he llevado son sinceros, por ello te concederé tu deseo la oí decir mientras que con su gélida mano tapaba mis ojos y notaba como introducía una mano dentro de mi pecho, sin causarme dolor, con delicadeza; extrajo lentamente la mano, yo abrí los ojos y descubrí entre las manos de la muerte el palpitante brillar del alma, ¡De mi alma! ¡Ya no tenía alma! Estaba muerto. 

El cielo se torno otra vez ralo y de un azul intenso y... Me desperté aturdido. Apoyado en el tronco del roble reflexioné un rato sobre el extraño sueño que había tenido y fui incapaz de ordenar ideas y mucho menos de sacar nada en claro, lo único que seguía deseando era morir. De súbito noté una sacudida en mi cuerpo y a su vez intenso dolor de cabeza; el mal había entrado en mi. No podía volver a casa, no con mi mujer allí; así que decidí resignarme a morir debajo de aquel roble. Pasé el primer día en que los síntomas empeoraron notablemente: Diarreas virulentas, vómitos compulsivos; el dolor de cabeza era insoportable y la fiebre altísima. Pasó otro día; las erupciones purulentas habían empezado a salir por la mañana y al caer la noche ya se habían extendido por todo mi cuerpo. Llegué al tercer día y  no comprendía nada, llevaba tres días enfermo; sin comer y sin beber, ya debía estar muerto pero no era así. Mi sufrimiento era extremo y deseaba con todo mi ser la muerte. Seguía sin comprender nada. 



Pasaron días y días pero mi hora no llegaba; así que ya harto de ese terrible sufrimiento decidí acabar con mi vida yo mismo. Saqué de mi cinto el cuchillo de caza que siempre llevaba encima y me aseste varias puñaladas en el vientre, pero no conseguí acabar con mi vida.Sigo sin saber cómo acabar con mi vida. No sé exactamente porque estoy muerto, pero sigo vivo; la muerte cometió conmigo un error que todavía estoy pagando, pero solo deseo volver a verle de nuevo la cara y sentir como me lleva hacia el descanso eterno, hacia la dulce muerte. Sigo llevando conmigo el demonio de la peste; vivo en las sombras como un monstruo deseando mi imposible muerte esperando que esta se acuerde de mí y acabe con mi desgracia eterna. El ser inmortal.

Trípoli trece de enero del año del señor 1789.


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