Llevo
4 días en estado de licuación, como si se me hubieran incrustado a golpes de
martillazos un abrigo de visón a la piel, imposible de quitar y muchísimo menos
de abandonar. Empiezo a envidiar los fríos, las tormentas, las inundaciones.
Envidio a todos y cada uno de los seres humanos que imagino fresquitos en la
montaña, en un río o disfrutando del crudo invierno. No soporto estos calores, y menos ahora, este bochorno agotador e irrespirable que hace de las noches minúsculos días y de los días enormes desiertos. Quiero dejar de ver esa negrura en las ventanas vecinas que crean voces de muertos y ultratumba y torsos desnudos. Quiero que cierre ya la cafetería de enfrente y enmudezca el jolgorio nocturno de borrachos y trasnochadores frente a las cervezas y cafés con hielo. Quiero dormir con mi mantita, con la sábana cubriendo mis orejas y abrazado al imaginario cuerpo de al lado que forma mi almohada, ahora hecha estufa. Quiero que llueva, que desaparezcan los olores a orín envejecido de las esquinas y los portales. Quiero que caiga un tormentón que limpie esta maldita ciudad y mi cabeza, de una vez por todas.
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