viernes, 5 de julio de 2019

ESE MAR.

Lo cierto es que es un auténtico regalo de los hados poder sentarse a mirar el mar junto al rompeolas. Simplemente con fijar la vista en su intenso color azulado atrapa la mirada.

Esas mañanas de primavera en las que despiertas temprano, y aún con los ojos medio cerrados, sales fuera a darle el primer beso al día. Esas tranquilas mañanas de mayo, cuando el calor aún no es molesto, sino todo lo contrario; confortante y embriagador y percibes en tu tez como la brisa se desliza suavemente por la playa, acariciando sutilmente la fina arena. 
Esas mañanas en las que abres los ojos y ves el mar azul. Ese azul que lo envuelve todo. Un color que comienza en el marcado perfil de la orilla hasta que se pierde con el cielo, trazando un horizonte imposible de alcanzar. Inmenso. Ese mar, que susurra acompasadamente la canción de las sirenas. Un Bell canto que tranquiliza al ir al unísono con el tañer de las arpas doradas que acompaña el tímido eco de las olas. 

Un sonido heredado a las conchas y nácares de la playa, que inmortalizan para siempre el tono de las aguas. Ese es el mar que puedes ver aun cerrando los ojos. Profundo. Aguas unas veces sumisas y tranquilas que balancean en mi imaginación al niño que fui mientras jugaba desnudo bajo las olas. Aguas cálidas cuyo rumor casi silente acoge la risa de los pequeños, y luego llevárselas lejos, para para escucharlas en soledad. Pura ternura tintada de azul marino. Transparentes aguas que mecen cada mañana las ilusiones en forma de embarcación de jóvenes pescadores y traen de vuelta el pasado a viejos marinos. Ese mar que ve cada día nacer al Sol al despuntar la mañana, y ahora lo viste de luz blanca. 


Ese; que con el alba trae de vuelta al dios Helios, y que al caer la noche lo traga por el oeste. Ese mar que cubre y baña toda tierra. Que separa continentes, que separa sueños. Que ve partir hombres que no volverán. Que hunde embarcaciones y en contraposición salva náufragos. El mar a veces parece humano; el mar es alguna veces dadivoso, otras cruel. Es muy fácil mirar el mar, su color azulado siempre atrapa cualquier mirada, hasta a la mas esquiva. Sentir la sensación que ríe, que sonríe tantas veces mientras hablas, así suenan las olas. A la vez  que saltan de un lugar a otro, inquietas, casi bailando. 

Yo algunas veces cuando me siento a mirarte también hablo, pero solo cuando me invitas a soñar despierto. Ese mar que se retira cada noche, atrapado por la Luna. Con parsimoniosa calma; amaina y se retira. Y atrás deja la huella de su paso;  la arena, y la playa. Ese mar que descansa, oscuro, casi de un color negro mortecino. Mientras, en el cielo la Luna se balancea caprichosa, mirándose al impoluto espejo de las aguas. Y deja titilante una estela de luz, como una sonrisa blanca, sobre la túnica ahora oscura. Ese es el mar que veo nada mas despertar.

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