Horas y horas estuve deleitándome con el melodioso y
biensonante tono de su voz. Ella me contaba con avidez historias de su vida,
pasada y presente; yo gozaba realmente con su presencia. Me acariciaba la
mejilla mientras me susurraba frases cariñosas que me hacían sentirme querido,
amado. Mi corazón latía al ritmo de sus mirada; al fin, y después de mucho
buscar en el oscuro silencio de mi corazón, llegó a mi vida Chusa. Aquella noche me hizo despertar de mi letargo, y he de decir que sólo le bastó una mirada. Me dejó sin palabras cuando me susurró que sentía algo por mí. Pobre hombre ingenuo, la tomé en serio. ¡Dios! ¡Cuánto dolor en un solo ser! En ese mundo de fantasía que es mi cabeza; imaginé que dejaría todo por mí. Imbécil de mí que creí que una mujer como ella, podría algún día sentir algo por un ser tan insignificante como yo. Mi corazón hervía por la fuerza con la que latía. Ella y su eterna mirada de ángel, me invitaba a pasar al salón de sus labios y entonces… entonces fue cuandoel destino cerró la puerta de una patada.
Me tiró por las escaleras del cielo para ver como caía en el infierno del desengaño. Echó fango sobre el foso de mi vida. Me arrancó el corazón y como aquel que presume de un trofeo inmerecido, rió gustosamente sobre él. No, nunca. Sé perfectamente que no lo hizo con maldad ninguna. Su bondad e inocencia no pueden ser descritas con palabras y eso la hace aún más hermosa. Sé que sus circunstancias escapan a mi comprensión y sé, debo reconocer, que las mías me superan por completo. Marché de aquella noche como pude, escuchando de fondo los aplausos de los malditos espectadores. Largo rato anduve inmóvil en el portal de su piso cuando la vi perderse por la puerta trasera de mi ilusión. Cien parejas rebosantes de amor pasaron a mi lado mientras lloraba lo perdido. Cien muertes sentí en mi ser y cien despertares al recordar su sonrisa. Oscuros y tristes fueron los días venideros intentando comprenderlo todo.
En vano, deseaba superar lo ocurrido y al menos poder gozar de su amistad. Era consciente, aun cuando cada noche era un mar de lágrimas sinceras, de que si perdiera su amistad, perdería la vida. Y así, conseguí volver a reír con su presencia. Pero para qué conformarse con dañar a tu presa, cuando puedes rematarla. Los crueles hacedores de mi tristeza, creyeron oportuno darme un último golpe. Rematarme de la forma más dulce. Enterrarme para siempre con un último recuerdo: Los labios de Chusa.
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