sábado, 19 de octubre de 2019

EL LANZADOR DE CUCHILLOS.

La distancia se hace kilométrica, aunque puedo estirar mi mano y tocarte, acercar mis labios y besarte, aun inclusive podría cerrar mis ojos y mirarte. Un suspiro quejeroso cargado de melancolía se escapa e inunda la fría y ahora lúgubre habitación; tú sigues inmutable, silenciosa e impertérrita, Casi pareces triste; Por eso no me atrevo a tocarte porque pareces tan lejana que no quiero traerte del viaje en la que te hayas inmersa. Quizás en ese lugar te encontraras mejor que aquí, ¿pero quién puede saberlo? si la ausencia de tus palabras me embarga el alma. 

Ya no puedo entender tus silencios y creo que tú tampoco los míos. Esta guerra sin armas me está dejando muerto en vida, mi cuerpo yace tranquilo en una trinchera mientras mi mente y mi espíritu vagan por algún lugar del campo de batalla, buscándote y al mismo tiempo intentando no encontrarte. Lo peor de jugar con fuego no es quemarse, es que te guste la sensación dolorosa que produce el fuego al entrar en contacto con tu cuerpo. Para mi había desaparecido mi realidad, me encontraba sumido en aquellos besos a los cuales era tan ajeno y la sensación de culpa que invadía mi cuerpo era casi igual al placer que sentía por el hecho de sentirme vivo otra vez, por más que mi sentido común intentaba alejarme de aquella situación predominaban mis instintos más primitivos para los cuales yo no era más que un objeto de deseo pleno de lujuria. 

Esta absurda distancia que tan solo existe en nuestra mente me envuelve en un interminable mar de dudas, las interrogantes se arremolinan en mi garganta como queriendo salir todas muy apuradas, mi respiración se hace más débil y siento como el aire se ve imposibilitado a pasar. Mis emociones se vuelven como un rumor, como un murmullo altisonante que me abrasa la garganta. Tú sigues como ausente, tan callada que al igual que yo pareces un cuerpo carente de vida, solo puedo oír tu respiración que rebota contra las paredes, que me toca como queriendo hablarme. Solo alcanzo a suspirar nuevamente creyendo que así todo se acabara. Ojalá estas cadenas suaves y sinceras no me amarraran tan fuerte, ojalá el mundo no girara tan rápido, ojalá no quisiera tanto amarte a mi manera y si lo hiciera un poco más a la tuya, pero… son muchos ojalas. 

Porque siempre y sin poder evitarlo se alza ante mi ese monstruo del compromiso que me asusta como una de mis peores pesadillas, que se come mi libertad y la vomita demasiadas veces. El miedo es nuestro pan de cada día, nuestro tercer acompañante, porque tu temes por mi y no te culpo, porque mis comportamientos absurdos son como un lanzador de cuchillos ciego.

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