Los libros tienen los mismos enemigos que las personas:el fuego, la humedad, los animales, el clima y su propio contenido.-Paul Valery
Desde tiempos inmemoriales existían métodos para contar y
desarrollar historias antes de que surgiese la palabra; se transmitían con
gestos y sonidos guturales todo ellos alumbrados por el calor de una lumbre, o
con dibujos de barro o sangre de animales en las paredes de unas cavernas
muchos años antes de que existiesen los grafitis. Que la imaginación precedió
sin duda a la literatura y a cualquier lenguaje verbal es un hecho
incuestionable, era, es y será parte del ser humano, y máxima responsable de
todos nuestros éxitos algunas veces, como también lo es de algunos de nuestros
fracasos; sobretodo de esos fracasos que nos definen como seres humanos
racionales.
Pero no fue que la palabra alcanzó su climax de madurez hasta que la imaginación encontró la tan buscada y ansiada media naranja y puesto su flirteo oral en los labios de bardos, rapsodas, trovadores, juglares y otros cuentacuentos; narradores o poetas sin ninguna definición más precisa, nos conmovieron con su romance, aquel que contenía palabras e imaginación e incluso durante un tiempo lograron hacernos creer que el amor era eterno y no efímero, y en verdad no creo equivocarme si digo que el suyo duró siglos. Sin embargo en algún momento algo dio un giro copernicano de nuestra retorcida coexistencia con las palabras y comenzaron a surgir infidelidades a esta relación hasta ahora impoluta.
Tal vez fue un golpe bajo y certero para la palabra el nacimiento y auge del cine u otros medios de comunicación que la relegaban ocasionalmente al estante de mas arriba en unos casos; al cajón del sueño de los justos en otro, y de forma injusta relegándola a un segundo término.Aprovechando que la ocasión la pintaban calva, algunos ilustres señores de letras y vendedores de best sellers han urdido obscuras quimeras que culpaban al analfabetismo de la mediocridad. Se sintieron ultrajados en perder la exclusiva, y convirtieron a hasta ahora aliado en el peor enemigo. En la actualidad; que ya se admite el divorcio; me parece el suyo inminente, tal vez porque este es el momento que me ha tocado vivir, y nadie se escapa de profetizar parte del Apocalipsis o tal vez porque realmente la palabra y la imaginación dicen haber entrado en una crisis definitiva.
Es en estos días donde las distancias cada vez parecen más cortas; que cuando se habla de letras, algunos autores, revestidos de cultura todos ellos, se rasgan las vestiduras hechas de falsetas y quimeras literarias y piensan cada vez con mayor obcecación y devoción que la palabra es suficiente: contenido y forma en si misma y con ello no entienden que se pierden el mundo que hay detrás del telón. O que en el fondo no aceptan que es infranqueable para ellos ver detrás del telón sino tienen un buen tramollista literario a su vera. Y malgastan su tiempo y sus pulmones en gritar a oídos sordos y profanos que ya todo ha sido escrito, para justificar su falta de imaginación; suicidándose en las antiguas formas, demasiado estrechas para este milenio.
Otros; modernos de salón unos y no tan modernillos otros, se desnudan ante la cámara, suponen que con una pegadiza historia basta, y minan aposta sus vacios textos de voluntarias faltas de ortografía, dándole a la ortografía a diestro y siniestro vanagloriándose de su propio rechazo.Ellos viven equivocamente en la falsa creencia que una historia aunque sea insustancial es suficiente aunque se explique de cualquier manera, sin darse cuenta de que necesitan de un instrumento, el lenguaje, para recrearla en otras mentes igual que en la suya. o al menos hacerla en modo alguno entendible y cuanto menos reflexiva. Y en medio de esta vorágine de tendencias y contratendencias, de montaña rusa de modas y contramodas alguien que apenas puede soñar llamarse escritor no se cansa de defender que sólo hay una cosa peor que una historia mal narrada, y es una palabra cargada de ego falsamente adornado y sin embargo vacía.
Y ese alguien; aunque suene en modo pedante, puede ser que pudiera ser yo, ¿quien puede negármelo? darme la libertad de fantasear con un día vestir mi imaginación de las debidas palabras, para demostrarle al mundo, en pleno siglo XXI, que aún quedan muchas historias por contar. Pero por si ese alguien llamado yo fracasara, y mi empresa resultara ser sólo un sueño de esos que duele dejar atrás al despertar, desearía que aquellos que ven algo de verdad en mi propósito no me abandonéis a mi suerte en esta empresa, que también debiera ser la vuestra.
Pero no fue que la palabra alcanzó su climax de madurez hasta que la imaginación encontró la tan buscada y ansiada media naranja y puesto su flirteo oral en los labios de bardos, rapsodas, trovadores, juglares y otros cuentacuentos; narradores o poetas sin ninguna definición más precisa, nos conmovieron con su romance, aquel que contenía palabras e imaginación e incluso durante un tiempo lograron hacernos creer que el amor era eterno y no efímero, y en verdad no creo equivocarme si digo que el suyo duró siglos. Sin embargo en algún momento algo dio un giro copernicano de nuestra retorcida coexistencia con las palabras y comenzaron a surgir infidelidades a esta relación hasta ahora impoluta.
Tal vez fue un golpe bajo y certero para la palabra el nacimiento y auge del cine u otros medios de comunicación que la relegaban ocasionalmente al estante de mas arriba en unos casos; al cajón del sueño de los justos en otro, y de forma injusta relegándola a un segundo término.Aprovechando que la ocasión la pintaban calva, algunos ilustres señores de letras y vendedores de best sellers han urdido obscuras quimeras que culpaban al analfabetismo de la mediocridad. Se sintieron ultrajados en perder la exclusiva, y convirtieron a hasta ahora aliado en el peor enemigo. En la actualidad; que ya se admite el divorcio; me parece el suyo inminente, tal vez porque este es el momento que me ha tocado vivir, y nadie se escapa de profetizar parte del Apocalipsis o tal vez porque realmente la palabra y la imaginación dicen haber entrado en una crisis definitiva.
Es en estos días donde las distancias cada vez parecen más cortas; que cuando se habla de letras, algunos autores, revestidos de cultura todos ellos, se rasgan las vestiduras hechas de falsetas y quimeras literarias y piensan cada vez con mayor obcecación y devoción que la palabra es suficiente: contenido y forma en si misma y con ello no entienden que se pierden el mundo que hay detrás del telón. O que en el fondo no aceptan que es infranqueable para ellos ver detrás del telón sino tienen un buen tramollista literario a su vera. Y malgastan su tiempo y sus pulmones en gritar a oídos sordos y profanos que ya todo ha sido escrito, para justificar su falta de imaginación; suicidándose en las antiguas formas, demasiado estrechas para este milenio.
Otros; modernos de salón unos y no tan modernillos otros, se desnudan ante la cámara, suponen que con una pegadiza historia basta, y minan aposta sus vacios textos de voluntarias faltas de ortografía, dándole a la ortografía a diestro y siniestro vanagloriándose de su propio rechazo.Ellos viven equivocamente en la falsa creencia que una historia aunque sea insustancial es suficiente aunque se explique de cualquier manera, sin darse cuenta de que necesitan de un instrumento, el lenguaje, para recrearla en otras mentes igual que en la suya. o al menos hacerla en modo alguno entendible y cuanto menos reflexiva. Y en medio de esta vorágine de tendencias y contratendencias, de montaña rusa de modas y contramodas alguien que apenas puede soñar llamarse escritor no se cansa de defender que sólo hay una cosa peor que una historia mal narrada, y es una palabra cargada de ego falsamente adornado y sin embargo vacía.
Y ese alguien; aunque suene en modo pedante, puede ser que pudiera ser yo, ¿quien puede negármelo? darme la libertad de fantasear con un día vestir mi imaginación de las debidas palabras, para demostrarle al mundo, en pleno siglo XXI, que aún quedan muchas historias por contar. Pero por si ese alguien llamado yo fracasara, y mi empresa resultara ser sólo un sueño de esos que duele dejar atrás al despertar, desearía que aquellos que ven algo de verdad en mi propósito no me abandonéis a mi suerte en esta empresa, que también debiera ser la vuestra.
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