La
habitación, con una luz tenue está ocupada por dos cuerpos, un escritorio,
papel en blanco, un pincel, un lienzo, el arte rebosa por cada una de las
cuatro esquinas. Una cabellera morena acompañada de un esbelto cuerpo marca una
silueta oscura a contraluz con el ventanal que da paso al exterior del jardín.
La mano izquierda sujeta un pincel, los ojos de la pintora están cerrados, y sus
oídos se dejan acariciar por una voz tenue que proviene desde muy cerca, esa
voz esta recitando un texto. Unas manos largas acarician los folios en blanco, los hombros dejan de estar tensos, las frases entrelazadas van adquiriendo sentido y se van plasmando en el folio, se dejan acariciar y mecer por el arrullo del tacto de unos dedos finos del escritor. Mientras plasma sus pensamientos en el papel se muerde el labio inferior sin quererlo, escribe sin dejar de mirar, de atisbar la sombra de la silueta reflejada en la ventana. El pincel hacía dos segundos que cobró vida propia, recorre el lienzo puro, lo llena de trazos con sentimientos característicos. El pincel danza en los dedos de la pintora al compás del tono de voz del escritor , el pincel se deja arrastrar, como si estuviese sometido al influjo de algún hechizo permanente. La voz del escritor cesa. El pincel se resbala de los dedos y cae al pavimento, tiñendo el suelo con gotas de un intenso color a versos de amor.La voz a cesado porque ahora los dedos de la mano derecha del escritor están entrelazando la cabellera morena de la pintora.
Los dedos de su mano izquierda están tapando su labio anteriormente mordido, pero suelta la cabellera y vuelve a buscar su sitio, que no es otro que los folios emborronados en el escritorio. El pincel sigue en el suelo.. Los dedos finos no pueden seguir escribiendo, están envueltos en confusiones extremas. Se levanta y de nuevo posa las manos sobre la melena morena de la pintora, un sutil cosquilleo en el cuello, una caricia, o quizá dos. Gemidos. Dos pares de ojos cerrados. Un labio inferior mordido suavemente, una un beso robado a punto de caer. pero hay distancia. Una ínfima distancia, pero parece tan enorme. La melena morena gira y se encuentra con unos ojos cerrados y unas manos vacías. Aprisiona las muñecas del escritor con sus manos, piel de terciopelo fino. Desliza las manos aprisionadas del escritor, por su vientre.
Sube; sigue teniendo el control de los dedos, esos que cada vez le parecen más largos y finos. Desliza las yemas sobre sus costillas, y las trepa ligeramente hasta llegar hasta los pechos, le suelta las manos. Los dedos siguen ahí, tocando piel impoluta y macula, mientras, el escritor oye la voz de la morena melena que hace escasos segundos marcaba el destino que seguirían sus dedos. Una tela en el suelo. Una tela fina, pero que segundos antes parecía muy gruesa mientras tapaba los pechos que ahora estaban desnudos. Las manos del escritor, ya libertas, siguen ascendiendo hasta la boca de ella, rozando ese espacio entre los pechos y el cuello, acariciando cada milímetro, sintiéndose prisionero del deseo que siente en el momento.
La pintora sigue acompañando al escritor a ritmo de susurros bajos, gemidos intensos. Sus dedos se empeñan en demostrar que no mienten. La mano izquierda de ella se esconde entre la camisa de el. La desgarra. El aliento del escritor se posa en el cuello fino de ella mientras sube, buscando boca con boca, El roce de sus labios entreabiertos sorprende a la sensibilidad, la hace alcanzar un límite nuevo. Jamás se habían besado, Labios buscándose en un acto recíproco, en la oscuridad, a tientas. Dos respiraciones compenetradas, agitadas, intensas. Un par de manos intenta dibujar el cuerpo que sus dedos tocan, adivinándolo. Mientras que una boca ocupada en otra no puede recitar versos escritos. Simplemente es pintora versus escritor.
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