a la noche gustosos, a la mañana dan asco.
( Refrán popular )
Lo realmente cierto es que todavía no sé muy bien
que
hago realmente aquí. Tan solo recuerdo salir de viernes noche y charlar entre
copa y copa con mis amigos en la barra del bar de Miguel. El bar del susodicho es un garito que acoge un variopinto de gentes que pululan en la noche en la calle CARIDAD DEL COBRE. Solo recuerdo haber
bajado dos tramos de seis escalones cada uno. Me he visto obligado a apoyar mis
manos en la pared para afrontarlos; aun
con ese apoyo he tropezado en el último y me he dado de bruces con la barra del
garito. Nadie ha prestado la mas mínima atención, supongo que están acostumbrados a ese tipo de irrupción de la gente al club independientemente que tampoco es un lugar muy concurrido. Una gordita vestida de una forma que a mi parecer patética sirve las copas, una puta ajada por el maltrato infligido por los años, y tal vez por los muchos clientes, enfundada en un vestido de terciopelo rojo con un escote en diamante, unas medias de rejilla fucsia y unas botas de media caña de ante rojo, sonríe exhibiendo un grotesco hueco en su dentadura.
Estoy muy borracho; Borracho de ron, como cuando tenía dieciséis años y aun vivía en Motril; junto al mar. Pido un ron con una piedra de hielo.La puta no deja de escrutarme con la mirada, aunque me he sentado al otro extremo de la barra. lo que es seguro que de un momento a otro me hablará y yo no voy a saber que decirle dado lo perjudicado que estoy por el alcohol. Desvío la mirada hacia mi vaso de ron y me sumerjo en el. Al fondo una pantalla gigante ofrece una película de porno duro. Un tipo y una rubia realizan innverosimiles acrobacias sexuales en una cocina. Ella tiene muchos granitos en el culo, pero él maromo no parece prestar atención a estos sórdidos detalles.
Miro de reojo a la puta de la barra y se me viene a la cabeza que probablemente esta que me acecha con la mirada tenga cosas peores que granos en el culo. Nunca he pagado a una mujer por acostarse conmigo y supongo que follar en un cuartucho trasero de este tugurio no es exactamente hacer el amor. No me siento excitado. Mi amigo Paco dice que soy demasiado selectivo. De ahí mi limitadísima experiencia en este tipo de situaciones. Escruto el bar con cierto interés o mas bien producto del aburrimiento; lo cierto es que no se que cojones hago aquí. Hay muchas botellas sobre una estantería de cristal casi opaco producto del polvo y la falta de limpieza, pero pocas marcas conocidas, solo veo algunas de las baratas. Mi vaso casi opaco denota muchas rallas en el cristal muestra inequívocas de las secuelas de su frecuente uso y lavado.
Mi ron se ha agotado, veo el fondo a través de un agonizante cubito de hielo. Por un instante me parece adivinar mi reflejo en el y me asusto. Con un golpe seco y ruidoso dejo el vaso vacío sobre la barra. La puta al oírlo como si de una llamada se tratase se acerca. No se porqué le sonrío, cuando debería desalentarle. Sale con sensuales Pasos forzados y ensayados de su hábitat que es la barra y sentándose en un taburete junto a mi pone su mano en mi muslo. Noto su calidez a través del tejido de mi pantalón. Le aparto la mano con suavidad. Me pregunto si haría lo mismo de ser ella joven o estuviese de buen ver. Me contesto que si, aunque poco convencido. No está mi ánimo para que me den carantoñas y cuanto menos falsas.
Miguel; el dueño del bar donde voy asiduamente despues del trabajo, un bar justo en el centro de la calle CARIDAD DEL COBRE, que independientemente está cerca de casa, es el punto de reunión de mis amigos. Pues Miguel dice que sueles encontrar la verdad en el fondo del tercer vaso de ron, pero él siempre ha tenido fama en el barrio de ser muy filosofo de cantina. Yo voy ya por el quinto y sé lo que ocurrirá a continuación. Desde el cuarto bulle en mi mente las ideas como tormentas en mar en calma, al terminar el quinto el monstruo surgirá amenazante e impetuoso y me enfrentaré a la pavorosa verdad. El sexto vaso aplacará al impío monstruo, pero el certero zarpazo lo ha dado y ya nada borra su recuerdo. A partir del sexto uno no olvida, pero puedo recordar sin dolor. A mi mujer los borrachos le parecen seres repugnantes y débiles. La vida a fin de cuentas no da tantas vueltas después de todo.
Existen verdades inmutables. La puta no desiste en su vano intento de seducirme. Creo que intenta entablar al menos una conversación, pero no la oigo, ando metido en mis caunadas. Me ensordece el bramido de mi monstruo interior, presto a devorarme a poco que baje la guardia. Miro fijamente el fondo del vaso a través del hielo, de la corteza de limón y del ron de garrafa, que mañana recordaré con una monumental resaca. Me brota el recuerdo de la ciudad en que viví mi adolescencia y juventud; antes de emigrar a Madrid para trabajar. En mi ciudad de nacimiento hay una pequeña colina y, desde su cima, una iglesia domina el núcleo urbano. Desde su mirador trasero se distinguen los barcos de pesca surcando el azul mar mediterráneo, arribando al atardecer o faenando cerca de la costa.
Yo solía subir hasta esa iglesia en mi desvencijada motocicleta, para reflexionar. Creo que hasta los veinte años tomé allí todas las decisiones importantes de mi vida. No era cuestión de iluminación divina, sino mas bien de tranquilidad. El silencio me abrigaba, un silencio roto por el ruido de las ramas al chocar entre ellas de los pinos plantados en la ladera posterior, un susurro natural que me mantenía despierto… Nunca encontré en Madrid un lugar similar, supongo que los habrá; pero posiblemente no significarían lo mismo para mí. Siento nostalgia.Salgo del sopor en que me ha envuelto el recuerdo y alzo la mirada y la puta me sonríe; como si esperara una respuesta, pero yo no tengo respuestas. La miro con un gesto bobalicón, sin saber que decir. No he oído su pregunta. Se enfada, balbucea entre dientes algo, y con un gesto de desaprovación se vuelve al interior de la barra.
Dos hombres aparecen: un tipo muy entrado en años y otro mucho mas joven con una borrachera superlativa. Rodean a la puta y esta vuelve a sonreír. La gorda se encoge de hombros. Los recién llegados hablan a la puta como si la conociesen de mucho tiempo, la tocan mientras la insultan con palabras soeces –medio en broma, medio en serio- , los dos ríen a carcajadas. La puta bajándose un poco el escote del ceñido vestido les enseña un pecho, me mira de reojo; el mas anciano le acaricia el pezón mientras ella susurra algo al oído del borracho; pero no deja de mirarme, mientras el anciano va mas allá y mordisquea su pecho, sorprendentemente terso para su edad. Le pido que me ponga otro ron, pero esta vez doble.
Ya he perdido la cuenta. La puta me guiña un ojo y me dedica una mueca lasciva.Esta tarde me han despedido. Me equivoqué y me han despedido. Nadie lo sabe aún, ni siquiera mis compañeros de trabajo. No sé como decírselo a mi mujer y a mis hijos. Del fondo del vaso de ron surge el monstruo y me golpea con saña en la boca del estómago. Hunde su zarpa en mi vientre y lo estruja con fuerza, inmisericorde. Cuando llegué a Madrid era tozudo y orgulloso. No cejé hasta encontrar un trabajo a mi medida. Conocí a Adela y me casé con ella. O ella se casó conmigo, quien sabe. A los veintiocho años todos me envidiaban. Al principio todo siguió el camino previsto. Nacieron nuestros dos hijos. Unos hijos que hasta hoy, podían querer y admirar a su padre. A partir de hoy podrán quererle y compadecerle y ya nada será lo mismo.
Me quedan muchos años de existencia sintiéndome un fracasado.El monstruo a cada trago largo de ron sigue golpeando como aquella vez, hace ocho años. Los niños estaban en casa de los vecinos. Ese día llovía copiosamente en Madrid y volví a casa pronto, deseando ver a Adela. abri la puerta de casa y al no verla en ninguna estancia aun llamándola a voz en grito y no obteniendo respuesta, me dirigí al dormitorio a cambiarme la ropa mojada, allí la encontré; estaba acostada, eran las seis de la tarde. Junto a ella, su jefe. Aquel día no hizo falta ron para conjurar al bicho. Se instaló en mi interior durante meses. Adela me juró que había sido la única vez.
Aun hoy no llego a comprender porque fingí que la creía. Se despidió del trabajo, rogó que la perdonara. Tal vez lo hice, pero el monstruo nunca se marchó del todo, está instalado en mi. Ya no he sido capaz de volver a mi propia casa sin avisar.La puta y los dos tipos han desaparecido, pero se oyen risas detrás de una cortina, al fondo del local. Espero pacientemente unos minutos hasta que la veo salir entre las cortinas. Le calculo cincuenta y muchos años. Cincuenta y muchísimos. Imagino su desprecio hacia nosotros, los que arribamos en tan lamentable estado a su inmundo local. O tal vez nos compadece. Le señalo mi vaso vacío y vuelve a llenarlo. Me dice que pronto vendrán más chicas.- ¿Putas?, le digo. Ella ríe. - Claro que si hombreton, ¿ que van a ser sino?, dice. Yo no quiero sexo, aunque no se lo digo porque estoy seguro que ella hace tiempo lo intuyó. La vida es injusta. Es dura. Es fría. He trabajado mucho tiempo. Miguel dice que vivimos en plena recesión o una crisis según quien lo diga no es más que un punto en el producto interior bruto. Un punto que es mi empleo, mi orgullo, lo que mis hijos pensarán de mí, y mis nietos y Adela.
No es cuestión de dinero. Por el momento no es el problema.La puta aparece de nuevo. Estoy muy, muy borracho. Los dos tipos se van, aparentemente satisfechos por como lo reflejan sus rostros. Mi reloj marca las tres y cuarenta y dos minutos. La puta se vuelve a arrimar en un ultimo intento de convencerme. Veo la marca reciente de unos dientes donde comienza la prominencia de sus pechos. No estoy interesado. No necesito tragarme las babas de nadie, La puta seguramente ni siquiera se ha lavado, lo intuyo. Aunque tampoco es una cuestión de higiene; y una vez mas desiste del intento, tal vez porque ya ni tan siquiera le sonrío. Se sienta en un sofá, en una esquina oscura del local junto a una maquina expendedora de tabaco. Uno lo hace lo mejor que puede. se esfuerza, participa, opina. Pero claro, los años no pasan en balde y siempre aparece alguien mas joven, alguien con sangre nueva e ideas renovadas. Tu jefe te dice: tú eres el mejor encargado que he tenido, pero tengo que velar por mis intereses. Minúsculas diferencias porcentuales de rendimiento mas unido a tu edad se confabulan para arrebatarte tu empleo. Son las reglas del juego. No me quejo. Yo lo sabía; pero sigue siendo injusto.
El ron tiene estas cosas: simplifica la realidad. Tal vez ya no vengan más chicas. Putas, dicho sea con todo respeto. Y aunque vengan yo no he engañado nunca a mi mujer; le digo a la gorda mientras me sonríe con un gesto forzado. Nunca, repito. Ni siquiera tras su… despiste. Pero siempre he querido saber y ver como es un sitio de estos, no porque no haya querido ni tuviese oportunidad, simplemente porque me he pasado la vida trabajando como un cabrón sin un rato de asueto personal. La gordita saca una botella de ron BRUGAL de debajo del mostrador y la coloca en la barra cerca de mi. Yo era un tipo conservador en lo moral y un liberal en lo económico le digo a la puta. Lo era no, lo soy. La gordita me dice que eso no importa, que cada cual es libre de hacerse con su capa un sayo. Insisto y le pregunto si cree que me he equivocado. Me dice que no opina de lo que desconoce. Le cuento que he perdido mi trabajo y creo que me entiende; pero la realidad es que lo que le preocupa es si voy a poder pagar mis consumiciones. Deposito dos billetes de cincuenta euros sobre la barra y sonríe. Se ofrece a llamar a otra chica por si lo que realmente quiero es una hembra mas joven.
Le repito que nunca he engañado a mi mujer. Creo que la fidelidad solo tiene algún valor cuando la opones a la tentación, o algo así. Le cuento que leí una vez acerca de alguien que era casto por falta de oportunidades; no tiene mérito. La gorda asiente. En la pantalla dos jovencitas se enrollan con un chimpancé, o con un melenudo o algo parecido; mi raciocinio empieza a hacer aguas.- No es malo mirar y aprender, dice la gorda. No lo es si se aprende la lección apropiada. Pienso. Desde mi sitio en la barra se oyen voces en la puerta de entrada al garito . Dos mujeres y un hombre hacen su irrupción en el local. Por absurdo o inapropiado que sea, con esa cuestión, y, no se por qué lo hago, de pronto me parece la única pregunta pertinente y se la lanzo a bocajarro a la pava que aparece en primer lugar; una mulata exuberante, impropia de este antro.-“¿Cuándo descubriste que la vida no era como te la habían contado?” Ella me sonríe y me arrebata el ron. Da un trago muy largo y me guiña un ojo. Sus acompañantes desaparecen en la parte trasera, magreándose entre risas. Yo estoy obsesionado. Repito la pregunta, con un indigno farfullo etílico. Tal vez solo entiende portugués, porque por respuesta recibo un lametón en el lóbulo de mi oreja. Me hace cosquillas y su frivolidad me desespera. La aparto y ella se sorprende. Le digo que el día de hoy podría marcar un antes y después en mi vida. Perder el trabajo y poner los primeros cuernos en mi relación conyugal.
Y
aunque borracho como una cuba todavía tengo capacidad de raciocinio y
reflexionar que creo que tengo ya bastante con haber perdido el trabajo hoy y
que al menos en lo que pueda decidir quiero que mí vida siga siendo como me la
contaron. Al menos como algunos me la contaron. Y le confieso que para ser
infiel los hubiera sido hace diez años con Esther y que si le partí el corazón
a Esther y estrujé un poco el mío fué por serle fiel a mi mujer; no es para
echarlo a perder en un momento de escultural y mulata debilidad. Ella me mira
sin comprender ni tan siquiera el
sentido de lo que digo. - No es por mi mujer, ¿sabes?, es por Esther. La mulata
se vuelve y con una serie de frases incomprensibles se va tras sus amigos
encogiéndose de hombros. Pido otro ron y brindo por Esther, por la angustia de lo que no puede ser, por una mujer que nunca olvidaré, ni siquiera cuando se fue a vivir a Cáceres para que pudiéramos dejar de torturarnos. La vieja gorda, que sí me ha oído y entendido, me mira apenada. Me pregunta por que no vuelvo a casa con mi mujer, y yo le contesto que ahora lo que realmente quiero es ir a Cáceres, con la única persona en el mundo que se ofreció a dejarlo todo por mí. Y a esa persona única, la eché de mi vida, para que no estorbara. Y aún me duele el recuerdo de su voz y de sus lágrimas en nuestra despedida. Y miro a la gorda fijamente, deseando arrancarle una palabra que me sosiegue… Pero ella calla y vuelve a llenar mi vaso de BRUGAL. No debería seguir bebiendo. Nunca me he aventurado más allá del séptimo vaso de vodka. Mi última frontera.
Pero cuando aflora el recuerdo de Esther me tortura durante días. Apenas puedo soportar la idea de que su boca este siendo invadida por los besos de otro hombre.Hacerse viejo es comprender que hay cosas que uno nunca volverá a hacer. Nunca volveré a charlar en un coche, frente a un portal que no pueda transgredir, con alguien a quien amé profundamente. Nunca. Nunca es una palabra muy dura, muy definitiva. Pero el octavo vaso de ron ha abierto mis ojos a nuevas verdades y se que es una palabra cierta y que acabo de envejecer. Le pregunto a la gorda si tiene un teléfono fijo; porque en el garito al estar en un sótano no hay cobertura en mi móvil, contesta que si. Son las cuatro de la madrugada, pero eso no importa.
Bebo el sexto sorbo del octavo vaso de ron y aun con el auricular en las manos me doy cuenta que no tengo el número de teléfono de Esther. En un arrebato lo rompí hace meses. La mulata y sus amigos salen del local, la gorda mira el reloj. Si sabe que no van a aparecer más chicas ¿por qué me entretiene? Me doy cuenta de que todavía sostengo el auricular del teléfono. La cara de la puta denota preocupación. Solo Esther comprendería que llamase ahora y le preguntara porque Dios crea el paraíso y la manzana; a Adán y Eva si sabe que acabarán condenándose. La madre de todas las preguntas. Tal vez se burlaría de mi voz pastosa de borracho. O puede que lo encontrase vulgar.
Intuitivamente marco un número y me sorprende oír la voz de Adela, enfadada; tal vez triste u ofendida, nunca sé como va a reaccionar después de tantos años. No digo nada pero sé que ella sabe que soy yo. Ahora se preocupará y me avergüenzo. Debí haberla dejado dormir. A ella no le interesan las preguntas que surgen de los vasos de ron, ni siquiera cuando tienen respuesta. Odia a Miguel el del bar y sus teorías absurdas. Y yo la quiero. Se lo digo a la gorda y ella llevándose un dedo a la sien derecha me contesta que estoy como una cabra. Me inclino hacia ella y le digo en un susurro que se algo importante. Tal vez es lo único que me queda; me mira sorprendida denotando curiosidad. - Dios no es omnipotente, le revelo. Me mira atónita. - Porque para ello tendría que poder hacer incluso lo que no se puede hacer. Paradójico. O algo así. Tal vez me he liado con el alcohol. Pero Dios no es omnipotente, le repito.
La gorda balbucea entre dientes qué más dá lo que sea o deje de ser Dios, mientras ordena unos vasos bajo la barra. Se seca con un mugriento paño las manos húmedas de los vasos recién lavados y colocados y con un sonoro suspiro dice exasperada que ya basta de tonterías, que es muy tarde y que quiere cerrar y que me vaya con mis estupideces a Cáceres, con mi mujer, con mi puto Dios o mejor aun, a dar la vara a otro antro, y yo comprendo su impaciencia, porque es la de todo el mundo que me rodea, desde siempre.Entonces entra una chica muy joven; es muy bonita. No guapa, ni espectacular, pero sí bonita. Luce una corta melena rubia, una sonrisa simpática y poca ropa. Me mira. La tentación ha llegado en el noveno y último sorbo del octavo vaso de ron.
Puedo pedir otro ron y esperar a que hable conmigo y yo exasperarla con mis insensateces o con mi petulancia o disfrutar y dejarme llevar con el tono de su voz o la cadencia de sus frases o puedo irme a casa, sencillamente; puedo tomarla del brazo y consumar mi única noche de perdición. Miro de reojo a la gordita, que ríe abiertamente. Adivino sus cuernecillos rojos, su largo rabo y su tridente. Sus ojos chispean maliciosos. Esto no es infidelidad, oigo decir a la gorda. No hay sentimientos de por medio. Pero da igual. Engañar es no poder contárselo. No poder mencionárselo siquiera. Tiene que ver con las omisiones. Pienso en todo lo que me he perdido en la vida. Y en Adela y en Esther y en mis hijos. Y en mi pueblo, en la iglesia y en la madre de todas las preguntas.
No es una decisión que vaya a cambiar el rumbo de mi vida, ni aliviará mi sufrimiento. Solo afectará a la imagen que he creado de mí. Tal vez una de las pocas cosas a las que aún puedo aferrarme. Apuro mi copa, paladeando los restos del último trago de ron. Saboreo la fría piedra de hielo hasta que se funde por completo en mi boca...
Guión adaptado para el cortometraje " PRIORIDADES " del
director de cine Eleuterio Gomez.


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