martes, 21 de enero de 2020

PENITENTE SOCIAL.

Cuando José Martínez se despertó una mañana
después de un sueño intranquilo, lo primero que observó es que se encontraba sobre un lecho de periódicos convertido en un indigente. José no acaba de creérselo, aquello no tenía explicación. Entonces pensó que era una de esas veces en las que no estás ni despierto ni dormido y todavía no distingues muy bien la realidad. Pero pasaron los segundos y se dio cuenta de que esa horrible pesadilla no se disipaba. Permaneció unos segundos inmóvil, asimilando, y de pronto se levantó enérgicamente, irguiendo el torso sin ayuda de las manos, como el que, por la mañana, observa el despertador y se da cuenta, exaltado, de que llegará tarde al trabajo. Su respiración era rápida y entrecortada, y los gestos bruscos.

De un manotazo apartó la sección de deportes que cubría sus piernas. Pudo ver entonces las zapatillas agujereadas en la parte correspondiente a los dedos gordos de cada pie y los vaqueros andrajosos llenos de orificios por donde entraban oleadas de aire frío que le calaban hasta los huesos. Pero sobre todo vio la mancha. Una especie de cerco amarillento de forma más o menos circular invadía los pantalones en la zona de la cremallera y alrededores. Pasó histérico la mano por encima del cerco haciendo ademán de querer quitársela, pero todo esfuerzo fue inútil, la mancha llevaba allí mucho tiempo, más que él, y estaba claro que allí iba a quedarse. Al ponerse de pie, José se percató de que estaba en la entrada de una tienda de ropa. La tienda tenía un pasillo central con escaparates a derecha e izquierda y múltiples artículos mostrados en ellos. 


Miró atentamente uno de los escaparates y no se reconoció en el reflejo. Alarmado se dijo a sí mismo que tenía que recuperar su identidad, su vida anterior. El no era esa persona que se reflejaba en el cristal, pero, ¿quién era entonces? No encontró respuesta. No recordaba haber sido otra persona. No recordaba nada. Una extraña sensación le subió desde el estómago al pecho, se sentía bloqueado, sin saber qué hacer. Sin apenas darse cuenta y sin dejar de verse en el escaparate, se echó a llorar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y descendían imparables hacia la barbilla. Tras secarse el mentón, José pensó que tenía que tomar una determinación. Pero antes de que pudiese recapacitar notó que su estómago rugía como una pelea de gatos, estaba muerto de hambre. Metió las manos en los bolsillos del pantalón en busca de dinero o algo que llevarse a la boca, pero lo único que consiguió fue ver salir sus manos por la otra parte del bolsillo.


Inmediatamente se dirigió a la calle para resolver su problema alimenticio, y al ver a una señora de aspecto y porte señorial unido a andares altivos creyó tener solucionado su problema:
-Señora, ¿sería usted tan amable de prestarme algo de dinero? Preguntó José en tono que demostraba cierto grado de educación.
-Lo siento hijo, pero no. Lo cierto es que he quedado con unas amigas para ir de compras y llego siete minutos tarde. Además, tengo el monedero en el bolso y no me apetece cogerlo, correría también, en ese caso, el riesgo de que me lo robases, eso por no mencionar el hecho de que despides un olor nauseabundo. José se quedó atónito con la respuesta de la señora, todavía no había acabado de encajar su réplica cuando un mendigo que tenía un muñón en su brazo derecho se aproximó a él y le dijo:
-Oye, ¿Tienes algún defecto físico? Preguntó en tono intrigante.
-¿Cómo?;José le miró sorprendido por la pregunta.
- ¿Que si tienes algún defecto físico?… yo que sé… una chepa muy pronunciada, una pierna mutilada… bueno, eso ya veo que no… eh… alguna cicatriz que dé mucha grima y asco verla… ¿entiendes?
-No, no entiendo. Contestó José sin saber realmente la pregunta del mendigo del muñón.
-Pues que sea como sea tienes que dar pena, sino nadie te va a dar ni un puto céntimo.
-¿No te parece que doy pena? Preguntó José mirándose y gesticulando las manos de arriba abajo.
-No; respondió secamente el mendigo tras examinarlo de arriba abajo.
- Das asco, pero no pena. La clave está en dar pena, hacer que la gente se sienta culpable, que se sientan mal por ser afortunados, ¿entiendes?
-Pero yo no quiero que la gente se sienta mal, sólo quiero salir de esta situación.
-No hay otro modo amigo, la culpabilidad es la clave. Además tienes que servir de pena social. Tal y como estás ahora pareces un vago, un estúpido que nunca hizo nada. Pero mírame a mí, la gente que me ve por la calle va pensando en sus problemas y de pronto me observan y todo es mejor, ¿entiendes? Pena social. 

Al mirarme piensan: “Al menos no vivo en la calle y me falta una mano”. Así que se sienten afortunados y me echan unos céntimos porque han tenido la suerte de no ser yo.

-O sea que te aprovechas de tu deformidad para chantajear a la gente, ¿no te da vergüenza?
-¿No debería darles vergüenza a ellos pasar a mi lado sin inmutarse? Contestó secamente el tullido.
-¿Y qué pretendes? ¿Qué te lleven a sus casas y te den alimento? Preguntó José.
-No, yo ya sé que eso nunca pasaría, sólo pretendo que sean más… humanos.
-¿Sabes una cosa? Yo creo que ya lo están siendo. El mendigo frunció el ceño sin comprender la contestación de José e hizo un ademán con su brazo bueno dándole por caso perdido y a continuación dio media vuelta y se fue. 

José volvía a estar solo y su hambre ahora era mayor. Intentó pedir dinero a gente que tuviera cara de buena persona pero el resultado fue infructuoso, sólo que en esta ocasión recibió respuestas más comunes, del tipo “no, no tengo suelto”. Tras ver que no obtenía resultados permaneciendo estático en la calle, decidió caminar para ver si encontraba alguna posibilidad de meter algo en el estómago. Unos metros más adelante notó como la gente le miraba de forma extraña. “Es como si se extrañasen de ver a un mendigo dando una vuelta”, pensó. Lo que él ignoraba es que la mayoría de la gente que le veía se extrañaba de su forma de andar, no andaba como un mendigo a pesar de contar con los rasgos clásicos de las personas que se ven abocadas a vivir en la calle. Su olor era vomitivo y su aspecto deprimente; la ropa hecha jirones, el pelo enmarañado, la cara y las manos sucias… pero caminaba como cualquier otro. Como si se acabase de levantar plácidamente en una mañana de domingo y hubiera decidido, como bien podría haber decidido hacer otra cosa, salir a dar una vuelta con esa vestimenta. 


Después de haber caminado un buen rato se encontró con su oasis particular, una frutería. Como toda frutería que se precie tenía una entrada con cestos llenos de frutas al alcance de la mano. José se sintió tentado de robarlos, pero se dirigió hacia la dependienta y le dijo:

-Discúlpeme, ¿podría llevarme un par de plátanos?-Esto… ¿tienes dinero? ;preguntó dubitativa la chica.
-… No, pero le agradecería mucho que…
-En ese caso no puedo, mis jefes me matarían… ¡eh! ¡Suelta esa cesta ahora mismo ¡ ¡Mis plátanos! ¡Ladrón! José corría calle abajo con la cesta tambaleante en sus brazos y giró la cabeza para asegurarse de que nadie le seguía. Una vez lo confirmó, empezó a imaginar cómo se comería esos plátanos, la boca se le hacía agua. Observó la cesta y los vio allí; grandes, hermosos, deseando ser comidos. El hambre le cegaba. Probablemente fue por estar demasiado atento a la cesta por lo que no se dio cuenta de que cruzaba la calle.

Estaba tan absorto en la contemplación de aquella maravillosa fruta que no pensó ni por un momento en lo que hacía. Tampoco se dio cuenta de que en ese mismo instante un coche atravesaba esa misma calle a gran velocidad.De pronto escuchó el chirriar de unos neumáticos y el grito ahogado de una señora alertándole del peligro y que casualmente pasaba por allí. Sólo tuvo tiempo para girar la cabeza y ver cómo el automóvil se le echaba encima. Cuando José Martínez se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró solo sobre una cama de tamaño matrimonial sudando por todas partes. El despertador apremiaba, era hora de ir a trabajar. Se incorporó y miró los parpadeantes dígitos del reloj que anunciaban su vuelta a la realidad. Tras haber desayunado y haberse aseado, salió a la calle ya recuperado del susto que le había supuesto su sueño. Caminó tranquilo sabiendo que llevaba puesto su costoso traje y su no menos costosa gabardina, ésta última la había cogido porque parecía que empezaba a llover. Sus sospechas no eran infundadas. Un chaparrón le sorprendió a medio camino del trabajo y, como siempre, no llevaba paraguas, así que decidió seguir andando pero cobijado por los soportales. Cuando ya le faltaba poco para llegar se detuvo. Un mendigo estaba justo delante de él, sentado en el suelo. 

El pobre hombre estaba empapado por la lluvia y se había acercado a los edificios para taparse un poco. Le obstruía el paso. José recordó su sueño y se quedó mirándolo unos segundos. A continuación alargó una pierna por encima de él y siguió andando con gesto altivo.




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