Cada vez que levanto la cabeza del papel y miró más allá de la taza de café a través de la sutil cortina de humo; veo desde la ventana una ciudad distinta que, aburrida, juega a engañarme. Un carnaval vicioso de trajes veraniegos y bocas contrariadas porque han desayunado malas noticias por temor a morirse de hambre. Veo los guiños incansables de semáforos sin autoridad; las bocinas, bramando cual rebeldes sin causa, telarañas en los pasos de cebra. Compadezco a quiénes no las mirarán nunca a los ojos; Porque se consuelan rebuscando en las siluetas de los charcos el reflejo de lo que nunca quisieron ser. Por mi parte, encantado de ser lo contrario de lo que soñé.
Un tanto por ciento muy elevado de personas lo logra ver y otro solo lo oculta, no ve pero lo observa, ¿Qué se puede esperar?, conectar tus ojos y ver un paisaje desde lejos pero sentirlo tan cerca que casi te roba el alma eso es algo que a la vez me asusta y me emociona. No sé por qué mirándo el rompeolas del mar no puedo conectar mis ojos así, solo mi corazón se conecta.
Camino lentamente por la playa, aun llevo la ropa de noche y todavia tengo en mi cabeza, corriendo por mi cuerpo los restos del naufragio de la noche anterior. Observo el suave amanecer, mientras las imágenes, los recuerdos se agolpan en mi cabeza, me asaltan como un guerrero sin nada que perder, y no puedo mas que sonreír irónicamente. Descamisado, con arena en los zapatos y la soledad como única compañía intento disfrutar del olor del mar y de los gratos recuerdos que siento al inhalar ese suave y gratuito perfume.
Me detengo ensimismado ante la inmensidad del mar, la playa esta desierta, cierro los ojos y me dejo invadir por el rumor de las aguas al desembocar en la playa, la melodía relajante del mar siempre me gustó, mientras, casi sin poder evitarlo, me siento en la arena frente al espectáculo diario, el sol, saliendo, emergiendo del mar, el rumor del mar, el espejismo provocado por otra noche de insomnio hacen de ese instante, algo inolvidable.
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