Nadie me ayudaba a salir de esa situación, no me sentía apoyado, todo lo contrario, me sentía muy incomprendido. Necesitaba imperiosamente un empuje externo, alguien o alguna situación que me ilusionara, no sé , quizás un viaje, conocer un sitio nuevo, salir de la rutina diaria, abandonar por unos días mi ciudad me haría bien, olvidaría un poco todo lo que me dolía, todo lo que me hacía sufrir, y quizás pudiera un día volver con otra ilusión, con otras ganas, con impulsos vitales renovados. Quizas ese viaje podría cambiar mi vida para peor, es una duda por la que merece la pena arriesgarse; Tambien dependería en gran medida de mi mismo, aunque también el entorno me influirá enormemente. Conocer gente nueva sería algo bueno sin duda para mi, compartir experiencias, darme cuenta de que no soy la única persona en el mundo que estoy pasando por algo así, sino que seguramente hay mucha gente, más de la que pienso que también sufre, Que tampoco son felices.
Es duro vivir así, pero a veces sin lugar a dudas ocurren cosas en la vida que llegan a lo más profundo de nuestro ser, cosas que nos hicieron felices en su día pero que con el tiempo nos llenan de amargura y desconsuelo. Pero algo es incuestionable; Así es la vida, no todo son risas y alegrías. A veces también se necesita llorar, por qué no, y es la mejor manera de liberarnos de penas, luego poco a poco hay que sacar fuerzas de uno mismo, ir buscando pequeñas ilusiones, pequeñas cosas, que con el tiempo pueden convertirse en grandes cosas, porque "TODO EL QUE SIEMBRA COSECHA". Eso no lo dudo. Lo que ocurre es que a veces somos demasiado impacientes y queremos ya tener todo lo que deseamos. Lo que hay es que disfrutar de las cosas buenas cuando aparecen y no dejarlas escapar, y si algún día se van, habrá que tomarlo con resignación y aprendizaje, quizás el destino nos guarde otra cosa, incluso mejor que la que tenemos.
Hace poco, cuando perdí del todo la ilusión y la esperanza de volver a encontrarla, un buen amigo en tono desenfadado comentó, de forma un tanto graciosa, que nadie debería desilusionarse en lavida, ya que, si siendo espermatozoides aún, fuimos los primeros en llegar de entre más de un millón como nosotros, por qué habríamos de esperar menos de nosotros mismos. El hecho de haber sido ya los más rápidos incluso antes de tener uso de razón e identidad propias es algo que cada uno debería plantearse a la hora de afrontar algún reto y, como no, las desilusiones que se presentan en la vida de cada uno de nosotros. Una reflexión que al oírla o leerla suena absurda, pero que si escarbamos encontramos un aprendizaje.
Pero, realmente, ¿hemos perdido alguna vez la ilusión o simplemente se nos ha quedado olvidada en algún cajón de casa? O quizá alguien nos la robó mientras dormíamos o en cualquier momento de despiste. Por eso, la desilusión viene acompañada casi siempre de la desconfianza hacia los demás e incluso hacia nosotros mismos y piensas que así nadie te la podrá volver a robar. Un saco de ilusiones en la infancia, un saco que, sin darnos cuenta, estaba roto por una esquina y se nos han ido quedando en el camino. De las cuales, algunas las hemos dejado caer inconscientemente y otras, por pereza quizá o por su sentido banal en aquella época concreta en la que se nos cayó, creímos oportuno dejarla donde tocaron tierra. Y, al fin y al cabo, eran ilusiones, ilusiones que más tarde echaríamos de menos, hasta el punto de vivir sumergidos en el pasado, enterrados hasta los ojos, privándonos de cualquier efecto externo, extinguiendo nuestros sentidos y convirtiéndonos en topos humanos, refugiados en lugares oscuros, incapaces de enfrentarnos a la luz, al presente y al futuro.
Un refugio seguro pero insulso, carente de emoción. Yo he perdido la ilusión muchas veces y, ocasionalmente incluso la esperanza de volver a encontrarla. Y muchas veces volvió, ella solita a mi vera, pero despacito, sin hacer ruido. Ahora la espero pacientemente, tarde o temprano tendrá que volver. Mientras tanto, aquí estaré, meciéndome en la oscuridad, sumergido en diálogo interior, monólogo bipartido, escuchando el eco del silencio que producen los ojos de la noche al mirarme. Pero esperaré, no tengo otra opción, siempre vuelve...No sé nada ni pretendo saber, sólo miro y escucho. Y, cuando dejo a un lado posibles ilusiones pasadas, actuales, falsas o acertadas y antiguas o presentes realidades, me dedico a observar los rostros, simplemente, y leo pues que las semejanzas entre unos y otros son tales que me congojo. Creo que haré ese viaje que mi interior me pide.





