domingo, 30 de mayo de 2021

QUERIDO CLIENTE.


Tanja Rahm, de 35 años, estuvo trabajando desde los 20 a los 23 años en la calle. En 'Prostitution Narratives' lanza un sincero mensaje a sus «antiguos clientes» para hacerles saber que nunca se sintió atraído por ellos. 'Carta a mis Johns' se llama genéricamente. Y Tanja dice así:

«Querido cliente:

Si piensas que alguna vez me he sentido atraída por ti, estás terriblemente equivocado. Nunca he deseado ir a trabajar, ni siquiera una vez. Lo único en mi mente era hacer dinero, y rápido. Que no se confunda con el dinero fácil; nunca fue fácil. Rápido, sí. Porque rápidamente aprendí los muchos trucos para conseguir que te corras pronto para poder sacarte de mí, o de debajo de mí, o de detrás de mí.Y no, nunca me excitaste durante el acto. Era una gran actriz. Durante años he tenido la oportunidad de practicar gratis. De hecho, entra en la categoría de multitarea. Porque mientras tú te tumbabas ahí, mi cabeza estaba siempre en otra parte. En algún sitio donde no tuviese que enfrentarme contigo acabando con mi respeto hacia mí misma, ni pasar 10 segundos pensando en lo que ocurría, o mirándote a los ojos.

Si pensabas que me estabas haciendo un favor por pagarme por 30 minutos o una hora, te equivocas. Preferiría que hubieses salido y entrado tan rápido como pudieses. Cuando pensabas que eras mi príncipe azul, preguntándome qué hacía una chica como yo en un sitio como ese, perdías tu halo cuando pasabas a pedirme que me tumbase y centrabas todos tus esfuerzos en sentir mi cuerpo todo lo que pudieses con tus manos. De hecho, hubiese preferido si te hubieses tumbado de espaldas y me hubieses dejado hacer mi trabajo. Cuando pensabas que podías estimular tu masculinidad llevándole al clímax, debes saber que lo fingía. Podría haber ganado una medalla de oro por fingir. Fingía tanto, que la recepcionista casi se caía de la silla riéndose. ¿Qué esperabas? Eras el número tres, o el cinco, o el ocho de ese día.

¿De verdad pensabas que era capaz de excitarme mental o físicamente haciendo el amor con hombres que no elegía? Nunca. Mis genitales ardían. Del lubricante y los condones. Estaba cansada. Tan cansada que a menudo tenía que tener cuidado de no cerrar mis ojos por miedo a quedarme dormida mientras mis gemidos seguían con el piloto automático. Si pensabas que pagabas por lealtad o charlar un rato, debes volver a pensar en ello. No me interesaban tus excusas. Me daba igual que tu mujer tuviese dolores pélvicos, o que tú no pudieses salir adelante sin sexo. O cuando ofrecías cualquier otra patética excusa para comprar sexo. Si pensabas que pagabas por lealtad o charlar un rato, debes volver a pensar en ello. No me interesaban tus excusas. Me daba igual que tu mujer tuviese dolores pélvicos, o que tú no pudieses salir adelante sin sexo. O cuando ofrecías cualquier otra patética excusa para comprar sexo.

Cuando pensabas que te entendía y que sentía simpatía hacia ti, era todo mentira. No sentía nada hacia ti excepto desprecio, y al mismo tiempo destruías algo dentro de mí. Plantabas las semillas de la duda. Duda de si todos los hombres eran tan cínicos e infieles como tú. Cuando alababas mi apariencia, mi cuerpo o mis habilidades sexuales, era como si hubieses vomitado encima de mí. No veías a la persona bajo la máscara. Solo veías lo que confirmaba tu ilusión de una mujer sucia con un deseo sexual imparable. De hecho, nunca decías lo que pensabas que yo quería oír. En su lugar, decías lo que necesitabas oír. Lo decías porque era necesario para preservar la ilusión, y evitaba que tuvieses que pensar cómo había terminado donde estaba a los 20 años. Básicamente, te daba igual. Porque solo tenías un objetivo, y era mostrar tu poder pagándome para utilizar mi cuerpo como te apeteciese.

Cuando una gota de sangre aparecía en el condón, no era porque me hubiese bajado el período. Era porque mi cuerpo era una máquina que no podía ser interrumpida por el ciclo menstrual, así que metía una esponja en mi vagina cuando menstruaba. Para ser capaz de continuar entre las sábanas. Y no, no me iba a casa después de que hubieses terminado. Seguía trabajando, diciéndole al siguiente cliente la misma historia que habías oído. Estabas tan consumido por tu propia lujuria que un poco de sangre menstrual no te paraba. Cuando venías con objetos, lencería, disfraces o juguetes y querías juego de roles erótico, mi máquina interior tomaba el control. Me dabais asco tú y tus a veces enfermizas fantasías. Lo mismo vale para esas veces que sonreías y decías que parecía que tenía 17 años. No ayudaba que tuvieses 50, 60, 70 o más.

Cuando regularmente violabas mis límites besándome o metiendo los dedos dentro de mí, o quitándote el condón, sabías perfectamente que iba contra las reglas. Estabas poniendo a prueba mi habilidad para decir que no. Y lo disfrutabas. A veces no me quejaba lo suficiente, o simplemente lo ignoraba. Y lo utilizabas de manera perversa para mostrar cuánto poder tenías y cómo podías traspasar mis límites. Cuando finalmente te regañaba, y dejaba claro que no te iba a volver a tener como cliente si no respetabas las reglas, me insultabas a mí y mi papel como prostituta. Eras condescendiente, amenazador y maleducado. Cuando compras sexo, eso dice mucho sobre ti, de tu humanidad y tu sexualidad. Para mí, es un signo de tu debilidad, incluso cuando lo confundes con una especie de enfermiza clase de poder y estatus. Crees que tienes derecho. Quiero decir que las prostitutas están ahí de todas formas, ¿no? Pero solo son prostitutas porque hombres como tú se interponen en el camino para una relación saludable y respetuosa entre hombres y mujeres.Las prostitutas solo existen porque hombres como tú sienten que tienen el derecho de satisfacer sus necesidades sexuales usando los orificios del cuerpo de otras personas.

Las prostitutas existen porque tú y la gente como tú sienten que su sexualidad requiere acceso al sexo siempre que les apetece».

martes, 25 de mayo de 2021

EL DESENGAÑO.

Ese es el nombre de esta escultura. La obra, esculpida en un solo bloque de mármol, era tan ambiciosa que se consideró imposible de realizar. Su autor, el italiano Francesco Queirolo; fue el único escultor del siglo XVIII que se atrevió a ejecutarla tardando en terminarla siete años.

El lugar; la Capilla de San Severo, en el mismísimo centro histórico de Nápoles. Queirolo fue el único entre todos los maestros italianos que se atrevió con el encargo, y además lo hizo en un solo bloque de mármol. Es especialmente reseñable la red, su perfección es tal que llama a acercarse para comprobar que efectivamente no está hecha con cuerda, sino con mármol.

Tal es la magnitud de "El Desengaño"que los expertos en Bellas artes afirman que es "la última y más difícil prueba a la que puede aspirar la escultura en mármol".
Cuenta la historia que el mismo Queirolo tuvo que pulir con piedra pómez la escultura, porque los artesanos de la época, incluso los más especializados en pulido, se negaron a arriesgarse a que se les rompiera en pedazos.

miércoles, 19 de mayo de 2021

HISTORIAS DE LA CALLE " CARIDAD DEL COBRE".

El sol de otoño languidecía lentamente hasta que cayó por fin tras los árboles que hacían de perímetro vegetal del parque y el frío se intensificó de repente. Los listones de madera que formaban unidos por tornillo a unos batidores de hierro colado la estructura del banco iniciaron un proceso de transformación. De acogedor albergue que habían sido durante el día, se iban convirtiendo, lentamente, en frío cilicio. La penumbra unida a una suave brisa hacian bailar y difuminar las siluetas del parque ante sus ojos, convirtiéndolo en un universo totalmente diferente.

El tenderete de buñuelos de viento y rosquillas de matalauva, hasta hace unos instantes frecuentado por niños ahora hacia gala de sus mortecinas bombillas encendidas y sus ojos de buey dispuestos en hilera a ambos lados; era como una pálida aparición crepuscular y traía a su mente el recuerdo de los cirios que habían custodiado el alma de su mujer, todavía presa en aquél cuerpo que tres meses atrás había visto yaciendo en un ataúd. Al fondo del parque; creando una barrera natural a la calle " Caridad del cobre", los pinos y cipreses luchaban, como lo hacían en Breda las lanzas; contra el cielo en el que pequeñas nubes aisladas surcaban el cielo lentamente, como si fuesen a acostarse en la penumbra del este.La mano izquierda, temblorosa, se introdujo parsimoniosamente en el bolsillo de su ajada y raída gabardina que años atrás le había regalado su mujer por su cumpleaños y sacó un paquete arrugado de celtas sin filtro. Las cerillas las guardaba en el bolsillo derecho, por lo que su otra mano, hizo el viaje de ida y vuelta al interior oscuro. 

Al encender el fósforo y prender el cigarrillo tuvo la falsa sensación de que sentía menos frío. Y luego, con cada calada, se calentaba por dentro. Aunque el humo raspaba su garganta ya muy castigada por el frío y la nicotina, al llegar a los pulmones le producía una sensación de plenitud que le encendía levemente la sensación que produce la alegría en la boca de su estómago. Giró con un gesto cansado la cabeza hacia su derecha; donde tenía “aparcado” el carrito con sus exiguas pertenencias y una pila de cartones para hacerse el tálamo donde dormiría aquella noche. Los miró fijamente un largo rato mientras fumaba.

Contemplando los cartones plegados podía sentir el calorcillo del que disfrutaría su cuerpo una vez se acomodase en el interior del vivac urbano.La colilla le quemaba ya los dedos por lo que la fue deslizando suavemente entre ellos hasta dejarla aprisionada entre las largas y sucias uñas del pulgar y el corazón; así conseguía apurar el cigarrillo al máximo sin achicharrarse las falanges de los dedos. En la cara interna de aquellas uñas reinaba el color negro. La cara externa; acumulaba una rica gama cromática entre los que dominaba el tono tostado de la nicotina. En la piel de sus dedos y manos, se mezclaban el gris marengo con el negro de la tinta de los periódicos que cogía para usarlos de envoltorios de cualquier cosa comestible que encontraba. 

Daban el contrapunto los tonos amarillos y ocres de barro y la añadidura de cicatrices, costras de heridas, trocitos de piel levantada y sangre seca conformaban una imagen muy parecida a la de un mapa físico de cualquier lugar montañoso, árido y abrupto de quién sabe qué mundo. Una musica resonaba de vez en cuando en su cerebro asomando por los entresijos de su memoria. Aparecían y desaparecían fragmentos de aquella melodía como si fuese una obra inspirada en el Guadiana, proveyéndole de momentos de placer nostálgico. Era un dolorcillo agradable, íntimo, que le invitaba a dejarse llevar por la añoranza de quién sabía qué. Se despertaba su autocompasión, de la que deseaba huir avergonzado, pero siempre caía en la tentación y prolongaba, un poquito, aquel sentimiento.

Un gato negro apareció a pocos metros del banco. No sabía por qué, pero todos los gatos se le acercaban. Unos lo hacían con tranquila curiosidad, otros con evidente desconfianza y algunos de ellos con hostilidad manifiesta. Aquél era de la cofradía de los fisgones. Se le fue acercando, lentamente, y él vio brillar la fosforescencia increíble de sus pupilas. El animal olisqueó alrededor del carrito y marcó territorio, restregando su lomo por la pata de un banco cercano. Siguió acercándose pausadamente, como deambulando sin objetivo. “¡Ay amigo! Estás tan solo como yo”. Aquél pensamiento surgió con tanta fuerza que le parecía que alguien había susurrado aquellas palabras a su oído, aunque desde dentro. El hocico del felino era de un negro muy brillante, húmedo, y de tanto en tanto era repasado por la lengua del animal para que se mantuviera así.

El gato levantaba la cabeza como intentando captar aromas lejanos, aunque se notaba que estaba pendiente de la parda figura que le seguía con la vista desde el banco. Se subió el cuello ajado de la vieja gabardina e intento no hacerle caso. “A ver si se cansa y se va. No te puedes fiar de estos animales”. “¡Vete ya, que no tengo comida!”. De repente, desde algún cajón del desordenado armario de su memoria, se disparó el aviso. Metió la mano en el bolsillo interior y tocó el resto del bocadillo de sardinas que las monjas le habían dado por la mañana. “¡Mierda! Ya no me acordaba... ¡Pues no estará duro el pan!”. No había vuelto a comer desde entonces, y seguía sin apetito por lo que decidió dárselo al animal. Sacó lentamente el bocadillo y empezó a partir trocitos pequeños a pellizcos. El primero lo tuvo que tirar lejos para que el gato se lo comiese, ya que el animal no se atrevía a acercarse.

Arrojó el segundo pedazo un poco más cerca de sus pies, y el felino, tras varias aproximaciones de prueba se arriesgó a cogerlo aunque sin perderle de vista. Mantuvo el tercero en su mano abierta durante unos segundos. El gato negro hizo gesto de acercarse, pero el miedo todavía podía más que el hambre y no se decidía. La mano dejó caer el trozo de pan con sardinas al suelo. Entre sus pies, el gato comió. El siguiente pedazo fue el del contacto. El animal lo recogió de su palma y se alejó un par de metros. Masticó rápidamente, con ansia, como lo hace un gato hambriento. Cuando tragó la comida, se tumbó con gesto cansino en el suelo y miró al humano. La mirada del animal era noble y no provocaba temor. Con sus ojos tristes, parecía decirle: “Tengo más hambre... Y confío en ti.” Era una puerta abierta a la amistad.La luz se agotaba y la noche extendía su aliento sobre el cielo. Era urgente decidir. Compañía a cambio de comida. No iba sobrado de lo uno ni de lo otro. 

Unas pocas farolas creaban círculos sobre el suelo, a lo lejos, pero en este extremo del parque no había apenas luz. Los trozos de bocadillo desaparecían en las pequeñas fauces del gato e iban creando el germen de una nueva sociedad entre solitarios. Ambas soledades, cada una en su medida, se hacían menos duras con la presencia del otro. Los dos se sentían menos desvalidos en esta nueva situación. Uno había calmado un poco el apetito y el otro se sentía más seguro y acompañado. “Esta noche, si se queda el gato, dormiré más tranquilo. pensaba animado. Volvió a mirar hacia su carrito y se sintió aún mejor que antes. 

Cuando le hubo dado al gato el último trozo de pan sintió la punzada del desencanto al verle separarse, lentamente, del banco. “Pues ya no tengo más” se dijo tristemente. Pero el animal se acercó de nuevo, dio varias vueltas y se tumbó a sus pies. Entonces sintió que el mundo estaba en orden. Había más armonía en el parque tras ese gesto del gato y la melodía volvía a asomar por uno de los ojos del Guadiana. Ya no era tan pobre. Ya no estaba tan sucio. “Otro cigarrito para celebrarlo”. La tos volvió, pero él seguía dando caladas obstinadamente. El gato le miraba, desde el suelo, y movía la cabeza, enfocando sus orejas hacia la fuente del sonido, como si intentase descifrar el significado de aquel discurso convulso. Poco a poco, el aire volvió a circular por sus pulmones con cierta regularidad y el ataque se fue calmando.

Apagó el cigarrillo contra un listón del banco y guardó la punta en el paquete. “No te asuste minino, que no pasa nada. Es que soy viejo y he fumado mucho.” Lentamente acercó su mano a la cabeza del gato. Éste, instintivamente, irguió el cuello y recogió un poco las patas delanteras, parecía tenso, a punto de escapar. Él recordó un consejo que le había dado, hacía muchos años un labrador de su pueblo: “Nunca levantes la mano a un gato que no sea tuyo. Si lo vas a acariciar, acércale la mano desde abajo y deja que la huela...” Retiró, pausadamente, la mano y volvió a empezar el acercamiento pero, esta vez, desde abajo. Se la puso delante del hocico y el animal la olisqueó. Empezó a acariciarle el cuello, por debajo de la mandíbula, y el felino se dejó hacer. En pocos segundos la confianza fue creciendo hasta que le pudo acariciar la cabeza, haciéndole cosquillas entre las orejas. “Así me gusta, boniiito, boniiito. ¡Buen gato!”. Lentamente, se levantó del banco y se acercó a la pila de cartones, cogió una caja que había contenido un frigorífico en el pasado y la desplegó. 

Luego, sacó un par de mantas mugrientas del carrito y las extendió, más mal que bien, en el interior. “¿Y a ti cómo te arreglo? Bueno... Vamos a ver...” Cogió otra caja, algo más pequeña, la abrió por uno de los lados y chasqueando llamó al gato para que se metiese dentro pero el animal se había tumbado en la tierra, cercano pero prudente, y le miraba indiferente. “No sé para qué me he molestado en prepararle una caja. Seguro que este bicho está harto de dormir al raso. Con el pelo que tiene no pasará frío. En fin, seguramente, mañana se habrá ido.” Pensó con tristeza. Se tapó con una de las mantas y empezó a sentir un calor agradable que le reconfortaba. Miró otra vez al gato y cerró los ojos. La sinfonía interior volvía a ejecutarse suavemente, sin estridencias. Eran momentos de paz y música. Sobre las cuatro de la madrugada se despertó, ahogándose por la tos. Se incorporó de lado, apoyándose sobre el codo y, poco a poco, se fue calmando. Cuando terminó de toser, respiró hondo y miró hacia la caja que había preparado para el gato: Estaba vacía. 

Entonces, reptando, sacó la cabeza al exterior y le buscó donde le había visto tumbado antes de dormirse. Tampoco había rastro. “Se fue”, pensó. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, aferrándose a su pecho. Se sentía estúpido por lamentar la pérdida pero no podía evitarlo. Se había sentido acompañado por un rato después de mucho tiempo de andar solo y le había gustado. Volvió a entrar en la caja y se arropó bien con la manta. El sueño, tras el esfuerzo que había hecho tosiendo, le fue venciendo. A los pocos minutos volvía a dormir profundamente y soñaba que el gato y él paseaban por una colina muy verde. Hacía sol y ambos estaban limpios y bien alimentados. El animal daba grandes saltos a su alrededor mientras él lanzaba pequeñas ramas secas para que corriese a buscarlas. 

El paseo estaba siendo muy agradable hasta que, al volver un recodo, el paisaje cambió por completo. Una muralla de abetos anunciaba el bosque, frondoso, inmenso, oscuro. A medida que se acercaban a los primeros árboles la luz iba menguando hasta que, una vez bajo ellos, la penumbra era tan densa que semejaba el interior de una habitación. Las ramas altas devoraban la luz y no la dejaban llegar al suelo. El gato se había pegado a él, temeroso, y había dejado de maullar y saltar. Ambos se desplazaban, siguiendo el estrecho sendero, en silencio. Los sonidos del bosque les rodeaban. Cantos de abubilla, de petirrojo, ramas que se movían lentamente intentando aprehender la suave brisa. Rumores y susurros de origen desconocido corrían a sus espaldas, haciendo que gato y hombre se volviesen a mirar a la fuente del miedo. 

Él daba gracias al cielo por haberle concedido la compañía del animal en aquél paseo, y el felino parecía, asimismo, agradecer su presencia y su contacto. No se separaba de su lado. Iba pegado a su pierna. Dos temores deambulantes se adentraban en la lobreguez vegetal de aquél sueño. Los altos troncos parecían enormes columnas que soportaban la bóveda verde y, solo de vez en cuando, se veía algún rayo de sol que conseguía atravesar fugazmente la densa cúpula. Sin explicación posible, estaban condenados a avanzar hacia su destino y ni siquiera el miedo les consentía la retirada. Siempre hacia delante. Juntos y vulnerables ante aquella inmensidad, hombre y animal seguían dando pasos cortos hacia no sabían dónde. Estaba asustado, pero de repente comprendió que, a pesar de las circunstancias, ahora también era feliz. 

Había sentido más dicha al saberse acompañado por su amigo gato en la soledad lúgubre de aquél bosque que poco antes jugando con él sobre la hierba se dio cuenta de que no quería perder la compañía de aquel animal que, sin saber cómo, le había cambiado la vida y sonrió levemente. Recordó que hacía mucho tiempo que no sonreía y se sintió más animado, acarició el lomo del animal, el cual le miró agradecido y ambos apretaron, un poquito, el paso. “Vamos amiguete, que algún sitio bonito nos espera.” El felino movió la cola ligeramente, como asintiendo sin mucho entusiasmo, y siguió pegadito a su lado.No sabía cuánto rato hacía que deambulaban por entre los árboles cuando llegaron a un claro pequeño en el que había unas pocas piedras grandes que invitaban a sentarse y descansar. Él se sentó en una de ellas y el gato se tumbó en la tierra, al lado de la roca. 

Metió su mano en el bolsillo interior de la gabardina y volvió a sacar el bocadillo. “¿No te lo habías comido ya?” preguntó al animal, el cual le contestó con una mirada inquisitiva seguida de un bostezo de incomprensión. No entendía cómo volvía a tener aquél bocadillo cuando estaba seguro de habérselo dado al gato en algún momento que no era capaz de precisar “¿Cuándo fue eso? ¿¡Dios mío! ¿Cuándo se lo di?” Estaba preocupado por aquella falta de memoria y asombrado por la paradoja de la existencia del bocadillo. Se acomodó un poco más apoyando la cabeza en un saliente de la roca y dejó el bocadillo junto al felino. Cansado. Siguió dándole vueltas a la misteriosa reaparición del bocadillo hasta que se durmió profundamente mientras el gato comía.

Empezaba a salir el sol cuando despertó, dolorido y cansado. Lo primero que vio al abrir los ojos fue la negrura del pelaje del gato tumbado ante la entrada de su caja de cartón. Sintió una gran alegría al verle de nuevo. “¡No se ha ido, el cabronazo!” Gateó hasta la abertura y salió, mientras el gato se levantaba apartándose para dejarle salir. “Hemos vivido una aventura esta noche, bichejo. Pero no la recuerdo muy bien... ¡Solo sé que te has comido otro bocadillo!” le iba diciendo al animal mientras guardaba las mantas en el carrito y doblaba las cajas de cartón. “Vamos, hay que ir a por el desayuno” le dijo mientras empezaba a andar arrastrando el carrito con una mano y dándole suaves palmadas en el lomo con la otra. 

Salieron del parque por una puerta grande, cuyas enormes rejas de hierro forjado estaban abiertas de par en par, y se encaminaron, calle arriba, hacia el convento de las monjas benefactoras. A medio camino, en la pequeña plaza en que desembocaba la cuesta, se pararon en una fuente y él se lavó la cara con unas gotas de agua. Justo lo suficiente para quitarse las legañas y poder abrir bien los ojos. La brisa cortante que bajaba de lo alto de la cuesta le helaba las orejas y las manos. Se secó, mal que bien, con el faldón de la gabardina y miró a su alrededor. Los plátanos, altos, de troncos gruesos con la corteza salpicada de parches marrones, verdes y ocres, alzaban sus ramas desnudas al cielo de la mañana. 

Era un barrio antíguo y todavía se veían muchos tejados de teja con sus canalones agujereados. El rebozo de las paredes había desaparecido en algunos sitios y dejaba ver piedra y ladrillos, negros de humo y años. La fuente estaba en una esquina de la plaza. Era de hierro negro, con un bajorrelieve en el frente que mostraba a una mujer llenando un cántaro en otra fuente y el caño era ancho, aunque por él salía un hilillo de agua que quizás en otro tiempo fuese más caudaloso. Metió la mano en el bolsillo y sacó un cigarrillo del arrugado paquete. Lo encendió y, tras la primera calada, lanzó un suspiro lleno de nostalgia y de frio. El gato bebió de la fuente, se rascó con brío durante un rato y se sentó a su lado, mientras él pensaba en todas esas cosas que la añoranza y la soledad evocan. 

Esa mañana no se sentía tan desdichado. “¡Bueno, andando!” dijo mientras golpeaba el lomo del felino cariñosamente. Continuaron ambos calle arriba caminando por la calzada ya que las aceras eran muy estrechas.Al llegar a lo alto, la calle hacía un recodo y desembocaba en otra, más ancha, en la que se veía una verja de hierro que protegía el jardín del museo provincial. Era un jardín pequeño y descuidado, donde la maleza ocultaba las plantas originales, si es que alguien pudiera afirmar que alguna vez las hubo. Enfrente, un trozo de muralla medieval soportaba viviendas, aún habitadas, que amenazaban ruina, pero ésta, como amenaza, intimidaba menos a sus insolventes inquilinos que la de verse en la calle si las abandonaban. 

Siguieron andando; desde la esquina ya se veían la pared trasera del convento y la puertecita, todavía cerrada, que se abriría para dar paso a la monja que proveería de desayunos a unos cuantos desdichados como él que ya hacían cola pegados al muro. El gato movía la cola, contento; como si pudiese oler, a través de la pared del convento, el embutido que estaba siendo acomodado entre panes en la cocina del mismo. Sus “buenos días” fueron respondidos por murmullos ininteligibles y miradas de sueño helado. Los ateridos hambrientos solamente podían pensar en el bocadillo y en que ojalá las monjitas hayan hecho caldo. 

Todos llevaban sus vasos, platos, tazas, latas o cualquier cosa que sirviese para contener el líquido caliente y amable. Rebuscó en las entrañas de su carrito, tras sacar las mantas y dejarlas sobre la acera; no sin antes echar una amenazadora mirada a su alrededor y llamar al gato para impresionar a los demás y quitarles de la cabeza algún posible plan de latrocinio. El gato, por suerte, acudió a su poco convencida voz de “¡ven!” y se sentó a su lado. El sonrió levemente, orgulloso y satisfecho. “Qué buen gato me ha tocado” Tenía ganas de acariciarle, pero no lo hizo porque pensó que parecería un signo de debilidad ante todos aquellos de la cola del bocadillo. “Luego te daré un trozo” le susurró suavemente, al agacharse para sacar al fin su vaso de aluminio del fondo del carrito.

La puerta se abrió; Y la monja, que nunca tenía cara de sueño, les saludó a todos con un “Alabado sea Dios. Buenos días hermanos” que provocó otra letanía de murmullos y carraspeos mientras la fila, como si tuviese una sola mente, se reorganizaba, se enderezaba y se hacía rígida. El gato se quedó al lado de quien más confianza le merecía de entre los harapientos y no se movía más que cuando él avanzaba. El sonido metálico del cazo, inconfundible para ellos, les dio la buena nueva: ¡Había caldo! La fila, al olor de la perola; apretó sus anillos juntándolos un poco más y emitió gruñidos de satisfacción, agitándose nerviosa mientras sus múltiples pies avanzaban arrastrándose sobre la acera, a pasos cortos e impacientes.

Cuando le llegó el turno, puso su vaso bajo el cazo y sintió en la palma el calor que transmitía el aluminio al contacto con el caldo. Soltó por un momento el carrito para coger el bocadillo, envuelto en papel blanco, y ponérselo bajo el brazo. Dio las gracias y, con una sonrisa nueva en los labios, palmeó al gato que no se movía de su lado, agarró el asa del carrito y ambos comenzaron a caminar, con las cabezas altas, calle abajo perdiéndose en el bullicio de gente que ya coexistía en la caridad del cobre.

martes, 18 de mayo de 2021

CORAZÓN VIEJO.


El sol de verano, la lluvia de invierno, el café de las mañanas, las historias que leemos, las risas que compartimos, los besos de nuestros seres queridos, las caminatas en las tardes, conocer personas nuevas, reencontrarse con viejos amigos... Son cosas que para un corazón viejo no son sólo cosas, sino que es la vida misma manifestándose ante nosotros. porque espero sólo vida de la vida, porque no hay nada fuera de eso que pudiera complacerme. 

Soy un corazón viejo que cree en los reencuentros y que piensa que las despedidas no son más que una pausa en la línea interminable de nuestras vidas, una pausa que continúa aún después de la muerte.

Soy un corazón viejo que entiende la maravilla escondida en los momentos pequeños; en charlas inspiradoras de amigos y familia, en momentos de paz cuando la noche aparece después de un largo día o cuando simplemente la vida gira inesperadamente para recordar que no importa cual viejo te sientas, la vida siempre trae cosas nuevas que mostrarte. Un corazón viejo que sabe que la vida es una línea constante de altibajos, encuentros y desencuentros, subidas y bajadas que siguen siendo buenas para el alma. 

Y es que, como corazón viejo; entiendo que no hay mucho que esperar de la vida, sino lo que la vida misma es capaz de traer. Soy ambicioso; Nuestros sentimientos y anhelos llenan la vida de sentido y nos dan la oportunidad de recordar que, no importa cuánto vivas, cual larga o corta sea la despedida; un corazón viejo recuerda siempre que sólo los pequeños placeres le hacen sentir plenitud. Soy un corazón viejo que entiende a las personas no por como viven sino por lo que son, porque conozco la bondad en el ser más despiadado y la más pura maldad en el ser más generoso.

Tomo mi tiempo para escribir como un amante distraído esperando ansioso la llegada de su amor. Pasan los días, las semanas, los meses y yo sigo aquí, sentado y deseoso, feliz y tranquilo, ilusionado con la vida que no hace más que seguir.Soy un corazón viejo que cuando recuerdo la libertad imagino que recorro playas abiertas donde la brisa invade mis sentidos. Imagino la fina arena de la playa bajo mis pies, el aire cálido impactando en mi cara y el dulce sonido del viento y las olas rompiendo creando melodías inauditas sólo para mí; y entonces esa sensación se vuelve real, porque al imaginarlo no sólo mi cabeza puede dibujarla, sino que mi cuerpo puede sentirla también. La vida que vive en mi corazón viejo no es la que me esclaviza, es mi propia mente la que decide atarse a lo que ve, porque vive en la creencia que lo que ve es todo lo que hay. 

Y es cuando por instantes logro ver a través de mis velos, que no es más libre el ave que por los cielos vuela de lo que yo mismo lo soy y sentirás lo que es la libertad y comprenderás que si ésta existe, existe no para volar, sino para disfrutar del vuelo. Porque el ave no es más libre de lo que tú eres, la única diferencia es que ella disfruta del vuelo, aunque su límite esté entre la Tierra y el cielo.., Porque no son las cadenas del cuerpo las que pesan, sino aquellas que atamos al corazón. Porque es nuestro espíritu el que es libre, y sólo podemos esclavizarlo cuando el ruido de fondo le impide ser escuchado.



sábado, 1 de mayo de 2021

CARTA DE DOÑA ÍNES A DON JUAN TENORIO.

“Aprende a convivir con los seres que son acordes a vivir con lo que piensan", es lo que decías cada vez que mecías a según vuesa merced: “Su bella Inés” entre sus brazos, quizás con la idea de que pensaras que eras uno de esos seres. Y tal vez lo seas, pero es tanta su desesperación por salir al mundo, que no puedes evitar hablar de más. Comprensible más no perdonable. Vuesa merced sabrá que decía al calor del vino en la Hospedería del Laurel.


Estimado Don Juan Tenorio: Hace un tiempo le comentaba sentados en un banco amparados en la penumbra que nos otorgaba los arboles del jardín del convento acerca de los ideales; habrá momentos en que tendrá que hacer algunas cosas por el simple placer de hacerlas, sin que le mueva ningún interés, y no debes preocuparte por ello en lo absoluto. Hay personas que ríen y gozan al cumplir obligaciones que no les competen, y sin embargo no por eso dejan de reír. Sólo deseo decirle que aguante lo más que se pueda, la vida es una carrera donde los más resistentes son los únicos que sobreviven. Cada día que se levante, trate de dar un esfuerzo extra, y así constantemente hasta que llegue a alcanzar todas tus metas.


No sé si será vuesa merced la persona indicada, de hecho, hasta ignoro si estas letras tendrán algún destino específico que no sea el de su persona, sólo me satisface la oportunidad que se me da de poder escribir lo que siento en este instante, y de aprender que los caminos de la vida, llevan muchas veces a toparnos con quien debemos, por lo que tengo fe de que estos instantes invertidos en algunas letras, serán de algún provecho para quien así lo desee.


Queridísimo Don Juan: Es harto complicado vivir en un mundo donde el hombre crea y respira su propio veneno; en un mundo dónde uno cobra en forma de vil metal todos sus esfuerzos diarios. Los seres humanos vivimos atrapados en la incertidumbre de no saber gestionar nuestras libertades; luchando diariamente contra morales predeterminadamente dictadas por las más altas clases que nos dicen que comer, que beber y lo peor... Como vivir. Sepa vuesa merced que dolor es sinónimo de curtir; sin él estamos expuestos al constante engaño, No hay que temer al dolor, el dolor ayuda a crecer. El dolor es parte de la vida; hay que aprender de cada doloroso momento o hecho.

Como si de una larga escalera se tratase; subiendo cada peldaño con fuerza y constancia, sin permitir que las impurezas que nos rodean nos desequilibre y nos haga caer de nuevo al hastío y desilusión. Sentada cerca de la entrada de mi celda la noche va cayendo, pero no me importa; podría quedarme aquí durante horas, no necesito más de lo que tengo. Mirando la línea del horizonte que diviso entre montañas que rodean el convento hace que me olvide del mundo un buen rato, o más bien, que el mundo se olvide de mí. Lenta y sibilinamente me voy introduciendo dentro de mis pensamientos y caunadas, succionándome hacia mí mismo, ocultándome o mas bien mimetizándome detrás de mi cubierta corporal. 

Sepa vuesa merced mi querido Don Juan que mi respiración se hace lenta y tranquila; mi corazón la sigue acompasado, reduciendo el frenético ritmo al que suelo someterle en mi dirimir cotidiano. Siento como me miran los parterres del jardín, mantengo la mirada sin vacilar, no me siento intimidada ni mucho menos, sino atraída, y me dejo ir; Añoro y anhelo sus manos sobre mi; sintiendo su cálido masaje por toda mi piel, un tacto que sé a ciencia cierta que nunca podré volver a sentir, ese es mi castigo. 

No volver a sentir ese tacto que me iba purificando capas y capas de escoria acumulada en mi cuerpo, impurezas y cicatrices, Que me renovaban y pulía mi ya ajado corazón. Estoy Pasando años de exilio lejos de mi adalid, mi Don Juan tenorio, y no me moví ni un solo instante. Quizás porque Sufrí y disfruté lejos de su presencia hasta que llegó el momento, mi momento, la hora de mi fin. Y de por fin, poder escribir la gran historia de miles y miles de días, millones de letras; sin trabas, sin cortes, sin descanso. El momento de realizar mi apuesta, doble o nada. Es hora de darle la vuelta a mi reloj de arena. De esa arena que está bajo mis pies ahora mismo.

Todos los días me he levantado con el convencimiento de que nuestro camino no estaba definitivamente marcado y por ello consentía en ahondar en mi martirio. Desfondar los compartimentos vacíos de mi alma. Qué hermosa palabra es el vacío mi queridísimo Don Juan; da lugar a un limbo en el que se acuna mi pensamiento a la par que mi intelecto en el que se rinde culto a la trascendencia de la nimiedad que me resulta ya estar enclaustrada en el convento, lugar en la que los minutos carcomen a los segundos y las horas desnudan la insensatez de los días. Yo no puedo hacer nada, aunque quizás en algún tiempo puntual de mi vida quizás hubiera podido, pero a las claras se ve que no he querido.

Pero no ahora; ahora en este punto de mi existencia no sé hacer nada. Apenas me restan fuerzas. Estas horas de ocaso diurno disfruto de la belleza de la tarde, que cae copiosa sobre los arcos del atrio, sobre las paredes del convento, inundándolo todo de penumbras, hasta mis recuerdos; hasta el desconsuelo de todos los sueños que proyectábamos juntos y que no pudieron ser, pero en mi mente han sido. 

Sin mas que decirle mi queridísimo Don Juan; quiero que su conciencia esté tranquila, que soporto el destino que me ha deparado mi existencia. Y aprendo a apagarme poco a poco, aprendo a presentir el ocaso, ya no de mis últimas tardes, sino del final del camino. Y es sólo ahora cuando me siento preparada y más fuerte para volver a ser éter entre la gente; entre las huestes quebradas del olvido. Del olvido al que vuesa merced me condenó.