Recuerdo perfectamente cada uno de esos momentos que viví. Esos recuerdos se agolpan en mi mente con tanta fuerza que apenas doy abasto para visualizarlos en su conjunto global. Recuerdo aquel día, tenía ocho años; mis padres me regalaron al fin esa preciosa bicicleta azul y negra que yo tanto deseaba. Recuerdo que ese día salí a pasear con ella y me encontré con esos chicos del barrio con los que solía hacer carreras con una bicicleta prestada. Yo siempre perdía, pero ese día echamos una carrera y les gané; fue un gran día.
El diccionario describe el adjetivo feliz como aquel que disfruta de felicidad o la ocasiona. Para mi personalmente la felicidad es un sentimiento espontáneo e instantáneo, que suele coincidir más con la víspera de acontecimientos que con su consecución; porque estamos hechos y nacimos para luchar por nuestros sueños, pero la sustancia de que se componen nos resulta un tanto extraña, y al hacerla tangible, al tocarla, se desvanece. Creo que la felicidad tiene mucho que ver con nuestros anhelos más íntimos, con todo aquello que le pedimos a la vida. Algunos ansían dinero a raudales, pensando que la amistad y el amor van acompañados de un cheque bancario para poder negociar su posesión; otros simplemente salud, temerosos de que la muerte pueda arrebatarles el amor y el dinero de un zarpazo; algunos otros; los menos, sueñan con el amor, ese amor incondicional que solo consigue finales felices y eternos. ¿Cuándo fue la última vez que fui feliz? No lo recuerdo.
Aunque puede que si lo pienso con frialdad y dejándome llevar por lo que fluye de mis sentimientos, vengan a mi memoria recuerdos infantiles, independientemente de aquella bicicleta azul y negra; se me vienen recuerdos de un plato de papilla color canela, tono que mi madre conseguía tostando harina en una sartén; el roce de mis pies descalzos sobre las baldosas frescas en verano de aquella casa en Torrenueva desde la que se escuchaba el mar; el sol marchándose a dormir a la caída de la tarde, cuando en el firmamento solo aparecía media circunferencia; las olas batiendo contra el peñón de Jolucar en una interminable lucha por marcar el territorio. Las aceitunas nadando entre salmueras y aliños de hinojos y ajos en un barreño de la tienda de ultramarinos, cerca del quiosco de horchata; chufas que flotaban en agua dulce y leche para una vez batidas terminar de cóctel dulzón en verano. Las sardinas plateadas y arencadas puestas en una caja de madera, todas mirando hacia arriba, juntando sus colas en un inmenso círculo concéntrico. El lechero de la calle de atrás de casa, que vendía esa exquisita leche que siempre había que hervir y que dejaba una gruesa capa de nata en la superficie; el afilador, que pasaba haciendo sonar su armonioso chifre y cantando a voz en grito su oficio.
La lluvia; que anunciado la inminente llegada del otoño caía mansamente sobre la vega plagada de cañas de azúcar de Motril, como un inmenso mar de futuros y deliciosos granos de azúcar en unos casos, ron en otros; la humedad de las sábanas cuando entrabas en ellas, que obligaba a mi madre a calentar agua y meterla en bolsas para poderlo soportar; el brasero elaborado de cisco, con sus ojos rojizos que se vislumbraba entre la tela de la mesa camilla y toda la familia alrededor, charlando, porque la televisión la veíamos relativamente poco y la radio no conseguía el mismo protagonismo. Los protagonistas auténticos éramos nosotros, y la conversación, banal algunas veces, era el único divertimento durante las comidas y cenas. Familias felices unidas alrededor de un brasero; familias infelices, con su propia desgracia de diseño. Puede que, si lo pienso, la felicidad fuera eso: unos pies unidos alrededor de un brasero, o acaso lo poco que le pedíamos a la vida. Se me viene de golpe el recuerdo del día que me gradué en el instituto, recuerdo perfectamente cada momento de esa noche, recuerdo cada segundo, cuando bailé con Fini, que guapa era, recuerdo como lo hicimos, suavemente. Fue un gran día.
Cuantos recuerdos se agolpan en mi mente, son tan preciosos, tan bonitos, menuda cantidad de cosas tengo en mi vida para recordar. Recuerdo la noche que conocí a Paqui. Ese mismo día descubrí que estaba enamorado de ella. Tan hermosa. Recuerdo sus ojos ¡qué ojos! Recuerdo su boca ¡Qué hermosa! Recuerdo su sonrisa, recuerdo todas y cada una de las palabras que cruzamos aquella noche. ¡Qué gran noche! Ese es un gran día para recordar. Siempre que me he encontrado mal he recordado ese día. Nunca se me ha olvidado. Recuerdo a Paqui una y otra vez. Recuerdo como empezamos a salir, recuerdo como me declaré, recuerdo perfectamente su cara cuando dijo que sí. Recuerdo su pelo negro cómo el azabache, recuerdo esas pequeñas arruguitas que se formaban en las comisuras de sus labios cuando sonreía, recuerdo la dulzura de su voz. Recuerdo aquel día en la feria, recuerdo como nos besamos en la noria y nos prometimos estar juntos por siempre.
Recuerdo perfectamente cada uno de esos momentos. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día de nuestra boda. Yo tenía mucho miedo escénico, pero todos se diluyeron cuando la vi toda vestida de fucsia. En ese momento me sentí el hombre más feliz de la tierra. Recuerdo perfectamente cada gota de sudor que desprendió por culpa del calor que había en la iglesia. Recuerdo como la besé en el altar. Recuerdo cuando Paqui me dijo que estaba embarazada. La recuerdo una y otra vez encinta, era la visión más hermosa que nunca vi. La recuerdo una y otra vez. Tan hermosa, portando sangre de mi sangre en sus entrañas. Veo pasar ante mis ojos muchas cosas, una y otra vez, una y otra vez. Veo a mi hijo Roberto recién nacido. Recuerdo sus primeras palabras.
Recuerdo perfectamente el día que decidimos irnos a vivir a Madrid. Recuerdo la fiesta que hicimos ella y yo, recuerdo ese gigantesco piso al que nos mudamos. Recuerdo el jardín que rodeaba el edificio y a ese jardinero tan anciano, de manos apergaminadas, que me contaba sus batallitas de cuando era joven. Recuerdo como una y otra vez segaba la hierba. Recuerdo perfectamente cuando me decía que cuando tuviera su edad me daría cuenta de que el mayor tesoro son los buenos recuerdos. Recuerdo como bromeaba con él.
Recuerdo a Paqui y a Roberto. Los veo juntos. Los veo en ese parque al que solíamos llevarle a que jugara. Recuerdo cuando le regalamos esa bicicleta azul y negra y por fin pudo ganar a aquellos chicos con los que siempre hacía carrera, pero a los que nunca podía ganar. Tengo grandes recuerdos de mi vida, todos se agolpan en mi mente, todos al mismo tiempo. Veo tanta belleza que no puedo sino pensar que el mundo es hermoso. Que el mundo es casi perfecto. Pero ¿es solo una ilusión? Intento recordar los malos momentos, pero no puedo. Intento recordar, pero no puedo. Intento recordar a mi Madre en el lecho de muerte, diciéndome que tenía la sensación de que había desperdiciado su vida. Ella siempre quiso viajar, ver el mundo. Pero nunca pudo ver nada.
Y cuando quiero recordar estos momentos solo veo al jardinero, veo su cara arrugada y recuerdo sus palabras. Pero estos recuerdos ya no están ahí. Ni siquiera flotan en la nada. Solo veo a Paqui, a Roberto, a mi madre y al anciano jardinero. Y no puedo menos que llorar. Para mí no hay malos momentos. Y entonces, abrumado por la melancolía, en mi último suspiro me pregunto por qué sólo recuerdas los buenos momentos cuando tienes la certeza de que vas a morir.





