miércoles, 30 de junio de 2021

LA BICICLETA AZUL Y NEGRA. (Recuerdo repetitivo)

 

Recuerdo perfectamente cada uno de esos momentos que viví. Esos recuerdos se agolpan en mi mente con tanta fuerza que apenas doy abasto para visualizarlos en su conjunto global. Recuerdo aquel día, tenía ocho años; mis padres me regalaron al fin esa preciosa bicicleta azul y negra que yo tanto deseaba. Recuerdo que ese día salí a pasear con ella y me encontré con esos chicos del barrio con los que solía hacer carreras con una bicicleta prestada. Yo siempre perdía, pero ese día echamos una carrera y les gané; fue un gran día. 

El diccionario describe el adjetivo feliz como aquel que disfruta de felicidad o la ocasiona. Para mi personalmente la felicidad es un sentimiento espontáneo e instantáneo, que suele coincidir más con la víspera de acontecimientos que con su consecución; porque estamos hechos y nacimos para luchar por nuestros sueños, pero la sustancia de que se componen nos resulta un tanto extraña, y al hacerla tangible, al tocarla, se desvanece. Creo que la felicidad tiene mucho que ver con nuestros anhelos más íntimos, con todo aquello que le pedimos a la vida. Algunos ansían dinero a raudales, pensando que la amistad y el amor van acompañados de un cheque bancario para poder negociar su posesión; otros simplemente salud, temerosos de que la muerte pueda arrebatarles el amor y el dinero de un zarpazo; algunos otros; los menos, sueñan con el amor, ese amor incondicional que solo consigue finales felices y eternos. ¿Cuándo fue la última vez que fui feliz? No lo recuerdo. 

Aunque puede que si lo pienso con frialdad y dejándome llevar por lo que fluye de mis sentimientos, vengan a mi memoria recuerdos infantiles, independientemente de aquella bicicleta azul y negra; se me vienen recuerdos de un plato de papilla color canela, tono que mi madre conseguía tostando harina en una sartén; el roce de mis pies descalzos sobre las baldosas frescas en verano de aquella casa en Torrenueva desde la que se escuchaba el mar; el sol marchándose a dormir a la caída de la tarde, cuando en el firmamento solo aparecía media circunferencia; las olas batiendo contra el peñón de Jolucar en una interminable lucha por marcar el territorio. Las aceitunas nadando entre salmueras y aliños de hinojos y ajos en un barreño de la tienda de ultramarinos, cerca del quiosco de horchata; chufas que flotaban en agua dulce y leche para una vez batidas terminar de cóctel dulzón en verano. Las sardinas plateadas y arencadas puestas en una caja de madera, todas mirando hacia arriba, juntando sus colas en un inmenso círculo concéntrico. El lechero de la calle de atrás de casa, que vendía esa exquisita leche que siempre había que hervir y que dejaba una gruesa capa de nata en la superficie; el afilador, que pasaba haciendo sonar su armonioso chifre y cantando a voz en grito su oficio. 

La lluvia; que anunciado la inminente llegada del otoño caía mansamente sobre la vega plagada de cañas de azúcar de Motril, como un inmenso mar de futuros y deliciosos granos de azúcar en unos casos, ron en otros; la humedad de las sábanas cuando entrabas en ellas, que obligaba a mi madre a calentar agua y meterla en bolsas para poderlo soportar; el brasero elaborado de cisco, con sus ojos rojizos que se vislumbraba entre la tela de la mesa camilla y toda la familia alrededor, charlando, porque la televisión la veíamos relativamente poco y la radio no conseguía el mismo protagonismo. Los protagonistas auténticos éramos nosotros, y la conversación, banal algunas veces, era el único divertimento durante las comidas y cenas. Familias felices unidas alrededor de un brasero; familias infelices, con su propia desgracia de diseño. Puede que, si lo pienso, la felicidad fuera eso: unos pies unidos alrededor de un brasero, o acaso lo poco que le pedíamos a la vida. Se me viene de golpe el recuerdo del día que me gradué en el instituto, recuerdo perfectamente cada momento de esa noche, recuerdo cada segundo, cuando bailé con Fini, que guapa era, recuerdo como lo hicimos, suavemente. Fue un gran día.

Cuantos recuerdos se agolpan en mi mente, son tan preciosos, tan bonitos, menuda cantidad de cosas tengo en mi vida para recordar. Recuerdo la noche que conocí a Paqui. Ese mismo día descubrí que estaba enamorado de ella. Tan hermosa. Recuerdo sus ojos ¡qué ojos! Recuerdo su boca ¡Qué hermosa! Recuerdo su sonrisa, recuerdo todas y cada una de las palabras que cruzamos aquella noche. ¡Qué gran noche! Ese es un gran día para recordar. Siempre que me he encontrado mal he recordado ese día. Nunca se me ha olvidado. Recuerdo a Paqui una y otra vez. Recuerdo como empezamos a salir, recuerdo como me declaré, recuerdo perfectamente su cara cuando dijo que sí. Recuerdo su pelo negro cómo el azabache, recuerdo esas pequeñas arruguitas que se formaban en las comisuras de sus labios cuando sonreía, recuerdo la dulzura de su voz. Recuerdo aquel día en la feria, recuerdo como nos besamos en la noria y nos prometimos estar juntos por siempre. 

Recuerdo perfectamente cada uno de esos momentos. Recuerdo como si hubiera sido ayer el día de nuestra boda. Yo tenía mucho miedo escénico, pero todos se diluyeron cuando la vi toda vestida de fucsia. En ese momento me sentí el hombre más feliz de la tierra. Recuerdo perfectamente cada gota de sudor que desprendió por culpa del calor que había en la iglesia. Recuerdo como la besé en el altar. Recuerdo cuando Paqui me dijo que estaba embarazada. La recuerdo una y otra vez encinta, era la visión más hermosa que nunca vi. La recuerdo una y otra vez. Tan hermosa, portando sangre de mi sangre en sus entrañas. Veo pasar ante mis ojos muchas cosas, una y otra vez, una y otra vez. Veo a mi hijo Roberto recién nacido. Recuerdo sus primeras palabras. 

Recuerdo perfectamente el día que decidimos irnos a vivir a Madrid. Recuerdo la fiesta que hicimos ella y yo, recuerdo ese gigantesco piso al que nos mudamos. Recuerdo el jardín que rodeaba el edificio y a ese jardinero tan anciano, de manos apergaminadas, que me contaba sus batallitas de cuando era joven. Recuerdo como una y otra vez segaba la hierba. Recuerdo perfectamente cuando me decía que cuando tuviera su edad me daría cuenta de que el mayor tesoro son los buenos recuerdos. Recuerdo como bromeaba con él.

Recuerdo a Paqui y a Roberto. Los veo juntos. Los veo en ese parque al que solíamos llevarle a que jugara. Recuerdo cuando le regalamos esa bicicleta azul y negra y por fin pudo ganar a aquellos chicos con los que siempre hacía carrera, pero a los que nunca podía ganar. Tengo grandes recuerdos de mi vida, todos se agolpan en mi mente, todos al mismo tiempo. Veo tanta belleza que no puedo sino pensar que el mundo es hermoso. Que el mundo es casi perfecto. Pero ¿es solo una ilusión? Intento recordar los malos momentos, pero no puedo. Intento recordar, pero no puedo. Intento recordar a mi Madre en el lecho de muerte, diciéndome que tenía la sensación de que había desperdiciado su vida. Ella siempre quiso viajar, ver el mundo. Pero nunca pudo ver nada. 

Y cuando quiero recordar estos momentos solo veo al jardinero, veo su cara arrugada y recuerdo sus palabras. Pero estos recuerdos ya no están ahí. Ni siquiera flotan en la nada. Solo veo a Paqui, a Roberto, a mi madre y al anciano jardinero. Y no puedo menos que llorar. Para mí no hay malos momentos. Y entonces, abrumado por la melancolía, en mi último suspiro me pregunto por qué sólo recuerdas los buenos momentos cuando tienes la certeza de que vas a morir.

viernes, 25 de junio de 2021

PENITENTE SOCIAL.

 

Cuando José Martínez se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, lo primero que observó es que se encontraba sobre un lecho de periódicos convertido en un indigente. José no acaba de creérselo, aquello no tenía explicación. Entonces pensó que era una de esas veces en las que no estás ni despierto ni dormido y todavía no distingues muy bien la realidad. Pero pasaron los segundos y se dió cuenta de que esa horrible pesadilla no se disipaba. Permaneció unos segundos inmóvil, asimilando, y de pronto se levantó enérgicamente, irguiendo el torso sin ayuda de las manos, como el que, por la mañana, observa el despertador y se da cuenta, exaltado, de que llegará tarde al trabajo. Su respiración era rápida y entrecortada, y los gestos bruscos.

De un manotazo apartó la sección de deportes que cubría sus piernas. Pudo ver entonces las zapatillas agujereadas en la parte correspondiente a los dedos gordos de cada pie y los vaqueros andrajosos llenos de orificios por donde entraban oleadas de aire frío que le calaban hasta los huesos. Pero sobre todo vió la mancha. Una especie de cerco amarillento de forma más o menos circular invadía los pantalones en la zona de la cremallera y alrededores. Pasó histérico la mano por encima del cerco haciendo ademán de querer quitársela, pero todo esfuerzo fue inútil, la mancha llevaba allí mucho tiempo, más que él, y estaba claro que allí iba a quedarse. Al ponerse de pie, José se percató de que estaba en la entrada de una tienda de ropa. 
 
La tienda tenía un pasillo central con escaparates a derecha e izquierda y múltiples artículos mostrados en ellos.
Miró atentamente uno de los escaparates y no se reconoció en el reflejo. Alarmado, se dijo a sí mismo que tenía que recuperar su identidad, su vida anterior. El no era esa persona que se reflejaba en el cristal, pero, ¿quién era entonces? No encontró respuesta. No recordaba haber sido otra persona. No recordaba nada. Una extraña sensación le subió desde el estómago al pecho, se sentía bloqueado, sin saber qué hacer. Sin apenas darse cuenta y sin dejar de verse en el escaparate, se echó a llorar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y descendían imparables hacia la barbilla. Tras secarse el mentón, José pensó que tenía que tomar una determinación. Pero antes de que pudiese recapacitar notó que su estómago rugía como una pelea de gatos, estaba muerto de hambre. Metió las manos en los bolsillos del pantalón en busca de dinero o algo que llevarse a la boca, pero lo único que consiguió fue ver salir sus manos por la otra parte del bolsillo. Inmediatamente se dirigió a la calle para resolver su problema alimenticio, y al ver a una señora de aspecto y porte señorial unido a andares altivos creyó tener solucionado su problema:
-Señora, ¿sería usted tan amable de prestarme algo de dinero? Preguntó José en tono que demostraba cierto grado de educación.
-Lo siento hijo, pero no. Lo cierto es que he quedado con unas amigas para ir de compras y llego siete minutos tarde. Además, tengo el monedero en el bolso y no me apetece cogerlo, correría también, en ese caso, el riesgo de que me lo robases, eso por no mencionar el hecho de que despides un olor nauseabundo.
 
José se quedó atónito con la respuesta de la señora, todavía no había acabado de encajar su réplica cuando un mendigo que tenía un muñón en su brazo derecho se aproximó a él y le dijo:
-Oye, ¿Tienes algún defecto físico? Preguntó en tono intrigante.
-¿Cómo? –José le miró sorprendido por la pregunta
- ¿Que si tienes algún defecto físico?… yo que sé… una chepa muy pronunciada, una pierna mutilada… bueno, eso ya veo que no… eh… alguna cicatriz que dé mucha grima y asco verla… ¿entiendes?
-No, no entiendo. Contestó José sin saber realmente la pregunta del mendigo del muñón.
-Pues que sea como sea tienes que dar pena, sino nadie te va a dar ni un puto céntimo.
-¿No te parece que doy pena? Preguntó José mirándose y gesticulando las manos de arriba abajo
-No -respondió secamente el mendigo tras examinarlo de arriba abajo-. Das asco, pero no pena. La clave está en dar pena, hacer que la gente se sienta culpable, que se sientan mal por ser afortunados, ¿entiendes?
-Pero yo no quiero que la gente se sienta mal, sólo quiero salir de esta situación.
-No hay otro modo amigo, la culpabilidad es la clave. Además tienes que servir de pena social. Tal y como estás ahora pareces un vago, un estúpido que nunca hizo nada. Pero mírame a mí, la gente que me ve por la calle va pensando en sus problemas y de pronto me observan y todo es mejor, ¿entiendes? Pena social. Al mirarme piensan: “Al menos no vivo en la calle y me falta una mano”. Así que se sienten afortunados y me echan unos céntimos porque han tenido la suerte de no ser yo.
-O sea que te aprovechas de tu deformidad para chantajear a la gente, ¿no te da vergüenza?
-¿No debería darles vergüenza a ellos pasar a mi lado sin inmutarse? Contestó secamente el tullido.
-¿Y qué pretendes? ¿Qué te lleven a sus casas y te den alimento? Preguntó José.
-No, yo ya sé que eso nunca pasaría, sólo pretendo que sean más… humanos.
-¿Sabes una cosa? Yo creo que ya lo están siendo.
 
El mendigo frunció el ceño sin comprender la contestación de José e hizo un ademán con su brazo bueno dándole por caso perdido y a continuación dio media vuelta y se fue. José volvía a estar solo y su hambre ahora era mayor. Intentó pedir dinero a gente que tuviera cara de buena persona pero el resultado fue infructuoso, sólo que en esta ocasión recibió respuestas más comunes, del tipo “no, no tengo suelto”. Tras ver que no obtenía resultados permaneciendo estático en la calle, decidió caminar para ver si encontraba alguna posibilidad de meter algo en el estómago. Unos metros más adelante notó como la gente le miraba de forma extraña. “Es como si se extrañasen de ver a un mendigo dando una vuelta”, pensó. Lo que él ignoraba es que la mayoría de la gente que le veía se extrañaba de su forma de andar, no andaba como un mendigo a pesar de contar con los rasgos clásicos de las personas que se ven abocadas a vivir en la calle. Su olor era vomitivo y su aspecto deprimente; la ropa hecha jirones, el pelo enmarañado, la cara y las manos sucias… pero caminaba como cualquier otro.
 Como si se acabase de levantar plácidamente en una mañana de domingo y hubiera decidido, como bien podría haber decidido hacer otra cosa, salir a dar una vuelta con esa vestimenta. Después de haber caminado un buen rato se encontró con su oasis particular, una frutería. Como toda frutería que se precie tenía una entrada con cestos llenos de frutas al alcance de la mano. José se sintió tentado de robarlos, pero se dirigió hacia la dependienta y le dijo:
-Discúlpeme, ¿podría llevarme un par de plátanos?
-Esto… ¿tienes dinero? –preguntó dubitativa la chica.
-… No, pero le agradecería mucho que…
-En ese caso no puedo, mis jefes me matarían… ¡eh! ¡Suelta esa cesta ahora mismo ¡ ¡Mis plátanos! ¡Ladrón!
José corría calle abajo con la cesta tambaleante en sus brazos y giró la cabeza para asegurarse de que nadie le seguía. Una vez lo confirmó, empezó a imaginar cómo se comería esos plátanos, la boca se le hacía agua. Observó la cesta y los vio allí; grandes, hermosos, deseando ser comidos. El hambre le cegaba. Probablemente fue por estar demasiado atento a la cesta por lo que no se dio cuenta de que cruzaba la calle. Estaba tan absorto en la contemplación de aquella maravillosa fruta que no pensó ni por un momento en lo que hacía. Tampoco se dio cuenta de que en ese mismo instante un coche atravesaba esa misma calle a gran velocidad.
 
De pronto escuchó el chirriar de unos neumáticos y el grito ahogado de una señora alertándole del peligro y que casualmente pasaba por allí. Sólo tuvo tiempo para girar la cabeza y ver cómo el automóvil se le echaba encima. Cuando José Martínez se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró solo sobre una cama de tamaño matrimonial sudando por todas partes. El despertador apremiaba, era hora de ir a trabajar. Se incorporó y miró los parpadeantes dígitos del reloj que anunciaban su vuelta a la realidad. Tras haber desayunado y haberse aseado, salió a la calle ya recuperado del susto que le había supuesto su sueño. Caminó tranquilo sabiendo que llevaba puesto su costoso traje y su no menos costosa gabardina, ésta última la había cogido porque parecía que empezaba a llover. 
 
Sus sospechas no eran infundadas. Un chaparrón le sorprendió a medio camino del trabajo y, como siempre, no llevaba paraguas, así que decidió seguir andando pero cobijado por los soportales. Cuando ya le faltaba poco para llegar se detuvo. Un mendigo estaba justo delante de él, sentado en el suelo. El pobre hombre estaba empapado por la lluvia y se había acercado a los edificios para taparse un poco. Le obstruía el paso. José recordó su sueño y se quedó mirándolo unos segundos. A continuación alargó una pierna por encima de él y siguió andando con gesto altivo.

miércoles, 23 de junio de 2021

¿UN AMOR FURTIVO? ( la pasión en puntos suspensivos )

 

Que silencio…me encuentro solo… en la cafetería… como siempre.... Y como siempre, lo tengo todo listo para su llegada... la espero... y la espera me inquieta... Mi corazón parece estallar... ¿Cómo he llegado a esta situación? No entiendo nada... ella tiene su vida y... yo la mía. ¿Como estoy sucumbiendo a este deseo? aunque se podría llamar mejor una aventura... Me gusta, me encanta... y sólo porque sé de ella la mejor parte de su persona... La que sólo puedo ver... No hay tiempo para conocer más, ni momento, ni lugar... así que, cómo cada noche, aquí te espero... para seguir con esto que no lleva a ningún lado pero que no puedo evitar ó quizá no quiera evitarlo... que más da. 
 
Me voy a la cabina de la música..., me pongo los cascos y escucho canciones que han sido espectadoras de cada rato que hemos pasado juntos... y cierro los ojos y parezco sentirte... y te siento... Y una mano se deja caer sobre mi cuello...y te siento... vaya si te siento.... su suavidad, tu olor...y provocas que, ese músculo acorazonado que yace en mi pecho, bombeé mi sangre con mas fuerza... Me quitas lo cascos y me susurras al oído…“Ya he llegado...” Hago el amago de darme la vuelta para verte pero te aprietas contra mí y me dices “quédate así...” “No te muevas...” Y la dulzura de tus labios ya asciende lentamente por el camino que se recorre desde el hombro hasta la mejilla... Y mi piel no es impasible a tal sensación... y cada poro es excitado sobremanera... El placer hace eco en el lugar dónde nos encontramos... hace eco y se convierte en el protagonista de la noche... Tu placer, mi placer. 
 
La entera desnudez de nuestros cuerpos queda reflejada en el cristal que tenemos enfrente... Ahí es dónde nuestras miradas se cruzan... y tus ojos se desvían para contemplar la imagen que se origina de nuestro cuerpo... Esbozo una sonrisa… pero no es de pudor… Tú sabes que no, contigo el pudor no existe… contigo todo es tranquilidad, relajación… contigo no hay vergüenzas ni miedos, no hay lugar para las inseguridades… hay una profunda conexión que, aún, no logro entender… pero existe…conexión que me hace sentir bien, conexión que te hace sentir bien… lo veo en tus ojos, en tu sonrisa, en tu piel…hasta en tus silencios… Y si me hace sentir bien… ¿para qué parar? Y si no lo entiendo… ¿qué más da? Nada más importa que este preciso instante y lo que nos mueve, a cada uno, a que se produzca… Y deslizas la periferia de tus dedos por el final de mi espalda, subes uno de ellos por la columna vertebral y lo bajas hasta llegar al hueco donde se separan mis nalgas . Beso tu boca con sabor a hembra ya convertida en animal… 
 
Y la razón, pues, ya no existe… Se sienta sobre nuestras ropas despojadas en el suelo… Ya estoy encima de ella, cara a cara, pecho con pecho, piel con piel… Me siento lleno, repleto de ella… y, abrazados y con ayuda de sus manos, comenzamos a movernos de nuevo… mientras nos besamos, mientras nos miramos, mientras sudamos, mientras retumba el sonido de mi placer en todo el local… “Quieta, no te muevas…”-le digo para degustarla más- En mis ojos se adivina la satisfacción que ha recorrido todo mi cuerpo… Y me muevo un poco más…, y la satisfacción se alarga… 
 
Y ella; con su mirada pícara me dice… “Me encanta que disfrutes… y verlo en tus ojos…y sentirlo en tu piel… en tu interior…” Pero esto no puede acabar… no sin antes bañar su sexo en la saliva de mi boca… y lo sumerjo hasta tocar fondo… y lo empapo con mi lengua, de arriba hacia abajo… sintiendo toda su dulzura… Y sus suspiros, sus quejidos… son la inspiración que hace que mis movimientos sean cada vez más rápidos Y yo no puedo evitar una sonrisa de satisfacción… al ver el placer que se refleja en su cara… Me limpio en mi cuerpo, me atrae hacia ella y con mi cara entre sus manos, me mira… parece querer decirme algo pero…calla y me besa… y me abraza… Y el silencio hace eco… silencio que despertará otro día con el sonido del placer…de ese placer furtivo.

martes, 22 de junio de 2021

RENDICIÓN INCONDICIONAL. (Días que jamás volverán)

Como un día mas en mi vida estaba frente a ella mirándola fijamente, sin atreverme a mover un solo músculo de mi cuerpo, conteniendo hasta el aliento. Y es que tengo miedo, miedo a que como tantas veces el sonido de mi angustia sea suficiente para despertar sus sentimientos. No quiero que despierte, porque si lo hace lograría seducirme, y una vez más, se apoderaría de mi alma y de mi cuerpo.

Aunque se que es amante de muchas personas no me importa, mi relación con ella se mueve en un estrecho margen que separa el amor del odio. Una mezcla de cielo e infierno, tantas veces dulce como tantas amarga. Una sensación tan dolorosa como andar con los pies desnudos sobre un hierro ardiente o tan refrescante como caminar descalzo por la orilla del mar. Ha sido compañera mía en tantos momentos de mi vida, en tantas situaciones, tristes, alegres, melancólicas, siempre ahí sin pedir nada a cambio, solo fidelidad, pero he decidido que ha llegado la hora de ponerle punto y final a nuestra historia, porque todas las historias tienen un principio y un final, ha sido una historia muy larga y severa y he tomado la decisión de terminar con tanto sufrimiento, porque a fin de cuentas a eso se reduce lo nuestro.

Soy consciente del poder que ella ejerce sobre mí, y aun así me he armado de valor y estoy decidido a plantarle cara de una vez por todas, a hacerle frente.
Voy a intentarlo, aún a sabiendas en mis adentros que mañana me arrastraré cobardemente ante ella, que mañana volveré a su lado como regresa un vagabundo a su hogar: hambriento, sin fortuna, desesperado, necesitando consuelo.
Lo peor es que no sé de donde sacaré fuerzas, es que lo pienso y son muchos años, quizás demasiados, de jugar siempre al mismo juego. Un juego donde siempre ella gana, y yo, irremediablemente pierdo. No imagináis la de veces que me he negado a jugar; pero mis palabras se las lleva el viento, porque siempre acabo jugando y acabo perdiendo. Entonces, cegado por la furia que me invade el sentirme vencido por ella otra vez, me envalentono y me vuelvo violento, golpeo todo lo que se me pone por delante, amenazo con marcharme para no volver jamás a su lado, grito como un poseso tratando de sacudirme la rabia que llevo dentro.

Pero siempre… después de la tempestad viene la calma, la cordura se apodera de mi ira. En un rayo de lucidez me doy cuenta de lo que he hecho y la busco, no tengo que ir muy lejos, durante la pelea ha permanecido en silencio, quieta, contemplando todo desde el otro lado de la mesa. Me acerco, la tomo entre mis manos, la acaricio, y por último bebo de ella... 
Dejo que el alcohol empape, con su sabor agridulce el cielo de mi boca; que haga sentir sosiego en cada uno de los poros de mi cuerpo. Y me rindo incondicionalmente de nuevo a su influjo.

lunes, 21 de junio de 2021

ÁNGEL O DEMONIO.

 

El eco de los pasos sonaba como martillazos en la cabeza de Julio cuando era acompañado por dos guardias y el director del centro penitenciario hacia su celda.

Caminaban por un pasillo diáfano, sin muebles, sin ventanas y completamente blanco. Un blanco tan intenso, que no se podía distinguir donde acababan las paredes y donde empezaba el techo, ni tan siquiera si el pasillo tenia final. Ni siquiera las puertas de las celdas se distinguían, de no ser por una pequeña ranura donde se introducía la llave que las abría; Julio oía acompasados con sus pisadas los gritos espantosos, dementes, algunos no parecían humanos de los demás presos. Gritos que parecían venir de las entrañas de un seres desquiciados, gritos que se te meten en la cabeza y rebotan sin poderlos parar, como pelotas de goma martilleando el cráneo.
Al fin llegaron. Se detuvieron frente a una pared completamente blanca y el director introdujo una llave. El prisionero fue sujetado por los brazos mientras el director le decía: Bueno... Este será tu hogar durante el resto de tu vida. Estoy seguro de que te llevarás bien con tu compañero e intenta hacernos la vida fácil a todos, volvió a sentenciar. Soltó una carcajada y el reo fue arrojado al interior de la celda tras recibir previamente una inyección que le hizo perder el conocimiento. Tardó varias horas en volver en si. Tardó todavía más en recobrar la vista. Un fuerte olor a orín manaba de sus ropas, Cuando pudo ver, encontró a su compañero frente a él. Todavía no distinguía bien, solo veía manchas.
-¿Porqué te trajeron aquí? preguntó Julio en tono balbuceante. 
 
El reo tardó varios minutos, que a julio le parecieron siglos en responder.
- Cometí un homicidio, asesiné a mi mujer.
-No mientas.
-No miento, contestó su compañero.
-Vaya, yo también maté a mi mujer, se apresuro a contestar Julio mientras se alisaba el ropaje de reo.
-Ah, y... ¿Como la mataste? Continúo preguntando el compañero sin cambiar el gesto de la cara ante la coincidencia.
-La envenené.
-Joder...Yo también la envenené.
-Entonces somos compañeros del mismo delito.Se apresuro a contestar julio
-Eso parece. -Pero yo creo que tuvimos motivos diferentes. Cuéntame por qué lo hiciste.
-No quiero contarte. Sentenció en tono severo.
-Pues como quieras, pero si vamos a pasar aquí juntos tanto tiempo es mejor que me tengas confianza.Al final quieras o no acabarás contándomelo.
-Está bien, conocí a mi novia hace años, era una mujer muy introvertida muy suya en sus cosas. Sus padres son personas muy católicas e involucradas en labores sociales de la iglesia.
-¡Es increíble!, parece que estas describiendo a mi Teresita. Contestó burlonamente el compañero.
-La mía también se llama Teresa. Aseveró Julio mirando a los ojos a su compañero
-Que chistoso ¿no?
-Cállate y escucha. Gritó Julio. Era una mujer sumamente católica. Creía en compartir su vida con un solo hombre hasta la muerte. De hecho... era virgen hasta que nos casamos.
-¡No puede ser! Esa es mi Teresita.
-Déjame continuar. Como te decía, era una mujer sana e inteligente y eso era lo que mas me atraía de ella. Sobre todo su virginidad, pienso que por eso me casé con ella.
-Espérate, alguien te contó mi historia. ¿Verdad? Te mandaron para torturarme. Contestó el compañero de celda entre muestra de indignación y sollozos.
 
-¡Deja de llorar!! Pareces niño, mejor escucha.
Me casé completamente enamorado, y en la noche de bodas se comportó de una forma que me asombró. Primero se quejó como primeriza, pero después se volvió una tormenta, brincaba, gritaba, se movía de un lado para otro. Lo disfrutaba más que yo. Nunca había estado con una mujer que tuviera tanta pasión. Cuando estaba debajo parecía un demonio sin dejarse exorcizar y cuando estaba arriba, parecía un ángel con sonrisa de lujuria y ojos de deseo. Sentía como si estuviera haciendo el amor con veinte mujeres a la vez. Le hice cuatro veces y no se saciaba, pedía más y más. Me encantó.
-¿Y por qué la mataste? Pregunto el compañero con interés.
-Porque me decepcionó.
-¿No te encantó? Volvió a preguntar.
-Sí pero no entiendes. Creí que iba a ser decente, sumisa y en la cama resultó ser otra. Para eso mejor voy con una puta y le pago para hacerle lo que yo quiera, pero a mi mujer… Respeto y ella tiene que respetarme.
-Estas loco, de veras. Contesto el compañero de Julio mientras que con la bocamanga se limpiaba un hilillo de mocos que manaba de su nariz producto de su llantina.
- Ya, pero tu tampoco debes estar muy cuerdo, por eso estas aqui. Cuéntame, ¿Tú porqué mataste a tu Teresa?
-¡Es Teresita, no Teresa!
-Es igual Tere, Teresa o Teresita, contestó Julio con tono de indiferencia.
-Bueno, me casé creyendo que ella era le mejor mujer en mi vida.y me lo demostró en nuestro noviazgo como en nuestra noche de bodas.
-Así que tú también la envenenaste el día siguiente a tu noche de bodas.
-¡Ya deja de torturarme! No puede haber tantas coincidencias.
-Sí las hay, a las pruebas me remito
-Si sigues con eso me callo. Masculló entre dientes el compañero de celda
-Continúa.
-Bien nos fuimos a un parador en Aranjuez para compartir nuestras noches de amor.
-Nosotros también. Contestó Julio mientras contenía las ganas de lanzarse sobre su compañero.
-Teresita fue la única mujer que me ha hecho sentir hombre. Me amó como nunca antes lo habían hecho.
-¿Y por eso la mataste?
-No, la envenené por el temor a perderla. Quería que siempre estuviera junto a mí. Tenía miedo de que alguien me la quitara, miedo a que un día me abandonara. Por primera vez en mi vida había encontrado el amor y no estaba dispuesto a perderlo.
-Tú sí estas loco. Le recriminó Julio mientras escupía al suelo.
-No, porque ahora mi Teresita está junto a mí y siempre lo estará. Contestó el compañero mientras iniciaba otra llantina acompañada de hipeos.
-¿Cómo era tu Teresita?
-Noble, pura, tierna. La mas bella de todas.
-No me refería a eso ¿Como era físicamente?
-Delgada, morena, de mi estatura. De cabellos muy negros, muy lacios.
-Mi mujer también. Te advierto que es la última vez, a la próxima broma te mato. Contestó en tono amenazante Julio
-Lo juro. Tenía los ojos cafés y la nariz respingada
-¡Basta! ¡No puedo creerte! Tu mujer y la mía no pueden ser tan parecidas. Gritó Julio.
-Tranquilo. Tienes razón, no puede ser la misma mujer, además las matamos por motivos diferentes ¿No Julio?
-¿Julio? ¿Como sabes que me llamo axial?
-Porque yo me llamo igual.
Preso de la histeria Julio se abalanzó a golpes contra su compañero. Pegaba y pegaba pero no pasaba nada. Solo se lastimaba sus puños. Entonces comenzó a gritar. Julio unió sus gritos desesperantes a los que ya resonaban en el pabellón cuando se dio cuenta de que estaba en una celda cubierta de espejos. Tapizada de espejos.

viernes, 4 de junio de 2021

¿LIBERTAD?


Muchas veces; Bueno mas bien la mayoria de la veces viendo el dirimir cotidiano enmascarado en noticias desde locales a mundiales me pregunto: ¿Qué es la libertad? ¿que entendemos por esa palabra?A veces me encuentro luchando constantemente contra la corriente, imaginando que rompo las cadenas que me atan a una estaca invisible en una celda imperceptible. Soy la furia, la impotencia y el desasosiego que nacen de la frustración de ser esclavo. El ave vuela libre por los cielos, y es la libertad lo que agradece, ¿pero es realmente libre?  ¿No es su límite acaso, aquélla línea donde comienza el espacio? Y entonces, ¿es realmente libre?

La libertad siempre está presente. Se mueve al ritmo del latir de un corazón. Fluye como las aguas de la tierra. Arde como un fuego fatuo. Brilla como la estrellas y las constelaciones en el cielo. A veces toma forma terrenal, infernal o celeste; Pide prestado un cuerpo, un envoltorio limitado para su idiosincrasia infinita, camina, conoce, siente e intenta expandir esa ansia de libertad que porta. A veces soy yo quien se embriaga en libertad, y ya no sé si es adicta a mi cuerpo o yo soy adicto a ella, es una dicotomía en la que navego. La siento vibrar cuando me acaricia con el viento, fluye en mis venas como los ríos de la tierra cuando el agua se escurre por mi piel. Floto en humo sostenido por sus hilos invisibles enseñándome un pedacito del infierno terrenal en la mano. Me siento liberto unas veces y a veces perdido y encadenado a ese pedacito de averno terrenal. Me tiño de sombras difusas que se creen la balanza del caos y el orden, de la justicia y el placer, de lo que está mal, pero hace bien, y de lo que es al revés.

Perdonadme si sueno incrédulo, altanero, pedante o insensato, pero yo aún creo en la libertad humana, en las sonrisas sinceras, en los buenos amigos, en las buenas personas, en los buenos corazones. aún creo que existen almas bondadosas e íntegras que son capaces de admitir la verdad incluso cuando no es conveniente hacerlo, incluso cuando ello pudiera perjudicarles de alguna manera. Aún creo en el perdón, en las buenas intenciones, en las buenas condiciones, aún creo en el respeto y en la responsabilidad, en aquellos que luchan y viven acorde a sus propios deseos sin dañar ni pasar por encima de los demás.

Aún creo... De verdad, creo en la libertad de la humanidad. Porque en tiempos de crisis la esperanza es lo que la flor en el desierto. Aún creo en nosotros, en lo que somos, en lo que fuimos y, también en lo que algún día seremos; cuando el caos ceda y el orden aparezca, como el cálido sol después de una tormenta, cómo el silencio que sigue a la explosión, cómo el llanto del niño cuando su madre le da a luz. Aún creo a pies juntillas en la libertad, porque si no lo hago... ¿entonces quién podría?