Como un día mas en mi vida estaba frente a ella mirándola fijamente, sin atreverme a mover un solo músculo de mi cuerpo, conteniendo hasta el aliento. Y es que tengo miedo, miedo a que como tantas veces el sonido de mi angustia sea suficiente para despertar sus sentimientos. No quiero que despierte, porque si lo hace lograría seducirme, y una vez más, se apoderaría de mi alma y de mi cuerpo.
Aunque se que es amante de muchas personas no me importa, mi relación con ella se mueve en un estrecho margen que separa el amor del odio. Una mezcla de cielo e infierno, tantas veces dulce como tantas amarga. Una sensación tan dolorosa como andar con los pies desnudos sobre un hierro ardiente o tan refrescante como caminar descalzo por la orilla del mar. Ha sido compañera mía en tantos momentos de mi vida, en tantas situaciones, tristes, alegres, melancólicas, siempre ahí sin pedir nada a cambio, solo fidelidad, pero he decidido que ha llegado la hora de ponerle punto y final a nuestra historia, porque todas las historias tienen un principio y un final, ha sido una historia muy larga y severa y he tomado la decisión de terminar con tanto sufrimiento, porque a fin de cuentas a eso se reduce lo nuestro.
Soy consciente del poder que ella ejerce sobre mí, y aun así me he armado de valor y estoy decidido a plantarle cara de una vez por todas, a hacerle frente.
Voy a intentarlo, aún a sabiendas en mis adentros que mañana me arrastraré cobardemente ante ella, que mañana volveré a su lado como regresa un vagabundo a su hogar: hambriento, sin fortuna, desesperado, necesitando consuelo.
Lo peor es que no sé de donde sacaré fuerzas, es que lo pienso y son muchos años, quizás demasiados, de jugar siempre al mismo juego. Un juego donde siempre ella gana, y yo, irremediablemente pierdo. No imagináis la de veces que me he negado a jugar; pero mis palabras se las lleva el viento, porque siempre acabo jugando y acabo perdiendo. Entonces, cegado por la furia que me invade el sentirme vencido por ella otra vez, me envalentono y me vuelvo violento, golpeo todo lo que se me pone por delante, amenazo con marcharme para no volver jamás a su lado, grito como un poseso tratando de sacudirme la rabia que llevo dentro.
Pero siempre… después de la tempestad viene la calma, la cordura se apodera de mi ira. En un rayo de lucidez me doy cuenta de lo que he hecho y la busco, no tengo que ir muy lejos, durante la pelea ha permanecido en silencio, quieta, contemplando todo desde el otro lado de la mesa. Me acerco, la tomo entre mis manos, la acaricio, y por último bebo de ella...
Dejo que el alcohol empape, con su sabor agridulce el cielo de mi boca; que haga sentir sosiego en cada uno de los poros de mi cuerpo. Y me rindo incondicionalmente de nuevo a su influjo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.