domingo, 17 de octubre de 2021

CLAUDIO.

 

Abro los ojos, pero mi vista tarda un rato en enfocarse y yo en ubicarme. La sangre martillea mis sienes repetidamente, suena tan fuerte en mi cabeza como si cientos de martillos pilones golpearan a la vez el mismo yunque y pienso que voy a volverme loco. Me levanto renqueando e intento incorporarme, pero me cuesta una barbaridad. Supongo que después de haberme empinado dos botellas de pacharán por la noche esto es normal, se trata de una mala resaca. El camino hasta el cuarto de baño se torna agónico y tortuoso. Me introduzco en la ducha, el agua fría resbala por mi cuerpo y empiezo a sentirme otra vez persona por primera vez. Cuando salgo al salón veo que hay un mensaje en el contestador del teléfono que no para de parpadear su chivato luminoso. Es curioso, hace tiempo que nadie se interesa por mí tanto como para llamarme.

Ha amanecido una mañana muy fría; de las que el vaho se cuela por las hendiduras de las ventanas y se aloja por los más inhóspitos recovecos de las habitaciones. Amenaza con obligarme a dos mangas mínimas para salir a la calle y es que debo de salir porque la humedad de las paredes hace forzoso salir a tomar el aire, aunque este me helara los pulmones. Pero antes como si se tratase de un ritual encendí el ordenador, me serví una generosa taza de café solo y encendí un pitillo; Debo de escribir un relato diario, algo que me autoimpuse como si de una disciplina espartana se tratase. Así que vamos a empezar.

Claudio; un chico enjuto y de rasgos más bien demacrados por su extrema delgadez se levantó esa mañana con la boca pastosa, quizá del tabaco, quizá del alcohol... y se sorprendió algo mareado y con la visión confusa. Le dolían las cuencas oculares. Cuando decidió dejar el cálido lecho para comenzar la jornada tuvo que hacerlo casi a tientas para llegar al baño sin los típicos percances que le harían recordar su torpeza en forma de señalados moretones. Como siempre levantó la tapa del retrete y el placer le sobrevino al descargar la orina acumulada que casi reventaba su vejiga. Luego se fue al lavabo y frente al espejo abrió el grifo de agua fría y procedió a lavarse la cara con frenesí, inevitable para azuzar su aún dormido cuerpo y reanimarlo al punto necesario para no caer en el sopor que aún arrastraba. Se miró al espejo con la cara aún húmeda y no pudo más que sorprenderse levemente al notar unos pequeños bultitos alrededor de su cara y cabeza, como pequeños chichones. Demasiados para una noche de locura alcohólica que apenas sí recordaba. No le dio importancia y siguió con su ritual matutino.

Ahora, algo más despejado se despojó del pijama y se metió en la ducha, se secó, se vistió y preparó café para un regimiento. Un cigarro y mientras sorbía con deleite el líquido humeante y de color térreo. No le gustaban nada los lunes, Claudio prefería los viernes, o cualquier otro día, pero odiaba el comienzo de la semana, la vuelta a lo de siempre, a la rutina homicida que le comía las entrañas cada vez que entraba por la puerta del trabajo. Una vez acabado el café, se dispuso a llevar la taza al fregadero, al inclinarse se notó extraño, como si hubiese tenido que medir mejor el acto de agacharse y la distancia fuera ligeramente superior a lo habitual. Desconcertado miró absorto los armarios, el suelo... había algo diferente, pero no acertaba a dar con la desarmonía que se había apoderado de su mundo con levedad.

Se tocó la sien izquierda, un pequeño bultito, quizá la vena, palpitaba provocando un creciente dolor de cabeza. Quizá no debería ir al trabajo, se decía a sí mismo. Sabía que su presencia no era imprescindible y que nunca había estado enfermo, así que no se lo pensó más y llamó para decir que no se encontraba bien y que no iría durante todo el día. Al colgar el teléfono, un dolor le oprimió la cabeza por todos lados, le dejó entumecidos los sentidos y tuvo que buscar con los dientes apretados y los ojos desorbitados un lugar donde sentarse. El sofá estaba cerca así que se lanzó sobre él, cayendo sentado. El dolor aumentó, agarró su cabeza con ambas manos y emitió un pequeño gemido. La tensión se fue apoderando de su cuerpo y se sintió temblar de arriba abajo. Entonces lo notó, su cuerpo estaba creciendo, sus músculos se agrandaban y su piel se estiraba sin compasión ni dilación, rápidamente... pronto el techo quedó al alcance de su cabeza dolorida.

Era una planta baja de un residencial a las afueras de la ciudad y al romper el techo con su testa emergió como Poseidón sobre las aguas, derramando escombros a cada lado del agujero proferido en la terraza. Cuando dejó de crecer, decenas de miradas sorprendidas podían verle sobresaliendo de su propia casa que ahora quedaba a la altura de sus rodillas.

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