Si
alzas las puntas de los dedos puedes a veces tocar tus sueños;
acariciar por un momento las estrellas del cielo.
...Poco a poco, todo va perdiendo su color. Yo no me di cuenta, nadie se puede dar cuenta, y es que el tiempo acaba parándose; la multitud de sombras negras en forma de personas se detienen, tan solo te ves a ti mismo a una escala de grises. Cuando alcé mi cabeza para mirar al frente, no quedaba nadie, tan solo edificios de color blanco en un fondo negro, tan solo quedaba el vacío. No dejé de caminar. Cada paso que hacía me costaba más que el anterior. El paisaje se deformaba y algunos edificios, los cuales eran todos idénticos al resto, emergían del negro cielo e infinito boca abajo.
¿Qué lugar era ese? Todo parecía olvidado, vacío, todo era como me sentía. Cegado por la oscuridad que me rodeaba, perdí mi orientación, todo carecía de importancia y acabé tropezando haciéndome caer al suelo. Sin esperanza y sin respuestas a mis preguntas, no me quedaba nada para avanzar, estaba a punto de abandonarlo todo para quedarme ahí, en un lugar de ningún lado, solo. Fue entonces como llegué hasta aquí, una de las terrazas de algún edificio. Sin saber cómo llegue a este sitio, quizás sí que me quedaba un poco de esperanza. Me acerco a la barandilla, no para observar el resto de idénticas construcciones que se perdían en el horizonte, sino para ver el cielo. Lo que me atrae de ese cielo es esas estrellas que antes no estaban y cuya luz no puedo dejar de mirar. “Ojalá pudiera alcanzar las estrellas” dije sin pensar. Son como un libro hermoso, muy hermoso, pero escrito en otro idioma. Uno exótico y vivo. De manera que solo aquellos que hayan aprendido a leer en ellas serán capaces de apreciar su verdadera belleza. Menos mal que me apresuré a entender su lengua.
Y su lenguaje me dice que los días van arañando la piel de mi tristeza, que ya va el calendario pintando arrugas de amarillo viejo. Y que ahora que la ardiente hoguera del otoño prende jirones de nube parda en mis ojos, mi memoria encenderá recuerdos de niebla y lavanda. Entonces recordaré que un día me fui. Que un día dejé mis sueños colgando sobre Madrid. Me marche un dia en que el sol peinaba tirabuzones de oro entre los cedros del Líbano del paseo del prado, la brisa, paría rizos en cualquier césped de la plaza de España; la luna forjaba plata entre los olivos unido al aroma de azahar en el parque de la quinta. Y mis ojos te han visto acechantes, aguijoneados por las dudas de un presente previsiblemente Incierto.
Y mis ojos te han visto mientras las luciérnagas insultaban a tu hiperactiva madrugada cubriendo con sus destellos las horas perdidas de los borrachos, Los sueños rotos de los enamorados; Los resquicios de amaneceres que siempre pasan a mejor vida. En esas estrellas mis ojos te han visto o quizá era un sueño de loco sureño desbrozado entre los riscos del puerto de Navacerrada; Expectante, Soliviantado tras las dudas de un ser que se intuye muerto. Mis ojos se han confundido ante la visión de en la mañana ver en la misma mesa de bar al madrugador tomando café junto al trasnochador bailando los cubitos de un ron con Cola en vaso largo. Mis ojos han visto como las lineas discontinuas del asfalto de tus calles son las venas donde corre las prisas del urbanita. Donde las aceras son las islas donde habitan mendigos, artistas y gente con prisa y mirada perdida para ir a todas partes y a ningún lugar.
Mis ojos han visto tu gran vía inundada de neones, un crisol de colores que poco tendría que envidiar a la gran manzana neyorkina; Donde cualquier modistilla llamada Eva no dudaría un instante en morderla, porque Madrid es un pecado terrenal.
Mis ojos te han visto Y desearían volver a verte, aunque sean cortantes tus calles y avenidas, aunque tras cualquier esquina pueda sobrevenirnos La muerte. Porque Madrid Es como un dia luminoso y matutino en donde cantan los gallos y ladran los perros. Y por todo ello desde esa barandilla miraré hacia las estrellas con ojos de vidrio y lloraré por el día en que jamás volví...
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