Esta mañana charlando con un buen amigo sobre achaques de la edad y su pastilleo necesario se me ha venido esta reflexión poco después.Que el ser humano también padecemos obsolescencia es evidente; O sea, que vamos a palmarla. Estamos diseñados para pasar, tarde o temprano, a formar parte de la “sopa cósmica” según algunos, a ganar el premio gordo celestial o el “ calvario infernal” según otros, y los hay que esperan un paraíso lleno de huríes (cosa que no acabo de determinar si se trata de un premio o de un castigo).
El hecho cierto es que de aquí nos vamos. Que nos morimos, vaya. Y eso es una putada. Y lo es porque, a poco que te hayas esforzado, dejas bien jodidos a los que te quieren y te van a echar de menos. Si has sido un capullo, te van a añorar poco y entonces tu desaparición es un descanso bien merecido para quienes te soportaron. De esos hay a porrillo.
A mí me asusta que me puedan añorar más de la cuenta. Porque se sufre. Un buen amigo psicólogo y que de esto sabe dice que añorar a los que mucho quisiste está muy bien, salvo patologías o duelos mal cerrados. Me dice sin preliminares y sin anestesia que yo no he superado ni de coña la muerte de mi padre que acaeció hace algunos años.
Mi padre era un tío cojonudo, un personaje, un genio en muchas cosas, un orate en otras. Un hombre apasionado sin medias tintas, cabezón y ciclotímico. Es un misterio por qué le quisimos tanto y de manera tan desmedida y duradera. Mi madre parecía estar a su sombra y era simple bondad.
En fin... Seamos realistas, ser recordado caduca en un par de generaciones, ¿Quién se acuerda de los tatarabuelos?, salvo que hayas hecho algo muy gordo, bueno o malo,seas un prohombre o seas un prócer de la patria con derecho a estatua o nombre de calle (aunque para la perpetuación de estatuas y nombres de calle es mejor que seas santo o científico que militar, por aquello de que si cambian las tornas se monta la marimorena y te quedas sin estatua y sin calle). Vánitas vanitatis. A Nerón se le recuerda por montar un guirigay del quince que se le fue de las manos y entró malamente en la historia.
Yo, pensaba de pequeño que eso de que eres polvo y en polvo te convertirás iba por otros derroteros de mayor enjundia sexual, pero qué va, va de morder el polvo y ser pasto de bichos. Pues no me hace gracia. Como yo siempre he sido muy friolero prefiero que me incineren bien aliñado. Hubo un tiempo en que barajé la posibilidad que mis cenizas se mezclaran con especias para hacer aliño de choto y se repartieran entre mis allegados, a fin de cuentas yo siempre sería más sabroso que un socorrido hueso de jamón, pero no puede ser. Descarté la idea cuando me dijeron que es una patochá campestre de las mías y que Sanidad tiene eso prohibidísimo, cosa que me cuesta entender pues permiten aditivos y comida basura que son veneno para ratas.
Definitivamente quiero que mis cenizas se entierren debajo de un almendro viejo, un olivo centenario o una higuera chula. Que haya sombra y algo de humedad para que surja vida. De poder elegir, preferiría que salieran patatas gordas como puños. Lo de arrojar las cenizas al mar, no lo veo. Al mar siempre le he tenido mucho respeto y me da algo de miedo, de yuyu ancestral. A mi del mar lo que me gusta son los frutti di mare, a la parrilla o al espeto, pero no sé si de eso disfrutarán mis biznietos con la porquería de mar que estamos dejando. Al paso que vamos, los chiringuitos playeros acabarán sirviendo Chipirones en su Tinta de Chapapote o Milhojas de Polietileno con su Salsa de Polietilentereftalato. Maldito sea mil veces el plástico en todas sus formas. El plástico lo carga el diablo, es un crimen de lesa humanidad.
Pero tampoco me hagáis mucho caso, amad sin medida, apasionadamente, acariciad a vuestra gente, a vuestros hijos, a vuestros nietos; os los podéis comer a besos; sembrad cuarto y mitad de semillas de amor y de pasión por la vida y dejad que fructifiquen y crezcan. Y regadlas, joer. Y vuelta a empezar. Ahí quedará vuestra huella, vuestro rastro, en un movimiento exponencial per sécula seculorum.
En definitiva; lo real es que somos tan solo pequeños pedazos de circunstancias que se repiten continuamente en la vida. Somos recuerdos. Somos esa vieja película que vemos pasar todos los días por las calles, caminos, parques, buses, bares. Somos simplemente partes pequeñas, andantes, que buscan un destino. Somos momentos que suman. Nacimos para moler y moler los momentos. Y así vivimos; cada vez más pequeños, cada vez más insignificantes, cada vez más aplastados por nosotros mismos, como la arena que el tiempo convierte en polvo cuando antes era piedra.
Somos el mundo dando vueltas, el corazón latiendo en cada cuarto vacío, el ojo llorando sobre los recuerdos tan cansados y repetidos. Somos los momentos que construimos con los demás granos de polvo que nos encontramos en la vida.
En fin, espero que se demore mi foto en una esquela tenebrosa o en esas horrorosas fotos esmaltadas que pueblan los camposantos de nuestra tierra.




