martes, 12 de noviembre de 2024

NEGARNOS.

Tal vez negarnos nuestro amor fue el peor castigo que podríamos infligirnos. Simplemente sucedió, dejemos de querernos de aquella manera. Nunca supimos si fue por todos nuestros desprecios, por todas las veces que intentemos buscar algo mejor para nosotros.

Ella encontró lo que buscaba y yo también. No había manera lógica de mantener nuestra extraña relación; pero yo se que con aún pasen los años daremos pequeños sorbos al cariño que tenemos guardado el uno para el otro. Dar un sorbo más grande de lo permitido podría volver a hacer temblar nuestras pequeñas vidas y dañar a nuestros seres queridos. Eso es algo que ella nunca permitiría y por lo que yo siempre he estado dispuesto a pagar. Y así seguiremos desgranando nuestras mañanas cada uno en su mundo.

Hay mañanas que todo fluye de manera suave, hasta el despertador suena como una música dulce; son mañanas inigualables, para repetirlas, siempre apetecen. Otras mañanas empiezan como un trueno, son mañanas de despropósitos desde el momento en que pones el pie en el suelo, mañanas que nacen para provocar dolor y están plagadas de momentos que sólo el olvido puede remediarlos. También hay mañanas que se tiñen de tristeza, son mañanas de doble fondo, de buscar sentidos no evidentes a la cosas, de un continuo cajón de sastre emocional plagadas de momentos que evocan languideces.  Sin embargo, otras mañanas están marcadas por la ansiedad, que nos hace sentirnos falsamente enormes;  nos lo comeríamos todo, hasta el yeso de las paredes, mañanas de velocidad y de locura, de emborronamientos. Algunas mañanas están bordadas de anclajes con las cosas no resueltas, con lo que nos despierta y con lo que no nos ha dejado dormir, con lo que nos quita la calma y con lo que distrae los pensamientos.

De todas maneras, las mejores mañanas son las que empiezan con un buen recuerdo, con una mirada robada que se alarga al cerrar los ojos. Y es que hay mañanas que empiezan con un simple pestañeo.

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