A través de una calle vacía en una noche oscura cómo el cielo de la boca de un lobo va caminando mi cuerpo a paso rebelde. Amenaza lluvia y frío pero mi cuerpo va ardiendo en la desesperanza de haber amado y haber perdido; de amar del todo, y de perder amando. Entre dudas y suspiros ando entre calles que susurraron venturas; de dicha, de altura, de pasión, de locura. Calles que lloran hoy tristezas, heridas, dolor y culpa. Vieron los días en que lo que pudo ser no fue y lo que debió ser se desvaneció.
Entre penumbras y nostalgias, abrumada por sí misma, se encoge mi alma. Cada paso es un dolor del pasado; vivo todavía atrapado en aquel sol de verano, que envolvía cálido mis sueños y añoranzas disfrazados de persona rebelde; de piel de esperanza. En cada tú y en cada yo había una casa sin muebles y un corazón sin amor...
No quiero renegar de nada, pero si gritar dejando escapar el dolor que arremete en mi interior buscando libertad, queriendo apoderarse del amplio lugar que reservé para tu recuerdo. Si voy a guardarte dentro de mí, no será como ahora... será como la primera vez que te vi.
Recuerdo ese día como si fuese ayer; ese día donde la claridad del cielo estaba escondida entre las nubes grises que amenazaban en descargar su ira en forma de lluvia, que se vertía inclemente sobre la ciudad. Y sus pesadas y frías gotas descendían una tras otra, golpeando sin miramiento ni clemencia a quienes tuvieran la osadía de avanzar en la intemperie.
La lluvia cae sin piedad, lavando las calles. Bajo la lluvia, los recuerdos se resbalan en mi mente como gotas por el cristal. Cada charco que se forma delante mía es un recuerdo del pasado. En cada gota, un susurro de situaciones olvidadas, de cariños lejanos, de risas pérdidas, de nostalgia del ayer.
Recordé algo que dijo un buen amigo mío tomando un café un día tal cual de lluvioso como hoy: ¿Te has parado algún día a escuchar hablar a la lluvia?, siempre nos dice algo; al caer crepita, pero si cae muy rápida tamborilea. Su mensaje depende de las estaciones; en primavera nos dice "despierta la vida empieza", en verano llama a refrescarse, en otoño te llama a ver los colores que la naturaleza brinda, y en invierno dice cúbrete y guárdate del frío. No olvidaré ese momento, tan repentino y mágico como un relámpago, en el que un paraguas rojo se alzó sobre mí, defendiéndome del azote incesante de un enfurecido cielo.
No olvidare el rostro, sereno e iluminado de quien me ofrecía cobijo en su paraguas; aquel cabello y esos ojos, profundos y amplios como si fuesen el final del otoño, que daban refugio al temeroso azul del cielo. No olvidare esas palabras, que se alzaron sin ninguna dificultad sobre el ensordecedor estallido del trueno, envolviendo mis oídos con una sutil pregunta: ¿Compartimos mi paraguas?.
De vuelta a la realidad; Hoy el azul del cielo se escapo de sus ojos mientras que el gris se refugió en los míos. Y la legión de gotas de lluvia avanzan sin descanso por el valle de mis mejillas. En cada paso que doy, el ruido del agua al caer, acompaña mi soledad. Camino sin prisa, dejando que el agua borre mis huellas. Si deseo recordarte, será como esa primera vez. Con la esperanza de que cuando el tiempo deje de correr, estés ahí. Protegiéndome como lo hiciste aquel día y tu compañía me guie en ese desconocido camino a casa al abrigo de ese paraguas rojo.

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