sábado, 4 de enero de 2025

OS CUENTO ESTO.

Los días de invierno son maravillosos cuando uno se sumerge en la calidez del hogar. Con un café, ese elixir oscuro y aromático, que nos envuelve en un abrazo reconfortante. Es necesario encontrar momentos en los que no tengamos que salir de casa, momentos que se vuelven extraordinarios. Revolver en los cajones, descubrir objetos olvidados, recuerdos guardados y pequeños tesoros que alguna vez fueron especiales y que pueden volver a serlo.

No me refiero solo a objetos, sino también a la mente. Recordemos que somos sin exigirnos demasiado, sintamos que somos seres vivos y, lo más importante, que tenemos nuestro lugar en el mundo. ¿Os acordáis de aquella película "Los mejores años de nuestra vida"? Pues yo tampoco. Pero me ha venido a la cabeza al pensar que, para mí, precisamente el 2024 no ha sido uno de esos años, precisamente. Tampoco es que haya sido de los más  malos; pero lo que empezó con bastante equilibrio, mucha ilusión y buenas vibraciones, en algún momento del año se perdió, se truncó y solo al final se ha podido apañar un poco.

Os cuento esto (que a vosotros seguramente os la trae al pairo) porque estamos a 31 de diciembre y a los humanos en esa fecha siempre nos da por hacer balance del año que acaba; es como si a las 12 de la noche fuéramos a entrar en bucle temporal, una dimensión distinta y desconocida y fuera imprescindible entrar purificado y con las cuentas vitales saldadas. Que digo yo, de paso, que después de 500 años de calendario gregoriano se podría hacer un pequeño cambio y que el fin de año cayera el 31 de julio en vez del 31 de diciembre, así los del hemisferio sur sabrían lo que es despedir el año en una fría plaza llena de gente expeliendo vaho y virus y mocos  y saltando y bailando para no morir de hipotermia y yo vería cumplido mi sueño de celebrar el fin de año a la orilla del mar en bañador  y  con 12 cerezas en vez de las uvas. ( Aunque aquí en Motril poco nos falta para llegar a eso )

Mientras esto se estudia y se toma en consideración, volvamos al balance y a ese imaginario punto de inflexión del cambio de año. Mañana, ya lo sabemos, será un día como hoy. Yo seguiré siendo el mismo estúpido sentimental e iluso que seguirá tropezando con la misma piedra y los mismos gilipollas y en Gaza seguirán muriendo asesinados niños inocentes. Pero lo importante de estos días es la catarsis, la renovación de las ilusiones y las esperanzas. Y para eso tengo y espero seguir teniendo un nutrido grupo de buenos amigos que me ampara y protege. Para ellos deseo lo mejor, para los que están y para los que faltan, para los que son y para los que han sido, para los reales y para los virtuales... para la buena gente, en general.  Por eso mi lista de propósitos es muy breve: querer y cuidar  a esos amigos y mantenerme con las fuerzas necesarias  para defenderlos de la tristeza y de la adversidad, conservar el coraje imprescindible para gritar fuerte contra las injusticias y atesorar la sensibilidad suficiente para disfrutar las presencias, recordar con cariño las ausencias y admirar las esencias.

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