Celso
trabajaba transportando pescado; lo hacía a la tan mínima expresión como el de
no poseer ningún tipo de transporte para su mercancía. Sus pertenencias se
limitaban a una canasta con una ínfima capacidad de volumen, pero con espacio suficiente,
para que el contenido que conseguía transportar le proporcionara el dinero
diario para poder subsistir.
Su ruta de transporte era desde un pueblo costero
llamado La Guardia hasta Tuy donde vendía su pescado en el Parador
Nacional. Hacía la ruta hasta Tomiño en un autobús de línea regular y desde Tomiño
a Tuy, al no coincidir en horarios de tránsito, lo hacía a pie. Pero lejos de
hacer el camino por la carretera convencional, atajaba por veredas y caminos
rurales que atravesaban un parque nacional y le hacían el camino mucho más
corto y llevadero hasta el Parador de Tuy, su destino final.
Sus numerosos ratos
de soledad, le había hecho cultivar un sentido de la imaginación digna de
cualquier escritor de cuentos infantiles o de un Cuentacuentos. Todas las
noches, en el bar que era su parada obligatoria antes de llegar a casa, le
esperaban algunos asiduos al establecimiento ávidos de escuchar una historia de
Celso. Siempre las contaba en primera persona, como si del protagonista del
relato se tratara. Sentía una grata sensación y un sentimiento a flor de piel del
que relata y se siente escuchado, y eso le hacía poner más imaginación si cabe
a sus relatos. Lo que Celso nunca llegó a imaginar o no quiso, era que el
verdadero motivo de su popularidad como relator no era otro, que ser el blanco
de las chanzas y burlas de los asistentes al bar al día siguiente.
- A este el
estar todo el día solo, lo está volviendo medio loco. Decía algún que otro
cliente habitual del bar.
-Pero, el rato que nos hace pasar no tiene
precio, decían otros.En definitiva. Celso era un hombre muy singular e
imaginativo, pero no por ello menos querido por los habitantes de La Guardia.
La
noche había caído de pleno sobre el pueblo costero cuando Celso hizo su entrada
en el bar, lo hacía con su canasta, ya vacía enganchada al brazo y con una
amplia sonrisa. Dentro estaban los parroquianos de costumbre, con sus
conversaciones y sus risas, algunos bebían Ribeiro mientras, los que más,
tomaban la tan socorrida cerveza, reina de todos los establecimientos de
bebidas.
-Hombre Celso, andábamos esperándote impacientes; Le saludó con cierta
alegría el dueño del bar._
-¿Ha ocurrido algo nuevo hoy? Todos sabían que esa era
la frase que necesitaba Celso oír, para instintivamente iniciar su imaginario
relato. Celso bebió parsimoniosamente, sin prisa, un pequeño tazón de Albariño
mientras ordenaba mentalmente el cuento que se disponía a relatar.
- Hoy ha sido
un día extraño, quizás el más extraño que he vivido; Exclamó mientras hacía
bailar el espirituoso dentro del tazón haciéndolo girar._
- Esta mañana bien
temprano; estaba en el rompeolas esperando la barca que traía el pescado, y de
repente se me han aparecido entre la espuma del mar tres sirenas. Una morena,
una pelirroja y una rubia, a cuál de ellas más bella. Al principio, como
comprenderéis, me he sobresaltado a la par que sorprendido, pero una vez
repuesto de la visión he podido articular palabra y les he preguntado qué
hacían en el rompeolas, que si les aquejaba algún tipo de problema.
No tuve que
esperar respuesta, puesto que al levantar un poco la cola la sirena rubia; Que
por cierto, tenía unos ojos azules como nunca había visto en mi vida, la tenía
enredada con una antigua red ya ajada que seguramente, había permanecido tirada
en el fondo del caladero por alguna trainera. Al momento y no sin cierta
dificultad en la tarea, conseguí quitársela y así devolverle la libertad de
movimiento. Hecho que me agradecieron al unísono haciendo una serie de chapoteos
y piruetas en el agua hasta que las vi desaparecer en la oscuridad.
Ya repuesto
del lance y habiendo cogido mi repleta canasta de pescado fresco, esperé en la
parada al autobús que me debía de trasladar a Tomiño. El viaje hasta Tomiño fue
mas tranquilo de lo que esperaba, pues apenas había pasajeros ya que no era día
de mercadillo en el pueblo de destino; solo iba yo y cuatro o cinco estudiantes
del instituto de enseñanza, viajeros habituales. Dado la tranquilidad y la
ausencia de ruidos que producen las charlas altisonantes y unido al vaivén que
producía el autobús por de los resaltes de la carretera, conseguí pegar una necesaria
cabezada, más producto de lo temprano que me levanto a diario como de la
intención de acumular brío y fuerza para hacer el camino a pie a Tuy mas
descansado.
Llegando el autobús a Tomiño empezó a llover levemente pero
constante, de una forma como solo llueve en Galicia. Algo que para mi no era un
problema tangible ni añadido, pues ya estoy acostumbrado a ello y por que el
camino forestal que me llevaría a Tuy estaba parapetado y abrigado por
centenarios árboles, que en verano me servía de gratificante sombra; como en
días lluviosos me servía de refugio para no llegar calado hasta el Parador. A
mitad de trayecto, donde el bosque es mas frondoso, de repente a mis oídos
llegó nítidamente el sonido de una dulzaina, me acerqué a hurtadillas cual
ladrón, y oculto tras de un árbol, pude ver claramente a un fauno sentado en el
tronco de un árbol talado, mientras un coro de sílbanos danzaban alegremente
alrededor de el.
Lejos de asustarme; me recreé un buen rato con el sonido
melódico que salía del instrumento, así como del danzar casi hipnótico de los
sílbanos. -¿cuándo en mi vida iba yo a volver a ver tal espectáculo? Preguntó
Celso a los silenciosos oyentes._
- ¿Ha visto tal espectáculo alguno de los
presentes? Volvió a preguntar. No, contestaron casi gritando alguno de los
oyentes del relato._
-Pero sigue Celso, sigue con lo que te ha acontecido; Le
espetó alguno de los presentes._ -Pero… lo peor me pasó a la vuelta de Tuy;
empezó de nuevo el relato Celso con voz casi titubeante. Una vez vendido el
pescado en el Parador y ya casi anochecido; volví de vuelta a Tomiño por el
mismo camino que había hecho anteriormente. Iba tranquilo andando pero cuando estaba
llegando a la parte mas frondosa del camino cuando un incesante crujir de ramas
y hojas secas me puso en alerta.
Asustado y sobresaltado, salté detrás de unas
retamas altas que había entre dos árboles y me dispuse agazapado a esperar que
acontecía y cuál era el motivo de ese incesante crujir de hojas y ramas. Sentí
mucho miedo, pensando e imaginando que podían ser contrabandistas, habituales
en la zona. O por el contrario y en el peor de los casos; el sonido lo podía
producir una mala bestia buscando comida. Nada más lejos de la realidad; era
algo más siniestro, y en nada humano ni animal lo que vi. En dos filas y
portando unas velas a modo de hachones, distinguí unas figuras con hábitos y la
cabeza oculta por la caperuza que portaba dicha prenda._
-¡La Santa Compaña!
Exclamó medio bar con una mas que evidentemente fingida sorpresa._
-Si, la Santa
Compaña; repitió Celso mientras se persignaba apresuradamente._
-He de deciros,
continúo relatando Celso, que el olor que despedía dicha compaña era
nauseabundo y vomitivo, tenían el olor de la muerte y de la putrefacción,
todavía tengo el olor metido en las fosas nasales, por no decir, el sabor a
podrido que permanece en mi paladar._
-Dame otro tazón de vino, a ver si se me
aplaca ese sabor; le dijo con voz casi gutural al propietario del bar._
-Y aquí
acaba lo que me ha acontecido hoy, este día no lo olvidaré jamás. Celso dio por
concluido el relato y celebró mentalmente la claridad y nitidez de cómo lo
había desarrollado, así como del sentimiento que había puesto al relatarlo.
La
gente que había hecho corro alrededor de Celso empezó a disiparse entre algunas
risas y una más que otra chanza y critica de lo que habían oído relatar.Lejos
de sentirse ofendido por lo que oía, Celso apuró el vino, cogió su canasta y
con un gesto de despedida abandonó el local. Se había excedido en la extensión
de lo relatado y ya llegaba tarde a casa. En la cual al llegar, tuvo que
soportar reprimendas de su mujer por lo intempestivo del horario; tampoco se
salvó de la acritud en las críticas que le profería su mujer por andar siempre
de niñerías, como ella llamaba despectivamente a los relatos de Celso. Se aseó
apresuradamente y sin querer tomar cena se acostó deprisa; por no escuchar más
la tintineante voz de su mujer y por dormir algo, pues el día había sido muy
largo para él. Celso estaba ya antes de la amanecida en la calle que le debía de
llevar a la playa.
Llegó el primero al rompeolas; cuando el pueblo de La Guardia
aun dormía o en el mejor de los casos, bostezaba.Encendió uno de los dos
pitillos que se había puesto por norma fumar, uno en la mañana y otro de vuelta
a casa en la noche. Aspiraba sutilmente el humo del cigarrillo cuando algo
parecido a una voz humana, femenina, le llamaba por su nombre. Al principio se
sorprendió que la voz proviniera en la dirección del rompeolas, cuando lo
lógico sería, que viniera de los costados o a lo sumo de detrás de él, de su
espalda. Aguantó por un momento la respiración para poder afinar el oído, cuando
volvió a escuchar esa voz que le llamaba. Cautelosamente; Celso se acercó hacia
el rompeolas hasta que el agua le llegó casi a las rodillas, caminaba en
dirección hacia un supuesto bulto que creía distinguir en la oscuridad. Encendió
su mechero para poder ver y observar mejor, cuando la vio de repente, la llama
iluminó levemente la imagen de una sirena.
Era una sirena rubia; parecida a la
que la noche anterior había descrito. Tenía unos ojos de un azul intensísimo y
con sus manos hacia ademanes a Celso para que se le aproximara. Estando Celso a
su altura y reponiéndose momentáneamente de la visión de tal criatura, se
atrevió a hablar con ella._ -¿Necesitas algo de mí? Preguntó con un más que evidente
temor. De repente, en un visto y no visto; la sirena asió fuertemente de una
mano a Celso, intentando arrastrarlo hacia la profundidad del mar._
-¡Te quiero
a ti!, mejor dicho, a tu alma, pues me alimento de ellas; le gritó casi al oído
con una voz estridente, de esas que hacen doler los tímpanos.
Celso en un acto
reflejo, comenzó a intentar recular y ofrecer resistencia; pero la sirena no
estaba dispuesta a soltar su presa y le apretaba mas fuerte del brazo
arrastrándolo hacia el mar. Instintivamente; Celso acercó el cigarrillo que no
había soltado de la mano y le quedaba libre de presa, hacia el cuello de la
sirena, la cual al sentir la quemazón producida por el ascua de cigarro, soltó
súbitamente a Celso profiriendo un estridente alarido. Celso quedó sentado en el
rompeolas mientras veía la siniestra sombra de la sirena sumergirse en las
profundidades del mar.
El ruido de los motores de la trainera al arribar a la
orilla le sacó del sopor que le había invadido.
Hizo el habitual trato con el
pescador, pero con una diferencia, Celso fue menos conversador de lo habitual,
cosa que extrañó al pescador, pero que no le dio la mas mínima importancia, y
despidiéndose con un gesto se dispuso a coger el autobús que habría de llevarle
a Tomiño. El autobús llegó antes de lo habitual, iba atestado de señoras que
venían de un pueblo cercano llamado Oía y se dirigían al mercadillo semanal que
se organizaba en Tomiño, así como de estudiantes que cursaban sus estudios en
dicho pueblo y se desplazaban a diario desde La Guardia.
Celso buscó acomodo en
la última fila de asientos, e intentó dormir un poco, no lo conseguía; pero
lejos de ser el incesante murmullo de la gente dentro del bus el motivo de no
lograrlo, era la visión de la sirena intentando arrastrarlo hacia el fondo abisal
de las profundidades del mar. Sin poder alejar ese pensamiento de su mente;
antes de darse cuenta estaba en el apeadero de Tomiño. Con un paso casi cansino
y pausado inició su trayecto a Tuy caminando; al llegar a la intersección del
camino forestal y la carretera nacional, dudó y divagó por un momento que
camino coger._
-¿Por qué no iba a coger el de siempre? Se preguntó así mismo
mientras iniciaba el trayecto por el camino forestal, el más corto.
Casi a la
mitad del camino; el bosque se hacía más frondoso y apenas penetraba la luz del
sol. Los árboles y las sombras adquirían formas y movimientos casi
fantasmagóricos que mermaban por momentos el ánimo de Celso._Las mismas
sombras y los mismos árboles se repetía Celso mentalmente; tratando de
recuperar el estado de ánimo y los temores que le habían invadido desde la
mañana. Mientras, andaba inconscientemente con un paso presuroso y mirando
continuamente para detrás, era una sensación de temor que se había apoderado de
el y no podía evitarlo. En unas de esas impetuosas miradas hacia atrás, y al
devolver la vista de nuevo hacia el frente, le frenó en seco la presencia de un
ser excepcional.
Alto, robusto y con una constitución física deforme, era un
fauno._
-¡Como osas invadir mis dominios del bosque! Gritó el fauno a la vez que
intentaba coger a Celso por los hombros. Con una hábil finta le esquivó las
intenciones e inicio una huida feroz, sin freno y sin mirar atrás a sus oídos
llegaban los aullidos de los sílbanos, unidos al rugir del fauno. Llegó antes de
lo normal al Parador de Tuy, cosa que no pasó desapercibida al director del
establecimiento._
- ¿se le ha dado a usted bien la ruta Celso? Le preguntó no sin
cierta extrañeza. Celso, solo acertó a decir un escueto y apenas audible si
mientras contaba el dinero, producto de la venta del pescado. Comió ávidamente
en el Parador y se dispuso a marcharse. Lejos de coger el camino por el que
había venido decidió coger otro paralelo en el cual se alternaban grandes
zonas desarboladas con otras, las que menos, más frondosas. El trayecto lo hizo
sin ningún tipo de contratiempo; pero al ser mucho más extenso, empleó mucho
tiempo en hacerlo, sin duda llegaría ya anochecido a Tomiño.
Había ya
oscurecido cuando a cierta distancia veía las luces nocturnas de Tomiño;
cuando algo distrajo su atención. Una serie de luces subían lentamente camino
arriba, en dos filas bien distribuidas; por un momento pensó o al menos trató
de animarse ante la visión pensando que eran las farolas de la entrada al
pueblo. Cosa que desechó al instante, pues esas luces, eran mas propias de algo
que ardía que de una farola eléctrica._
-No, mas no; Acertó a balbucear mientras
se escondía detrás de una vieja piedra de molino que había en un margen del
camino. La comitiva pasó en un silencio sepulcral a escasos dos metros de
Celso. Solo se oía el crujir de la gravilla del camino al paso de la Compaña,
así como el sonido de la respiración casi estentórea de los miembros de la
misma. El olor fue algo que lo distrajo de la visión, lejos de ser un olor
desagradable era todo lo contrario, un olor a cera quemada, que unida a los
olores que despedía las tomilleras crecidas en el camino daban una fragancia en
el ambiente inigualable. Celso, lejos de sentir miedo y temor experimentó una
paz interior como nunca había sentido; casi rozando el éxtasis vió alejarse a
la comitiva hasta perderse en una curva del camino.
Celso llegó al bar a la hora
de costumbre, llegó de una forma inquieta y apresurada, como nunca nadie lo
había visto de esa forma._
-Una copa de orujo, acertó a decir con voz tranquila,
discordante con la inquietud y premura con la que había entrado al local._
-¿Orujo? Si tu no bebes esos menjunjes Celso; dijo el camarero no sin cierta
extrañeza._
-Hoy si; contestó Celso con voz pausada mientras con la comisura del
ojo acertaba a ver a la gente acercándose a él.
-¿Qué te ha pasado hoy? ¿Algo
nuevo que contar? Le preguntó un parroquiano con tono evidente de burla. Celso se
quedó por un instante observando fijamente la copa de orujo con la cabeza
agachada. Levantando lentamente la tez, y esbozando una sonrisa que denotaba
ironía exclamó.
-No…Hoy no ha pasado nada que contar.