jueves, 24 de diciembre de 2020

EL FANTASMA DEL METRO DE CHAMBERÍ Y OTRAS HISTORIAS.

Estación Chamberí

Madrid es una ciudad de leyendas y misterios, Algunas historias siguen sin resolverse y otras se han aclarado con el paso de los años. El metro de Madrid, es uno de los lugares por los que pasan miles de madrileños todos los días y los que más enigmas y leyendas urbanas generan.

Seguro que todos habéis oído hablar de la famosa “estación fantasma de Chamberí”. La estación de metro de Chamberí se cerró en 1966 por la cercanía de otras estaciones como Iglesia y Bilbao. Se reabrió como museo hace algunos años y actualmente se puede hacer una visita que es muy recomendable.

Durante los más de 40 años que permaneció cerrada, han sido numerosas las historias que hablaban de fantasmas que se veían cuando pasabas en el metro por esa estación oscura y en ruinas y te fijabas en ella al mirar por la ventanilla del vagón.

El caso es que, según cuenta la leyenda, allá por los años 50 se cometió un crimen en esta estación. Un cura y una monja que mantenían un romance, fueron sorprendidos por una niña huérfana que estaba internada en el colegio de la monja. Para no ser descubiertos, aprovecharon una excursión escolar y arrojaron a la niña a la vía del tren. La niña maldijo la estación de Chamberí y se aparece cuando se acerca el aniversario de su muerte.

Otra leyenda que circula sobre el metro de Madrid es la de los monjes de la estación Tirso de Molina. El convento de la Merced se derribó hace 150 años y cuando se comenzó a construir la estación de Tirso de Molina, se encontraron con los restos de los monjes. Cómo no se sabía qué hacer con ellos se optó dejarlos bajo los andenes y recubrirlo todo con azulejo. Por eso se dice que a medianoche se escuchan los gritos de estos monjes.

Pero la palma de las historias de terror del metro se la lleva la siguiente leyenda, que puedes encontrar ambientada en distintas estaciones e incluso distintas ciudades del mundo.

La protagonista es una chica, que se encuentra en una parada de metro, totalmente sola. Por supuesto es de noche y está esperando al último tren de la línea. Cuando llega, se sube y ve que solo hay tres viajeros. Uno de ellos es una mujer que la mira muy fijamente.

En la siguiente estación se sube al tren un hombre y se sienta a su lado. El hombre observa detenidamente a los otros tres viajeros y le susurra al oído a la chica: “No te muevas, no hables, bájate conmigo en esta parada”.

Cuando bajan el hombre le dice: “Siento haberte asustado, soy médium, y la mujer que teníamos enfrente estaba muerta, y los dos hombres que la acompañaban, la sostenían.”

 

FUENTE: THE ROMBOCODE.



 


 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

UNA VIDA DE CINE.

La vida de Alberto discurría entre la gran superficie en la que trabajaba y el cine CAPITOL. Era un adicto en el amplio sentido de la palabra al séptimo arte.Tenía la extraña virtud de no solo visionar una película, era capaz de recordar hasta la última coma de sus diálogos, mas si algunos se le escapaba, se quedaba en la sesión continua hasta ese momento de la película en la que enlazaba el dialogo perdido. No era una costumbre insana, pero si caldo de cultivo para las mofas y burlas de sus compañeros de trabajo y amigos, cosa que a él le era indiferente, vivía ajeno a todo eso.Su cultura era exigua, pues ya desde pequeño, tuvo que trabajar al faltar la figura paterna en su casa y los pequeños ingresos de la madre no daban para mantener una casa. Su padre, les abandonó siendo pequeño.

Sentado en casa, dejaba volar su imaginación y veía a su padre rodeado de guerreros negros defendiendo una fingida posición, o perdido en una selva frondosa en busca de un tesoro azteca. Siempre sus pensamientos derivaban en alguna película que había visto recientemente. Era parco en palabras, y cuando mantenía una conversación con algún amigo o empleado de la gran superficie incluía bien estructurados diálogos de alguna película, inclusive con el attrezzo de los gestos. Su carácter iba a la par que su forma de ser, podía ser dulce y meloso en su dialogo como Clark Gable o por lo contrario, arisco y descortés como Marlon Brando. Era gran conversador, aunque no tenía con quien, su compañero en el puesto de trabajo de reponedor era un polaco que solo sabía decir algunas palabras mal vocalizadas y siempre sin sentido contextual. A pesar de sus 40 años, nunca había tenido ya no solo novia, sino alguien que si no compartía su condición de cinéfilo, al menos supiera respetarla. Entre cajas soñaba con una bella dama en la que él se convertía en su paladín y benefactor, librándola espada en ristre, mandoble tras mandoble de un incierto final en garras del dragón de Komodo. O siendo aclamado por una ingente multitud de enfervorizadas masas al haber abortado una amenaza nuclear, su cerebro era una verdadera factoría de sueños que él veía como una realidad tangible.

Hacía poco que había llegado una empleada nueva en la sección de contabilidad llamada Alicia, que cada vez que se cruzaba con él, esbozaba una sonrisa de complicidad, Alberto no se atrevía a decirle nada, mayormente por la agriez de un desplante con la consiguiente mofa de los compañeros, como le ocurrió meses atrás con una dependienta de la sección de lencería.Pasaron los meses y las sonrisas se convirtieron en cortos diálogos, intranscendentes para algunos pero importantes para los dos.Siguió pasando el tiempo, y ya los encuentros eran provocados por ambos; Ella disfrutaba con sonrisas y cierta avidez con los comentarios de la película de la tarde anterior vista por Alberto, por la forma de expresarse y por la exactitud de momentos puntuales de la película. Parecía por momentos que Alicia la veía por los ojos de Alberto, y lejos de aburrirse le pedía impacientemente que se explicara con más ímpetu en momentos claves de la narración. La química había actuado en ellos, y ellos se dejaban llevar por la química.

El trabajo de Alberto terminaba a las cinco, mientras que el de Alicia se dilataba hasta las nueve. En esa diferencia de horario a Alberto le daba tiempo a llegar al cine CAPITOL, ver el estreno diario y volver a la gran superficie a recoger a Alicia para acompañarla a casa. El trayecto a casa de Alicia, a paso normal discurría en una media hora, ellos empleaban dos, por las continuas paradas de Alberto explicando con posiciones y gestos secuencias de la película que esa tarde había visionado.Bien asesorado por los diálogos de las películas, deleitaba a Alicia con frases y piropos mas propias de un licenciado en filosofía, que de un triste reponedor, pero a ella le daba igual la forma, sino el contenido; Sabía que las palabras, aun saliendo de su boca, las decía Alberto con el corazón, y eso le gustaba, le daba igual que las hubiera dicho tal actor en tal película. Alberto no era un hombre en plena adultez, mas bien era un niño grande, del cual se había enamorado ella ardientemente. Pasó el tiempo y decidieron unir sus vidas, con la consiguiente reprobación de la madre de Alberto, pues en sus adentros, pensaba que no solo perdía un hijo, sino un ingreso menos en su mermada economía. El seguía con su sana costumbre de visitar el CAPITOL y luego en la cena contarle a Alicia la película. Algún que otro domingo, le preguntaba a su mujer porque no la acompañaba al cine y siempre encontraba la misma respuesta. Para que gastar dinero, si yo luego la veo y la vivo en tus ojos, le respondía alegremente.

Una mañana, con un mas que atípico frío para las fechas que corrían, Alberto y Alicia tomaban su rutinaria taza de café en la cafetería cercana al centro comercial antes de entrar al trabajo, cuando ella con una mas que fingida seriedad, le comunicó no sin antes escapársele alguna que otra sonrisa su ya inminente futura paternidad. Alberto tenía la grata sensación que su vida, aun teniendo un mal principio, se había convertido en una gran película, un magnifico guión.Tenía la mujer que siempre había deseado, un trabajo y ahora lo mas importante, un hijo. La película que siempre había deseado protagonizar. Trabajando dejaba volar su imaginación como de costumbre, pensaba que pronto tendría otro espectador que vería las películas del CAPITOL por sus ojos, como hacia Alicia. Lo imaginaba tierno y con agudos sentimientos, como Pablito Calvo en Marcelino pan y vino. Al rato, lo imaginaba valiente y audaz como Mowgli en El libro de la selva, Y en un futuro más lejano, unido a él, un Roberto Alcázar y Pedrín. Tuvo sus momentos de dudas, al imaginar que en vez de un varón, fuese hembra y mentalmente rebuscó en sus recuerdos alguna singular heroína,¡Ya está! Exclamó mentalmente, ¡Juana de Arco! Repasó mentalmente la película, la veía dando mandobles y estoques a infieles Luteranos, aunque al llegar a la secuencia en que la heroína moría quemada en una pira, le envolvió una desazón. Cambiaré el final. Sentenció convencidamente.

Pasaron unos pocos meses, unos meses en que Alicia tenía un mal embarazo que apenas dejaba a Alberto libertad para desarrollar su pasión por el cine; pasó de ir de diario, a días alternos, hasta terminar por ir dos días en semana. Los días que no iba al CAPITOL, Alicia lo veía deambular como alma en pena por la estancia. Parecía una figura fantasmagórica e inquieta. Apenas mantenía una conversación fluida con Alicia, pues el proyector de sus ojos se había apagado, no había película en la bobina. Alicia en connivencia con los jefes, y dado que su trabajo no requería esfuerzos físicos, siguió trabajando hasta casi el final del embarazo. Algo que más entristeció a Alberto, pues había fraguado la idea, de que con alguna excusa del trabajo, poder escaparse más a menudo al CAPITOL.

Al mediodía, los dos comían con los compañeros en una habitación habilitada como comedor, una sala fría, que aún se hacía mas fría si cabe por el silencio de los dos, era una situación insostenible.Alicia tecleaba impetuosamente su Olivetti mientras pensaba la raíz del problema, aunque la sabía, ella no podía hacer nada, su mal embarazo no le permitía el lujo de prescindir de su marido en horas puntuales del día, lo necesitaba más en casa, muy a su pesar.En la hora de comer, Alicia esperó a Alberto en la puerta que daba acceso al comedor, la situación la estaba sobrepasando y quería hablar con el, sin la presencia de miradas furtivas y ajenas al problema.Vamos al Foster Hollywood de la esquina a comer, le dijo tirando cariñosamente de brazo de Alberto, hoy me apetece que mi paladín me invite a comer. Le dijo con aire solemne.Alberto por un momento pareció confuso, por la actitud de Alicia y por el mero hecho de proponerle ir a comer al Foster, hacía mas de un año que no iban a ese local, donde envuelto por la magia de la decoración; relataba a Alicia en sus primeros meses de noviazgo, la película que había visto ese día.

Se sentaron pausadamente en una mesa que pegaba a una inmensa cristalera que daba a la calle, veían pasar a la gente con pasos apresurados.Y pensaron al unísono lo viva que era la vida en una gran ciudad.Alicia, cogió las manos de Alberto mientras con voz suave le decía, te quiero, te quiero... mi niño, mi hombre.Yo no quiero cambiarte Alberto, sabes que no solo te quiero por cómo eres, sino por cómo me haces sentir a tu lado. Continuó manteniendo su voz melosa. Solo quiero, que entiendas que esto es algo puntual, todo volverá a ser igual que al principio, solo es tener paciencia y comprensión por tu parte.-Lo entiendo; susurró Alberto con voz casi gutural, entiendo perfectamente que tengo que empezar a comportarme como un hombre, dejar de lado las niñerías. -¡No!, Casi le gritó Alicia, no lo entiendes, no quiero que cambies, quiero que seas tú, el hombre que conocí y del que estoy enamorada, no quiero que nuestro hijo vea un padre con un disfraz impuesto, quiero que vea a su padre como es. Un día el pistolero más rápido y el siguiente sea el explorador más audaz. Te quiero como eres Alberto, finalmente sentenció ella. El resto de la comida fue muy animada, Alberto le contó la última película que había visto e imaginaba que su hijo estaba en la silla contigua a la de Alicia con los ojos de par en par impactado por el relato.

La vuelta al trabajo la hicieron abrazados fuertemente, volvía todo a la normalidad entre ellos, Alicia suspiraba tranquila al haber resucitado al Alberto que echaba de menos y el suspiraba en volver a su cine CAPITOL, para él, ya solo era cuestión de paciencia.La tarde se pasó como un relámpago, Alberto se mostró mas hablador de la cuenta con su compañero, cosa que al polaco le era indiferente pues entendía poco español, se reía como un autómata cuando lo hacía Alberto, dando la impresión mas que fingida que entendía lo que le decía. -¡Uy! Las cinco, hora de plegar, exclamó mirando su reloj a la vez que se giraba para perderse en un pasillo apresuradamente.Había decidido llegar a casa y preparar una suculenta cena a su mujer, aderezada con un generoso ramo de flores, volvía a sentir el cosquilleo de la felicidad. Se vistió apresuradamente en los vestuarios y se dispuso a darle un estupendo beso de despedida temporal a Alicia, los vestuarios eran casi contiguos a la zona de oficinas así que no tuvo que andar mucho. Golpeó la puerta un par de veces y al no oír el delante de rigor, decidió entrar.

Al principio se quedó confuso con la visión, no consiguió asimilar lo que veía.En el suelo, de rodillas estaban dos compañeras de Alicia con ademanes grotescos, las caras desencajadas e intentando llorar. De pie, el contable, un hombre orondo que en ese momento estaba bañado en sudor y una pequeña mancha de sangre en la comisura de los labios. Con la mirada buscó a Alicia, hasta que dio con ella en la estancia; estaba asida por el cuello por una mano y con la otra una pistola que portaba un encapuchado, le recriminaba la falta de dinero allí, mezclado con insultos. Alberto no lo pensó dos fracciones de segundo, y más por la rabia de ver a su amada en tal trance intentó saltar sobre el asaltante, como en tantas películas había visto. El disparo sobrecogió la habitación; por el ruido acudieron unos guardas jurados que pusieron en jaque al asaltante.

En el suelo yacía Alberto en postura decubito supino mientras un reguero de sangre salía de su costado, por un momento entendió las caras desencajadas de sus actores preferidos al encajar una bala y de la sensación de quemazón al recibirla. De repente dejó de sentir dolor; sentía una paz extrema, la paz del que se muere.Vio a Alicia arrodillada junto a él gritando y llorando mientras le sujetaba la cabeza. En un supremo esfuerzo acercó suavemente la cabeza de Alicia para decirle en el ya cierto ocaso de su vida con voz suave... siempre nos quedara Paris. Y cerró sus ojos con el deseo de oír en su mente al director:

Gritar; ¡Corten!

martes, 22 de diciembre de 2020

UN MUSEO CON MALOS RECUERDOS ( REINA SOFÍA EN MADRID)

El museo de arte moderno Reina Sofía fue en su día un lúgubre hospital de tuberculosos donde la muerte estaba casi más presente que la vida. Antes, fue un hospital edificado por mandato de Felipe II para que fueran a morir allí los mendigos de la ciudad. El hospital es obra de Francisco Sabatini en tiempo de Fernando VI y continuaba un proyecto del arquitecto Hermosilla en el que llegaron a pernoctar 18000 enfermos. Tanta muerte dejó mella en el lugar hasta su cierre en 1965. Tras 20 años de abandono fue recuperado por la Academia de San Fernando y puesto al servicio del Ministerio de Cultura. En la remodelación de 1982 ya aparecieron restos humanos, pero fue en la ampliación de 1990 cuando encontraron tres monjas momificadas en la capilla del antiguo hospital.

Desde la primera remodelación del lugar se produjeron un sinfín de anomalías y presencias de entes, como la de una persona mayor de pelo cano y larga barba que se sentaba en uno de los bancos del jardín o las voces y presencias que se desplazan por la famosa escalera del antiguo hospital. El sótano del museo es el lugar donde más fenómenos se suelen producir. Allí se enterraron durante siglos los  cuerpos de mendigos, niños abandonados o gente con problemas mentales y durante la guerra civil se torturaba y enterraba a infelices soldados. Esto produce que muchos vigilantes de seguridad ni siquiera se plantean pasearse por allí de noche. En cada lugar hay olores, presencias y entidades que pasean como en sus tiempos de pacientes y un sinfín de historias que merecen un monográfico.

FUENTE: MADRID SEDUCE.



lunes, 21 de diciembre de 2020

CELSO.



Celso trabajaba transportando pescado; lo hacía a la tan mínima expresión como el de no poseer ningún tipo de transporte para su mercancía. Sus pertenencias se limitaban a una canasta con una ínfima capacidad de volumen, pero con espacio suficiente, para que el contenido que conseguía transportar le proporcionara el dinero diario para poder subsistir.

Su ruta de transporte era desde un pueblo costero llamado La Guardia hasta Tuy donde vendía su pescado en el Parador Nacional. Hacía la ruta hasta Tomiño en un autobús de línea regular y desde Tomiño a Tuy, al no coincidir en horarios de tránsito, lo hacía a pie. Pero lejos de hacer el camino por la carretera convencional, atajaba por veredas y caminos rurales que atravesaban un parque nacional y le hacían el camino mucho más corto y llevadero hasta el Parador de Tuy, su destino final.

Sus numerosos ratos de soledad, le había hecho cultivar un sentido de la imaginación digna de cualquier escritor de cuentos infantiles o de un Cuentacuentos. Todas las noches, en el bar que era su parada obligatoria antes de llegar a casa, le esperaban algunos asiduos al establecimiento ávidos de escuchar una historia de Celso. Siempre las contaba en primera persona, como si del protagonista del relato se tratara. Sentía una grata sensación y un sentimiento a flor de piel del que relata y se siente escuchado, y eso le hacía poner más imaginación si cabe a sus relatos. Lo que Celso nunca llegó a imaginar o no quiso, era que el verdadero motivo de su popularidad como relator no era otro, que ser el blanco de las chanzas y burlas de los asistentes al bar al día siguiente.

- A este el estar todo el día solo, lo está volviendo medio loco. Decía algún que otro cliente habitual del bar.
-Pero, el rato que nos hace pasar no tiene precio, decían otros.En definitiva. Celso era un hombre muy singular e imaginativo, pero no por ello menos querido por los habitantes de La Guardia. 
La noche había caído de pleno sobre el pueblo costero cuando Celso hizo su entrada en el bar, lo hacía con su canasta, ya vacía enganchada al brazo y con una amplia sonrisa. Dentro estaban los parroquianos de costumbre, con sus conversaciones y sus risas, algunos bebían Ribeiro mientras, los que más, tomaban la tan socorrida cerveza, reina de todos los establecimientos de bebidas.
-Hombre Celso, andábamos esperándote impacientes; Le saludó con cierta alegría el dueño del bar._ 
-¿Ha ocurrido algo nuevo hoy? Todos sabían que esa era la frase que necesitaba Celso oír, para instintivamente iniciar su imaginario relato. Celso bebió parsimoniosamente, sin prisa, un pequeño tazón de Albariño mientras ordenaba mentalmente el cuento que se disponía a relatar. 
- Hoy ha sido un día extraño, quizás el más extraño que he vivido; Exclamó mientras hacía bailar el espirituoso dentro del tazón haciéndolo girar._ 
- Esta mañana bien temprano; estaba en el rompeolas esperando la barca que traía el pescado, y de repente se me han aparecido entre la espuma del mar tres sirenas. Una morena, una pelirroja y una rubia, a cuál de ellas más bella. Al principio, como comprenderéis, me he sobresaltado a la par que sorprendido, pero una vez repuesto de la visión he podido articular palabra y les he preguntado qué hacían en el rompeolas, que si les aquejaba algún tipo de problema. 

No tuve que esperar respuesta, puesto que al levantar un poco la cola la sirena rubia; Que por cierto, tenía unos ojos azules como nunca había visto en mi vida, la tenía enredada con una antigua red ya ajada que seguramente, había permanecido tirada en el fondo del caladero por alguna trainera. Al momento y no sin cierta dificultad en la tarea, conseguí quitársela y así devolverle la libertad de movimiento. Hecho que me agradecieron al unísono haciendo una serie de chapoteos y piruetas en el agua hasta que las vi desaparecer en la oscuridad. 

Ya repuesto del lance y habiendo cogido mi repleta canasta de pescado fresco, esperé en la parada al autobús que me debía de trasladar a Tomiño. El viaje hasta Tomiño fue mas tranquilo de lo que esperaba, pues apenas había pasajeros ya que no era día de mercadillo en el pueblo de destino; solo iba yo y cuatro o cinco estudiantes del instituto de enseñanza, viajeros habituales. Dado la tranquilidad y la ausencia de ruidos que producen las charlas altisonantes y unido al vaivén que producía el autobús por de los resaltes de la carretera, conseguí pegar una necesaria cabezada, más producto de lo temprano que me levanto a diario como de la intención de acumular brío y fuerza para hacer el camino a pie a Tuy mas descansado. 

Llegando el autobús a Tomiño empezó a llover levemente pero constante, de una forma como solo llueve en Galicia. Algo que para mi no era un problema tangible ni añadido, pues ya estoy acostumbrado a ello y por que el camino forestal que me llevaría a Tuy estaba parapetado y abrigado por centenarios árboles, que en verano me servía de gratificante sombra; como en días lluviosos me servía de refugio para no llegar calado hasta el Parador. A mitad de trayecto, donde el bosque es mas frondoso, de repente a mis oídos llegó nítidamente el sonido de una dulzaina, me acerqué a hurtadillas cual ladrón, y oculto tras de un árbol, pude ver claramente a un fauno sentado en el tronco de un árbol talado, mientras un coro de sílbanos danzaban alegremente alrededor de el.
 
Lejos de asustarme; me recreé un buen rato con el sonido melódico que salía del instrumento, así como del danzar casi hipnótico de los sílbanos. -¿cuándo en mi vida iba yo a volver a ver tal espectáculo? Preguntó Celso a los silenciosos oyentes._
- ¿Ha visto tal espectáculo alguno de los presentes? Volvió a preguntar. No, contestaron casi gritando alguno de los oyentes del relato.
-Pero sigue Celso, sigue con lo que te ha acontecido; Le espetó alguno de los presentes._ -Pero… lo peor me pasó a la vuelta de Tuy; empezó de nuevo el relato Celso con voz casi titubeante. Una vez vendido el pescado en el Parador y ya casi anochecido; volví de vuelta a Tomiño por el mismo camino que había hecho anteriormente. Iba tranquilo andando pero cuando estaba llegando a la parte mas frondosa del camino cuando un incesante crujir de ramas y hojas secas me puso en alerta.
 
Asustado y sobresaltado, salté detrás de unas retamas altas que había entre dos árboles y me dispuse agazapado a esperar que acontecía y cuál era el motivo de ese incesante crujir de hojas y ramas. Sentí mucho miedo, pensando e imaginando que podían ser contrabandistas, habituales en la zona. O por el contrario y en el peor de los casos; el sonido lo podía producir una mala bestia buscando comida. Nada más lejos de la realidad; era algo más siniestro, y en nada humano ni animal lo que vi. En dos filas y portando unas velas a modo de hachones, distinguí unas figuras con hábitos y la cabeza oculta por la caperuza que portaba dicha prenda._ 
-¡La Santa Compaña! Exclamó medio bar con una mas que evidentemente fingida sorpresa._ 
-Si, la Santa Compaña; repitió Celso mientras se persignaba apresuradamente.
 
-He de deciros, continúo relatando Celso, que el olor que despedía dicha compaña era nauseabundo y vomitivo, tenían el olor de la muerte y de la putrefacción, todavía tengo el olor metido en las fosas nasales, por no decir, el sabor a podrido que permanece en mi paladar._ 
-Dame otro tazón de vino, a ver si se me aplaca ese sabor; le dijo con voz casi gutural al propietario del bar._ 
-Y aquí acaba lo que me ha acontecido hoy, este día no lo olvidaré jamás. Celso dio por concluido el relato y celebró mentalmente la claridad y nitidez de cómo lo había desarrollado, así como del sentimiento que había puesto al relatarlo. 
 
La gente que había hecho corro alrededor de Celso empezó a disiparse entre algunas risas y una más que otra chanza y critica de lo que habían oído relatar.Lejos de sentirse ofendido por lo que oía, Celso apuró el vino, cogió su canasta y con un gesto de despedida abandonó el local. Se había excedido en la extensión de lo relatado y ya llegaba tarde a casa. En la cual al llegar, tuvo que soportar reprimendas de su mujer por lo intempestivo del horario; tampoco se salvó de la acritud en las críticas que le profería su mujer por andar siempre de niñerías, como ella llamaba despectivamente a los relatos de Celso. Se aseó apresuradamente y sin querer tomar cena se acostó deprisa; por no escuchar más la tintineante voz de su mujer y por dormir algo, pues el día había sido muy largo para él. Celso estaba ya antes de la amanecida en la calle que le debía de llevar a la playa. 
 
Llegó el primero al rompeolas; cuando el pueblo de La Guardia aun dormía o en el mejor de los casos, bostezaba.Encendió uno de los dos pitillos que se había puesto por norma fumar, uno en la mañana y otro de vuelta a casa en la noche. Aspiraba sutilmente el humo del cigarrillo cuando algo parecido a una voz humana, femenina, le llamaba por su nombre. Al principio se sorprendió que la voz proviniera en la dirección del rompeolas, cuando lo lógico sería, que viniera de los costados o a lo sumo de detrás de él, de su espalda. Aguantó por un momento la respiración para poder afinar el oído, cuando volvió a escuchar esa voz que le llamaba. Cautelosamente; Celso se acercó hacia el rompeolas hasta que el agua le llegó casi a las rodillas, caminaba en dirección hacia un supuesto bulto que creía distinguir en la oscuridad. Encendió su mechero para poder ver y observar mejor, cuando la vio de repente, la llama iluminó levemente la imagen de una sirena.
 
Era una sirena rubia; parecida a la que la noche anterior había descrito. Tenía unos ojos de un azul intensísimo y con sus manos hacia ademanes a Celso para que se le aproximara. Estando Celso a su altura y reponiéndose momentáneamente de la visión de tal criatura, se atrevió a hablar con ella._ -¿Necesitas algo de mí? Preguntó con un más que evidente temor. De repente, en un visto y no visto; la sirena asió fuertemente de una mano a Celso, intentando arrastrarlo hacia la profundidad del mar._ 
-¡Te quiero a ti!, mejor dicho, a tu alma, pues me alimento de ellas; le gritó casi al oído con una voz estridente, de esas que hacen doler los tímpanos.
 
Celso en un acto reflejo, comenzó a intentar recular y ofrecer resistencia; pero la sirena no estaba dispuesta a soltar su presa y le apretaba mas fuerte del brazo arrastrándolo hacia el mar. Instintivamente; Celso acercó el cigarrillo que no había soltado de la mano y le quedaba libre de presa, hacia el cuello de la sirena, la cual al sentir la quemazón producida por el ascua de cigarro, soltó súbitamente a Celso profiriendo un estridente alarido. Celso quedó sentado en el rompeolas mientras veía la siniestra sombra de la sirena sumergirse en las profundidades del mar. 
 
El ruido de los motores de la trainera al arribar a la orilla le sacó del sopor que le había invadido. 
 Hizo el habitual trato con el pescador, pero con una diferencia, Celso fue menos conversador de lo habitual, cosa que extrañó al pescador, pero que no le dio la mas mínima importancia, y despidiéndose con un gesto se dispuso a coger el autobús que habría de llevarle a Tomiño. El autobús llegó antes de lo habitual, iba atestado de señoras que venían de un pueblo cercano llamado Oía y se dirigían al mercadillo semanal que se organizaba en Tomiño, así como de estudiantes que cursaban sus estudios en dicho pueblo y se desplazaban a diario desde La Guardia.
 
Celso buscó acomodo en la última fila de asientos, e intentó dormir un poco, no lo conseguía; pero lejos de ser el incesante murmullo de la gente dentro del bus el motivo de no lograrlo, era la visión de la sirena intentando arrastrarlo hacia el fondo abisal de las profundidades del mar. Sin poder alejar ese pensamiento de su mente; antes de darse cuenta estaba en el apeadero de Tomiño. Con un paso casi cansino y pausado inició su trayecto a Tuy caminando; al llegar a la intersección del camino forestal y la carretera nacional, dudó y divagó por un momento que camino coger._ 
-¿Por qué no iba a coger el de siempre? Se preguntó así mismo mientras iniciaba el trayecto por el camino forestal, el más corto.
 
Casi a la mitad del camino; el bosque se hacía más frondoso y apenas penetraba la luz del sol. Los árboles y las sombras adquirían formas y movimientos casi fantasmagóricos que mermaban por momentos el ánimo de Celso._Las mismas sombras y los mismos árboles se repetía Celso mentalmente; tratando de recuperar el estado de ánimo y los temores que le habían invadido desde la mañana. Mientras, andaba inconscientemente con un paso presuroso y mirando continuamente para detrás, era una sensación de temor que se había apoderado de el y no podía evitarlo. En unas de esas impetuosas miradas hacia atrás, y al devolver la vista de nuevo hacia el frente, le frenó en seco la presencia de un ser excepcional. 
 
Alto, robusto y con una constitución física deforme, era un fauno._ 
-¡Como osas invadir mis dominios del bosque! Gritó el fauno a la vez que intentaba coger a Celso por los hombros. Con una hábil finta le esquivó las intenciones e inicio una huida feroz, sin freno y sin mirar atrás a sus oídos llegaban los aullidos de los sílbanos, unidos al rugir del fauno. Llegó antes de lo normal al Parador de Tuy, cosa que no pasó desapercibida al director del establecimiento._
- ¿se le ha dado a usted bien la ruta Celso? Le preguntó no sin cierta extrañeza. Celso, solo acertó a decir un escueto y apenas audible si mientras contaba el dinero, producto de la venta del pescado. Comió ávidamente en el Parador y se dispuso a marcharse. Lejos de coger el camino por el que había venido decidió coger otro paralelo en el cual se alternaban grandes zonas desarboladas con otras, las que menos, más frondosas. El trayecto lo hizo sin ningún tipo de contratiempo; pero al ser mucho más extenso, empleó mucho tiempo en hacerlo, sin duda llegaría ya anochecido a Tomiño. 

Había ya oscurecido cuando a cierta distancia veía las luces nocturnas de Tomiño; cuando algo distrajo su atención. Una serie de luces subían lentamente camino arriba, en dos filas bien distribuidas; por un momento pensó o al menos trató de animarse ante la visión pensando que eran las farolas de la entrada al pueblo. Cosa que desechó al instante, pues esas luces, eran mas propias de algo que ardía que de una farola eléctrica._ 
-No, mas no; Acertó a balbucear mientras se escondía detrás de una vieja piedra de molino que había en un margen del camino. La comitiva pasó en un silencio sepulcral a escasos dos metros de Celso. Solo se oía el crujir de la gravilla del camino al paso de la Compaña, así como el sonido de la respiración casi estentórea de los miembros de la misma. El olor fue algo que lo distrajo de la visión, lejos de ser un olor desagradable era todo lo contrario, un olor a cera quemada, que unida a los olores que despedía las tomilleras crecidas en el camino daban una fragancia en el ambiente inigualable. Celso, lejos de sentir miedo y temor experimentó una paz interior como nunca había sentido; casi rozando el éxtasis vió alejarse a la comitiva hasta perderse en una curva del camino. 
 
Celso llegó al bar a la hora de costumbre, llegó de una forma inquieta y apresurada, como nunca nadie lo había visto de esa forma._
-Una copa de orujo, acertó a decir con voz tranquila, discordante con la inquietud y premura con la que había entrado al local._ 
-¿Orujo? Si tu no bebes esos menjunjes Celso; dijo el camarero no sin cierta extrañeza._
-Hoy si; contestó Celso con voz pausada mientras con la comisura del ojo acertaba a ver a la gente acercándose a él.
-¿Qué te ha pasado hoy? ¿Algo nuevo que contar? Le preguntó un parroquiano con tono evidente de burla. Celso se quedó por un instante observando fijamente la copa de orujo con la cabeza agachada. Levantando lentamente la tez, y esbozando una sonrisa que denotaba ironía exclamó.
-No…Hoy no ha pasado nada que contar.



domingo, 20 de diciembre de 2020

LA DESAPARECIDA CASA DEL DUENDE.

Este lugar mitológico de Madrid se encontraba entre las calles Duque de Liria y Mártires de Alcalá y servía como vivienda arrendada a criado y personal del Rey en el siglo XVIII. Un grupo de inquilinos apostaban fuertes sumas de dinero cada noche. Como es habitual, este hecho les llevó a una acalorada discusión que se interrumpió cuando apareció en escena un ser barbudo de reducido tamaño pidiendo silencio. Una vez superado el shock la discusión siguió su curso, esta vez interrumpida para siempre por siete enanos con garrotes que les propinaron una severa paliza. Los inquilinos huyeron sin regresar siquiera por sus pertenencias. Más tarde, la casa fue comprada por la duquesa de Hormazas. Poco después de su mudanza se comenzó a mosquear por la desaparición de objetos personales que literalmente se volatilizaban sin dejar rastro. Mientras reprendía al servicio vio como de nuevo en el momento álgido aparecían cinco seres diminutos con las pertenencias robadas en la mano.

La marquesa abandonó en ese mismo instante el lugar y lo dejó abandonado hasta que pudo enjaretarlo a un cura de nombre Melchor de Avellaneda. También se encontró con los duendes burlones, que le vacilaban quitándole los hábitos. Obviamente, dejó el lugar a una lavandera sin recursos que servía a una poderosa marquesa. Tras varios incidentes con los duendes y una investigación en serio sobre el terreno, la turba trató de quemar el lugar maldito tras comprobar la supuesta veracidad de los hechos. Tras décadas de abandono, cuando se produjo su demolición, los obreros explicaron que en el sótano se habían encontrado una puerta que daba a una sala donde se encontraban varios seres diminutos y ya decrépitos creando monedas. Algo que corrobora la parte de la leyenda que decía que estos duendes imprimían su propio dinero que distribuían de noche. Lo insólito es que todos los habitantes y visitantes de la vieja casa tuvieron encuentros con esos duendes que habitaron este lugar perdido en el tiempo.

A estas alturas la casa ya empezó a ser conocida en Madrid como la casa del duende debido a la escasa estatura de los que se aparecían en ella.

Volvió a pasar el tiempo y otro de los que tuvieron intención de instalarse en ella fue el Canónigo de Jaén, Mechor de Avellaneda anteriormente dicho. Cuenta la leyenda que mientras estaba escribiendo una carta al obispo de su diócesis para pedirle un libro que necesita para preparar sus sermones, levantó la vista y vió pasar a un enano vestido de monaguillo con el libro que estaba solicitando en ese momento. El canónigo, salió en su busca pero no consiguió encontrarle y pensó que se había tratado de una alucinación. Pero pasados algunos días, se encontraba el clérigo en el convento de los Afligidos de Madrid para dar una misa y le pidió a un sirviente que acudiera a la casa a por la vestimenta adecuada para la liturgia. Allá que se fue el paje, y cuando ya se disponía a salir con el traje, escuchó una vocecilla que le decía “No es ése el color de este día, vuelve a por los ornamentos que corresponden”. Se dió la vuelta y vio a un enano burlón que desapareció rápidamente. El paje, le contó lo ocurrido al canónigo y le dijo que no volvería a la casa y éste, harto de tanta aparición de enanos también decidió abandonarla.

LA LAVANDERA

Jerónima Perrin, lavandera de profesión, fue la siguiente en ocupar la casa, que le fue cedida por el canónigo. Cierto día tuvo que lavar la ropa de cama de la marquesa de Valdecañas, famosa por su mal carácter. Tal y como era costumbre en el Madrid de aquella época, Jerónima, dejó la ropa a secar a orillas del Manzanares y se volvió a casa a comer. Pero se desató una tormenta y la pobre mujer se hacía cruces pensando en que la marquesa no iba a poder tener su ropa para esa noche y la bronca monumental que le iba a caer. Entonces escuchó un ruido en la parte de abajo de la casa y se encontró a tres enanos que le traían toda la ropa. Total, que Jerónima salió de la casa y no volvió… Y ya van cuatro.

Y HASTA LA SANTA INQUISICIÓN.

A estas alturas de la historia, el Tribunal de la Santa Inquisición asentado en Madrid, decidió tomar cartas en el asunto y enviaron a sus secuaces para tomar declaraciones, rastrear a fondo toda la casa en busca de fantasmas y almas pecadoras… pero no lograron encontrar nada. Así que decidieron poner toda la carne en el asador y mandaron nada menos que al Obispo de Segovia para exorcizar la casa y echarle muchos litros de agua bendita dando por cerrado el caso. La imagen que podéis ver en la cabecera de este post, es precisamente una representación del exorcismo que aparece publicada en el libro “Madrid Viejo” (Ricardo Sepúlveda; 1887).

A partir de este punto hay distintas versiones de la historia: unos cuentan que algunos vecinos temerosos la derribaron con picos y palas, y que luego se incidenció, cayendo en el más absoluto de los olvidos hasta que un día vieron abrirse una trampilla de entre los escombros del sótano y salir a 9 enanos. Éstos eran falsificadores de moneda y salían por las noches a distribuirla. Otros cuentan que la casa se derribó muchos años después para construir el inmueble que hay hoy allí, y que los obreros, encontraron en el sótano a nueve enanos demacrados entre un montón de máquinas para falsificar dinero.

Según un acta de la real academia de bellas artes de san Fernando que estudia la arquitectura del edificio, se asegura que la moneda que falsificaban en el edificio eran doblillas de oro del Brasil y las supuestas apariciones fueron un montaje que se inventaron los falsificadores para lo cual pagaban a varios enanos para atemorizar a los inquilinos y que les dejasen falsificar en paz.

FUENTE: MADRID SEDUCE.

THE ROMBO CODE.

sábado, 19 de diciembre de 2020

FINALES ALTERNATIVOS. (Alí Babá)

Uy ¿¡cuarenta ladrones!? Exclamó Alí Babá enfilando con una sonora carcajada la puerta de salida del ayuntamiento de su aldea portando el recibo de contribución urbana en una mano...

viernes, 18 de diciembre de 2020

EL CASO DE LA HIJA DEL DOCTOR VELASCO.

Sin duda, una de las historias más macabras y fascinantes de Madrid. El doctor Pedro González Velasco fue un personaje clave en la historia médica de este país creando la Sociedad Anatómica y el Museo Antropológico en su propia residencia, que aún sigue allí en frente de la estación de Atocha. Sin embargo, es conocido por una leyenda trágica que marcó su vida. Tras escapar de una vida de pobreza y convertirse en referencia médica en toda España y Europa, se estableció en un palacio en la esquina de la actual calle Alfonso XII, en el que vivía junto a su mujer e hija. Concha tenía 12 años y era una niña alegre pero enfermiza, sus fiebres tifoideas llevaban varios años afectando su quebradiza salud. El doctor Benavente, amigo de Velasco y padre de Jacinto, el genial escritor, le recomendó a Velasco un tratamiento conservador de la enfermedad. No obstante, Velasco no le hizo mucho caso y le suministró una especia de laxante para purgar la fiebre, lo cual provocó una hemorragia interna irreversible que cegó la vida de Conchita. El suceso dejó fuera de sí al prestigioso médico. Se culpaba de la muerte de su hija de tal manera que disecó el cuerpo de la chica. La enterraron en el cementerio de San Isidro.

El doctor se obsesionó con su hija, se rodeó de objetos suyos, tocaba al piano sus canciones favoritas e inundaba sus estancias de imágenes y pinturas. Tal obsesión llegó al paroxismo cuando años después la desenterró. Los testigos hablan de un hombre estupefacto cuando vio su obra de embalsamamiento perfecta. Se abrazó a ella y comentaba el buen trabajo realizado celebrando la conservación de la flexibilidad de sus piernas para poder sentarla a la mesa. causa de espanto para su mujer. Envió al domicilio a un sastre y a una estilista para terminar de darle apariencia de vida. Muchos comentaban que salía a pasear por el Retiro en coche de caballos acompañado de su hija ataviada con el vestido de novia que encargó para ella. Las malas lenguas comentaban que les acompañaba el prometido de la niña, el también doctor Teodoro Muñoz Sedeño. La leyenda y su actividad política le provocaron la ruina, su sociedad anatómica fue clausurada y la pérdida masiva de clientes le dejaron en quiebra. Su mujer le convenció entonces de enterrar a la cría, algo que finalmente hizo. El doctor muere en 1882 y es enterrado junto a su mujer e hija en el cementerio de San Isidro. La leyenda del doctor Velasco perdurará por las calles de Madrid. Conchita sigue paseando con su vestido de novia por el Retiro en las mentes de todos los que escucharon su triste relato algún día.

FUENTE: MADRID SEDUCE.

jueves, 17 de diciembre de 2020

LA DESPEDIDA.

 

Le miré con la misma extrañeza con la que se mira una flor aun viva en pleno frío inviernal.Todo el temor que yo atesoraba y todas mis dudas parecieron disiparse junto con las nubes que empezaban a sobrevolar Motril con la misma prontitud que los pájaros que siempre a la misma hora salían disparados a refugiarse bajo las torres y los portales. En sus ojos no había ya sitio para nada más; Ni siquiera para mí.

El sol empezó a ocultarse tras los edificios mas altos que parecían amenazar con engullirnos si permanecíamos más tiempo allí, quietos como estatuas, con la respiración entrecortada por la emoción y el miedo. Más al fondo, las terrazas se atestaban de gente que iba y venía con miles de bolsas repletas de distintos objetos y ropas. Aunque mis párpados comenzaban a cerrarse, me vi obligado a permanecer más despierto que nunca, para no perder ni un solo detalle de lo que parecía un triste pero inevitable sueño: la despedida. 

Una despedida que se había prolongado a lo largo del día y que los dos habíamos aplazado tanto como podíamos. Ahora, ya ni siquiera quedaban motivos para que aquella tortura se hiciera más y más larga. Mis huesos ya no soportaban los fríos copos que habían comenzado a caer con un ritmo pasmoso y cautivo. Me había quedado tan quieto y la ciudad parecía tan sumida en el silencio que me daba la sensación de que, si me concentraba solo un poco más, sería capaz de percibir el tenue murmullo de los copos al chocar contra mis ropas y el rugir acelerado de su respiración. 

¿Por qué no decía nada? ¿Acaso no era bastante todo el tiempo que habíamos estado sentados en ese mismo banco? empecé a preguntarme si, de verdad, todo aquello, todas las sensaciones que se fundían en el océano de mi mente, no eran más que un sueño. Si de verdad, y en contra de lo que ahora parecía, al despertar al día siguiente la encontraría aun en mi cama con los ojos cerrados. Aunque algo en mí, una voz que siempre había permanecido callada, me decía que volvía a equivocarme. Aquello era muy real; Demasiado real.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro, consciente de que aquel contacto con su piel podía ser el último y, tal vez, el más doloroso de todos. No estaba seguro de si aquello estaba sucediendo de verdad, ni de si yo mismo estaba allí presente, junto a élla. En lo único que podía pensar con claridad era que la calidez de su cuerpo me superaba. Esa calidez al menos sí era real. Y estaba seguro de ello.Ya no importaba lo demás. Ni el frío, ni la oscuridad, ni las nubes, ni el silbido del viento junto a mis oídos.

Por que a su lado, cualquier cosa me parecía completamente insignificante y pequeña. Eran los últimos momentos juntos. Ni siquiera llegué a pensar que el adiós vendría, que llegaría un buen día sin más y que tendría que decirle: adiós, supongo que no te volveré a ver. Todos esos pensamientos me dolían más que el propio hecho de estar a su lado y saber que, en el fondo, jamás habíamos estado tan juntos como ahora.Varios perros pasaron ladrando por delante de nosotros. Sus ladridos se fueron apagando conforme iban entrando en un callejón sin salida que había más al fondo. Noté que las llamas que me habían inundado tiempo atrás se apagaban y se alejaban como aquellos estúpidos canidos.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

LOS CRIMENES DEL MESON DEL LOBO FEROZ.

De la reciente crónica negra madrileña destaca uno de los casos que más llamaron la atención a finales de los años ochenta, se trata de los crímenes cometidos por un personaje conocido como "El Legionario" en el tristemente famoso Mesón del Lobo Feroz.

La sanguinaria historia comienza un caluroso 22 de agosto de 1987, cuando Santiago S.J.P. madrileño, de 31 años, conocido por el apodo de “El Legionario” por haber estado un tiempo en La Legión, se encontraba trabajando en un bar - restaurante situado en el número nueve la calle Lucientes, en La Latina, muy cerca del Mercado de la Cebada. El local se llamaba El Mesón del Lobo Feroz y estaba regentado por “El Legionario” desde hacía poco más de un año.

Este siniestro personaje tenía fama de violento e inestable, además, su adicción al alcohol no endulzaba precisamente su personalidad, sólo le convertía en el mejor cliente de su propio negocio. Aquel 22 de agosto, después de su jornada alcohólico/laboral, cerró el mesón relativamente pronto y se fue derecho a la calle de la Cruz, con el único fin de contratar los servicios de una prostituta. El Legionario no tardó mucho en toparse con una joven prostituta llamada Mari Luz V. con quien pactó un servicio, y marcharon juntos rumbo al Mesón del Lobo Feroz. Allí, una vez dentro, el Legionario se preparó una copa, otra más, mientras la joven se desnudaba. En el momento de "entrar en materia", el Legionario, según su propia versión, entró en cólera al ver que no podría consumar el acto debido a su problema de impotencia. Según informes forenses, el Legionario era una persona con graves problemas mentales debido a una infancia difícil y una mala relación con su madre que le provocaron serios trastornos sexuales, entre ellos, impotencia, que se agravaban con el consumo excesivo de alcohol.

De lo ocurrido aquel día sólo se sabe lo que el propio asesino contó a la policía. Dijo que tuvieron una discusión, que golpeó a la chica salvajemente mientras ella casi no ofrecía resistencia hasta que, finalmente, el Legionario agarró un cuchillo jamonero con el que apuñaló una y otra vez el pecho a la mujer. Cuenta el asesino que después de esto no recordaba nada más, sólo que debió perder el conocimiento hasta que, después de unas horas, despertó y se sorprendió al verse cubierto de sangre. El legionario, con toda frialdad, se adecentó como pudo, se preparó una copa, la bebió y se fue a su casa a dormir.

Al día siguiente el mesón estuvo todo el día cerrado al público, algo que a los vecinos del lugar no les molestaba en absoluto ya que, en numerosas ocasiones habían protestado por los ruidos y las broncas constantes que se producían en el mesón. El Legionario no abrió el negocio pero sí acudió a el para limpiar el escenario del crimen. Todo el local estaba manchado de sangre y en el suelo, cosido a puñaladas, se encontraba el cuerpo sin vida de Mari Luz. No se sabe si orgulloso, excitado o aterrado por lo ocurrido, Santiago el Legionario limpió minuciosamente todo el local, bajó al sótano con el cuerpo de la joven y, despues de cubrir el cadáver con plásticos, lo ocultó entre unas cajas de cervezas.

Después de aquella noche, el Legionario continuó con su rutina diaria hasta que, dos meses después, un 12 de octubre de 1987, y haciendo honor al nombre del local que regentaba, el “lobo” salió de “caza”. Actuando del mismo modo que la vez anterior, se fue a la calle la Cruz en busca de prostitutas, allí encontró a una de ellas, una mujer desconocida en el gremio. Algunas prostitutas dijeron que se llamaba Teresa, otras Josefa. Se llamase como se llamase, la pobre mujer sufrió el mismo horror que su antecesora, y acabó brutalmente apuñalada con el mismo cuchillo jamonero, que ya se había convertido en el arma favorita del Legionario.

Pasaron los días, las semanas y Santiago mantenía su rutina diaria como si nada hubiese pasado, emborrachándose en su propio negocio y trabajando, sirviendo cañas y tapas de jamón ¡la de lonchas de jamón que habrán comido los clientes de aquel mesón ignorando que habían sido cortadas con el cuchillo jamonero! el mismo que dio muerte a las desgraciadas prostitutas. Pero como no hay dos sin tres, y actuando como un verdadero asesino en serie, dos meses después del último crimen, Santiago, salió nuevamente de caza. Era la madrugada del 22 de diciembre de 1987, otra vez en la calle Cruz, fue donde el Legionario contactó con Araceli F. una joven prostituta a la que ofreció 5.000 pesetas y el pago del taxi de vuelta por un servicio. Araceli accedió y se fue con él al Mesón del Lobo Feroz que, más que un mesón empezaba a ser un cementerio. Una vez dentro del local, la historia se repetía de la misma manera. Ella se desnudaba, él se preparaba una copa y, en un determinado momento, Santiago agarró el cuchillo jamonero y, lentamente, disfrutando del momento, se acercó a la víctima para apuñalarla pero, esta vez, los hechos no fueron los mismos. Araceli se enfrentó al asesino con gran fiereza y valor, en el forcejeo, para evitar ser apuñalada en el pecho, la joven agarró con las manos el filo del cuchillo, provocándole una terrible hemorragia. Araceli gritaba pidiendo auxilio mientras luchaba con todas sus fuerzas. Finalmente, con mucho esfuerzo pudo desarmar al Legionario que, más encolerizado que nunca, trataba de estrangular a Araceli. Mientras todo esto ocurría, los vecinos, alarmados por el griterío, llamaron a la policía que, afortunadamente, llegaron a tiempo para evitar un nuevo crimen. Santiago denunció a Araceli por intento de robo, dijo que ella había intentado robar en el local y, curiosamente, la policía le creyó. Pese a todo, Santiago S.J.P. ingresó en prisión unos meses por este hecho concreto y, una vez puesto en libertad, se trasladó a vivir a una pequeña población madrileña y el Mesón del Lobo Feroz, escenario de aquellos crímenes, se puso en venta.

Poco tiempo después el mesón tuvo un nuevo propietario y este quiso darle un nuevo uso, así que contrató a unos operarios para la reforma del local. El 23 de enero de 1989, los obreros que trabajaban en la reforma descubrieron de forma accidental un horrible hallazgo. En una de las paredes del sótano aparecieron los restos momificados y envueltos con plástico de las prostitutas. Todas ellas estaban emparedadas, cubiertas con yeso y tela de arpillera. El susto de los operarios fue mayúsculo y rápidamente llamaron a la policía que no tardaron en relacionar las muertes con los hechos ocurridos dos años antes.

Los restos momificados de las prostitutas fueron llevados al Laboratorio de Antropología Forense de la Escuela de Medicina Legal de Madrid y allí, el prestigioso forense el Dr. Reverte Coma, analizó los cadáveres y determinó la edad, sexo, raza y fecha exacta de la muerte de las dos mujeres, así como el arma homicida, un cuchillo de un solo filo de 25 cm. de hoja.

De sus estudios se pudo determinar también el perfil psicológico del posible homicida, un hombre que posiblemente padeciese un complejo de Edipo no resuelto, sádico, con problemas de alcoholismo, odio a las mujeres y que habría podido tener algún tipo de entrenamiento militar. El perfil se ajustaba casi como un guante a la personalidad de Santiago el Legionario, así que pronto fue localizado por la policía y puesto a disposición judicial. Santiago reconoció sus crímenes y, finalmente, fue juzgado y condenado a cumplir una condena de 75 años en prisión por dos homicidios y uno en tentativa.

¿Qué fue del asesino?

Santiago S.J.P. no llegó a cumplir la totalidad de la condena, por extraño que parezca, fue puesto en libertad por buen comportamiento y por los informes que aseguraban que estaba totalmente rehabilitado. En la actualidad, vive en una ciudad del sur de España y lleva una vida aparentemente normal. El Mesón del Lobo Feroz, aquel escenario de horror es en la actualidad es un negocio dedicado al comercio textil.


Fuentes: Es Madrid no Madriz Magazine , El País, ABC,


martes, 15 de diciembre de 2020

LA PESADILLA.

Una realidad indiscutible es que el cerebro ambientaliza y crea su propio mundo con respeto a lo que sucede fuera de el mientras dormimos, esa creación subjetiva se da en cierta etapa de sueño y se acrecienta  mucho mas cuando ya vamos a despertar, en esos momentos transitorios el cerebro puede escuchar el  ambiente que le rodea, captar los sonidos, percibir olores, sentir texturas, todo menos ver, estando el cerebro en esa etapa rem, se encuentra en gran actividad, vive su propio realidad ,una realidad llamémosla onírica, creando así a partir del estimulo externo, un sueño basados en tales sensaciones, lo mas interesante es que el sueño salta de episodios en episodios, hasta llegar a un concordato que solo el cerebro puede interpretar y después nuestra mente al despertar puede mas o menos entender ,porque todas las cosas del sueño por raras que nos parezcan, son reales para nosotros, hasta el despertar.
  (Anónimo)
 
LA  PESADILLA.
Cuando me abrazó por última vez al despedirnos no pude contenerme y rompí a sollozar como un niño pequeño al que le quitan su juguete, me sentía como un huevo al que le hacen un agujerito y lo van vaciando. Seco por dentro y frágil por fuera. Ya no puedo mas. Caminando por la avenida navegando entre mis pensamientos a la vez que intentaba esquivar la gente que caminaba a contra pie, Lo tengo decidido y esta noche lo haré, acabaré con mi vida porque ya no tiene sentido vivir entre tanto vacío, ya no tiene sentido vivir siempre con temor, el temor a que me pase otra vez lo mismo, a entrar en un círculo vicioso y por ende pernicioso, sólo de pensarlo se me nubla le mente.

He preparado la bañera con agua caliente, dicen que así es mejor, que cuando la sangre fluye de tus venas y escapa de tu cuerpo vas cayendo en un profundo sueño, hasta que no te despiertas, estoy impaciente por experimentar aun que sea por solo y única vez esa sensación. Estoy listo. Me encuentro ante la bañera, me he puesto unas zapatillas que ella me regaló, y un bañador que la gustaba, así, cuando me encuentren exangüe del todo me encontraran "arreglado". Me meto en la bañera y cojo las cuchillas que tan cuidadosamente había cogido días antes, de súbito suena la puerta. ¡Dios mío! En ese instante me vino a la mente unas palabras que la dije cuando vino a hablar para decirme que se marchaba: "siempre esperaré que llames de nuevo a nuestra  puerta con las maletas". 
 
Mi corazón quería salir del pecho de la emoción y pensando en que sería ella me levanté encharcado y me fui corriendo hacia la puerta con el riesgo de resbalar con los pies húmedos en el gres. Antes de abrirla decidí aspirar hondo y relajarme, pensando mil cosas bonitas para decirla en cuando abriese la puerta y la viese, abrí con mucha parsimonia, que no me denotara ella un atisbo de desesperación. Mi corazón casi se para de la desilusión y casi me desmayo. Se habían confundido, iban a la puerta de enfrente. Mi mundo se volvía mas negro que antes, y me dí cuenta que esto no era vivir, así no. Esperando una llamada, un mensaje o una carta de ella que nunca llegaba no es tener esperanza, es querer demasiado y todo mi amor se lo había quedado ella, todo, ni siquiera quedaba un poco para mi, aunque fuese de amor propio, sin tanta cobardía. 
 
Me dirigí otra vez al baño. Maldiciendo entre dientes que no hubiese sido ella la que llamase a la puerta. Me volví a meter en la bañera y cogí de nuevo las cuchillas, sin dilación una de ellas me la pasé con fuerza por debajo de mi muñeca de la mano derecha. Noté el corte y la sensación de la carne cercenada pero la sensación de la sangre brotando de mis venas y recorriendo el brazo hasta llegar al agua de la bañera era como estar debajo de una cascada y notar el agua caer en tu piel, escapando, era una sensación tan dulcemente terrible. Me cambié la cuchilla de mano y corté en la otra muñeca, ahora era una sensación de paz, de sentir llegar mi muerte. Por fin. 
 
Cuando estaba a punto de que mi consciencia se fuese a otros lares, oí la puerta. "otro que se ha equivocado"-pensé mientras me inundaba un placentero sopor y me quedaba dormido para siempre con una lágrima recorriendo mi mejilla, en mis últimos estertores oí como golpeaban en la puerta a la vez que una voz femenina que había oído cientos de veces me decía:"abre cariño, traigo las maletas que siempre deseabas volver a ver. He vuelto"...

lunes, 14 de diciembre de 2020

LA MALDICIÓN DE LA CALLE ANTONIO GRILO. ( MADRID).

Entre Noviciado y Plaza de España y a solo quince minutos andando desde la Calle Fuencarral, nos encontramos con uno de los lugares malditos de la capital: hablamos de la Calle Antonio Grilo nº 3. Antiguamente la calle se llamaba “Calle Beatas”. El nombre fue cambiado en Junio del año 1899 por el del literato, Antonio Grilo. En el diario La Correspondencia de España, del 11 de Junio de 1899, se  informaba sobre este cambio.  Actualmente, solo queda la “Travesía Beatas” en recuerdo de estas monjas que habitaban en el convento de Santa Catalina de Sena, en el Siglo XVI.  Desde principios del Siglo XX hasta casi nuestros días, la crónica negra ha sido protagonista en esta dirección. Páginas de venta y alquiler de pisos como Idealista.com, se hacen eco de ello y hasta tienen artículos muy llamativos  que titulan: “Como vender un piso en un edificio maldito”. Periódicos como el de sucesos “El Caso”, “La Vanguardia” y “ABC”, entre otros, se hicieron eco de una de las mayores desgracias que sucedió en el edificio… y no fue la única. Es uno de esos lugares marcados por la tragedia, por el crimen y que ha pasado a la crónica de Madrid, como la “casa maldita”. En realidad, según los vecinos y algunas crónicas, toda la calle está maldita. Posiblemente, si hiciéramos una estadística de casos negativos y casos positivos ocurridos en esta calle, estos últimos tomarían ventaja, pero los hechos luctuosos se recuerdan más y quedan grabados a fuego en nuestro cerebro.


LOS PRIMEROS CASOS

 Desde 1909 se tiene noticias de hechos dolorosos en la Calle Antonio Grilo: varios vecinos se quitaron la vida tirándose al vacío, otros sufrieron accidentes perdiendo la vida, atropellos, ramas de árboles golpeando mortalmente por causa de un temporal y derrumbamientos como el de la Calle Grilo Nº 14 que dejó sin hogar a siete familias. Abundantes sucesos de esta índole, dieron lugar a que la gente comenzara a pensar que la calle estaba maldita o era víctima de algún conjuro maléfico. Hay que recordar, que por esas épocas, la ciudad era provincial, casi como cualquier pueblo manchego y que los vecinos madrileños se conocían entre sí, casi en su totalidad.

PRIMER CRIMEN PASIONAL

Según algunas crónicas negras, uno de los primeros casos del que se tiene constancia en la prensa, fue el ocurrido el 2 de Marzo de 1915, según informaba ABC, cuando una pareja que iba caminando por la Calle San Bernardo, al llegar a la Calle de Antonio Grilo fue atacada, resultando degollado Don Angel Castellanos. Claramente,  este fue un crimen pasional, puesto que Don Ángel Castellanos, había comenzado dos meses antes una relación con Emilia Navas de veinticuatro años de edad. Emilia, anteriormente había roto su compromiso con Daniel Yagüe, un joven de veintisiete años dado a la bebida y algo pendenciero, motivos por los que Emilia decidió abandonarle. Esa noche, Daniel se les acercó en varias ocasiones, beodo y fanfarrón, insistiéndoles en que bebieran con él. La pareja, declinó la invitación, posponiéndola para otro día dado el grado de embriaguez que llevaba Daniel. Pero Daniel Yagüe, no se conformó con eso y  sacando una faca del bolsillo, la abrió y degolló sin contemplaciones al pobre Don Ángel.

En el año 1932, unos cocineros que trabajaban en el Café San Bernardo comenzaron a discutir; salieron a la calle, y entre las confluencias de la Calle San Bernardo con Antonio Grilo, justo en el mismo lugar donde fue asesinado Don Ángel Castellano 17 años antes, comenzaron a pelear. Uno de ellos, comenzó  golpeando con una botella de vino en la cabeza, y el otro reaccionó sacando un cuchillo de grande dimensiones de su mandil clavándoselo en el estómago y atravesándolo por completo.

El 1 de Mayo 1933, una persona falleció en Madrid y otras tantas sufrieron heridas de diversa consideración, a causa de un temporal de fuerte viento y lluvia. Da la fatalidad, que la víctima, Doña Petra Pérez de setenta años de edad, vivía en la Calle Antonio Grilo. No dejando de ser una casualidad, ese mismo día, Don Virgilio Gutiérrez sufre heridas de diversa gravedad en la cabeza y el pecho en otra zona de Madrid. Don Virgilio también vivía en la Calle Antonio Grilo número 14, finca  que un año antes, había sufrido un derrumbe.

El 9 de Noviembre de 1945, los diarios dieron la noticia del hallazgo de un cadáver en la primera planta del número 3 de la Calle Antonio Grilo. Los vecinos alertaron por el hedor que desprendía el piso, y fue encontrado  en un estado avanzado de descomposición, Don Felipe de la Braña Marcos, de 48 años de edad y “camisero” de profesión. Apareció muerto con una herida inciso  contusa en la cabeza, y hallado con un mechón de pelo en la mano derecha.  Según los forenses que llevaron el caso, el asesinato se produjo posiblemente el día 3 o 4 de Noviembre y el arma homicida fue un martillo con toda seguridad.

Para continuar con las casualidades o causalidades como decía Don Germán de Argumosa, paso a contaros el crimen más atroz y sonado que tuvo esta calle. Nos vamos al número 3, el lugar más maldito de la calle.

EL AMITYVILLE ESPAÑOL (Calle de Antonio Grilo Nº 3)

El 1de Mayo de 1962 a las ocho menos veinte de la mañana, se recibió una llamada en la central del 091 de la Dirección General de Seguridad: un hombre que parecía estar enajenado, les informaba que había matado a toda su familia con un martillo, un cuchillo y una pistola. El hombre se negaba a decir desde donde llamaba. Los policías consiguieron averiguar los apellidos del “enajenado” y buscando en las guías de teléfono, encontraron dos con los mismos apellidos: uno en la Calle Luna y otro en la Calle Antonio Grilo.  Enviaron dos coches patrullas a sendas direcciones y al llegar a la Calle Antonio Grilo, la patrulla vio a un hombre gritando en el tercer piso. Con ayuda de la portera, llegaron al piso y le invitaron a abrir la puerta; en el interior de la vivienda solo se escuchaba a Don José María Ruíz Martínez, pero ni un solo murmullo de la familia. Las fuerzas de orden público insistieron, pero  Don José se negó y les dijo que solo abriría la puerta a un padre carmelita y “que toda su familia descansaba felizmente”. Se buscó al carmelita, el padre Celestino, en el Templo de Santa Teresa de la Plaza de España y este intentó calmar a Don José María, pero el hombre cada vez más enajenado, comenzó a enseñar por la ventana el cadáver de tres de sus hijos, ensangrentados y mutilados. Fue en ese momento, cuando la policía intentó forzar la puerta de la vivienda para acceder a ella, pero instantes antes de conseguirlo, se escuchó una detonación en el interior del piso. La imagen que encontraron fue espeluznante, los cuerpos sin vida y mutilados de sus hijos, el de su esposa y el suyo propio, con un tiro en la cabeza, yacían en distintas partes de la vivienda.

Aquí, sin embargo, no terminan los sucesos escalofriantes del este número maldito de la Calle Antonio Grilo. Casi al año siguiente de haber ocurrido este estremecedor caso,  bautizado como el “Amityville español” por un servidor entre otros, en Abril de 1964 Pilar Agustín Jimeno, estranguló a su bebé nada más nacer y para ocultar su crimen, le envolvió en una toalla y le escondió en un cajón.

En unas obras de remodelación se  hallaron fetos de niños, y para continuar con la maldición, al  modernizar el edificio instalando un ascensor, la empresa encargada de hacerlo  se encontró con numerosos problemas en la realización de su trabajo que originaron una demora excesiva en la finalización de la obra.. Maldición, casualidad o simplemente sugestión. Pero los hechos, hechos son.

INVESTIGANDO EL PASADO

Hay algunos datos de interés y que podrían esclarecernos, al menos, el hallazgo de los fetos, y se refieren al hecho de que en esta calle, había un cementerio que fue supuestamente trasladado al Sacramental….pero ¿y si no fue así y dejaron los huesos dentro? Esto nos podría recordar a la famosa película Poltergeist, en la que se construyó una urbanización sobre un cementerio..

Recuerda, que no solo en el número 3 tienes maldición, ya que toda la calle parece tenerla.

Articulo de Juan Miguel Marsella.

Correcciones:

Marta Delgado

Bibliografía consultada:

El Caso, ABC, La Vanguardia, Idealista, BNE.