La madre superiora del convento de las ursulinas de Aix, en
Francia, siempre aconsejaba las prácticas prudentes a cada una de sus
discípulas, especialmente a las novicias, aún ignorantes del poder de los tres
y más oscuros propósitos del diablo para tentarlas: la ambición, la lujuria y
la codicia. Dos de ellas no requerían mucho esfuerzo para rehuirlas, pero, la
tercera, la que enraizaba con su sexualidad, era temible. Sor Joanna, temía por
sus niñas virginales, el diablo andaba constantemente al acecho y, en
ocasiones, la mayoría, solamente se tenían a sí mismas y su propia fortaleza de
espíritu para enfrentarse a su maldad. Sin una rectitud bien dirigida, sin una
educación religiosa fuertemente edificada, podrían sucumbir con facilidad a la
tentación de la lujuria. Cada
mañana realizaban sus oficios con diligencia. Oraban apenas nacido el día y,
muchas de ellas, ayunaban como medio de ensanchar el alma y probar su fidelidad
y negación a ser seducidas por los placeres de la carne, que, a veces, era de forma
literal. Quienes no alejaban el desayuno de su dieta, solían ser maduras
mujeres confinadas desde años al servicio de Dios y se las podía considerar
blindadas ante los designios del cornudo. No estaba prohibida la entrada en el
convento de hombres, siempre que fueran de buena fe y, como ellas, servidores
del Supremo, pero eran pocos los que rondaban siquiera los jardines exteriores
de aquel amurallado. Aquellos monjes o sacerdotes que acudían a las ursulinas,
lo hacían para calmar sus apetitos en mitad de algún trayecto o para aplacar
sus dudas en el interior de alguna celda de retiro, en el más absoluto silencio
y sin prestarse a la ingesta de cualquier alimento o bebida hasta sanar su alma
y ver su espíritu fortalecido. Entre ellos estaba un sacerdote marsellés, Juan
Bautista Gaufredi.
Eran tiempos difíciles para el mundo y la iglesia ansiaba el
poder supremo sobre todo y todos. Cada vez con más frecuencia, aquellos que
rendían pleitesía a Dios eran sorprendidos con actos tan ruines que bien
pareciera sirviesen al Oscuro. Era uno de los motivos por los cuales los
conventos se llenaban de acongojados ministros del Señor, para aplacar su
tentación y resistir la inmundicia que veían en sus colegas de oficio. Entre
mujeres estaban a salvo, ellas eran un fondo inmutable que para nada afectaba a
la política eclesiástica. Su poder para interferir en los mandatos divinos era
nulo, los hombres poderosos de la época no veían peligro alguno en ellas. Y no
se equivocaban. Pero esas mujeres tampoco se sentían desplazadas, o ignoradas,
veían aquello con normalidad y simplemente ostentaban su lugar en aquel
ministerio. En nada les tocaba juzgar o tomar partido, eran asuntos de los
altos cargos de la Iglesia.
Un par
de sacerdotes conversaban de forma amena en el patio interior del convento,
cuando una muchacha, una de las novicias, cruzó por delante de ellos con la
sotana remangada por las rodillas, descalza y gritando el nombre de la
superiora. Los hombres que la vieron cesaron al instante su diálogo y se prestaron
a auxiliarla, pero únicamente la vieron marchar por una de las entradas que
daba a la capilla. Se quedaron boquiabiertos y extrañados, no era costumbre tal
escándalo en un lugar dedicado a la búsqueda de la paz interior y el
reencuentro con lo divino. Siguieron el camino de la chica sin mucha prisa,
respetando la calma que procedía en un lugar como aquel. Oyeron los ecos de los
gritos que aún emitía desde el interior de alguna de las salas del convento,
cada vez con mayor desesperación.
- ¡Madre Joanna! ¡Madre
Joanna! :Retumbaban las paredes.
Finalmente, una voz resurgió en contestación a la chica. Se sucedió un
susurro que los monjes no supieron descifrar. Madre y novicia hablaban tan bajo
que sus voces se mezclaban en un murmullo críptico. Mientras los siervos de
Dios aguardaban muy cerca de la puerta por la que había desaparecido la
muchacha, volvieron a oír pasos presurosos por los pasillos que conectaban las
salas interiores. Ambas mujeres, tras informar la una a la otra, corrían ahora
hacia uno de los extremos. Aquello era de una extrañeza innata. Luego todos se
enteraron de lo sucedido. En la
misa que precedía a la cena, en la cual dieron infinitas gracias al Señor por
los alimentos que iban a ingerir, la madre superiora se alzó al final del
discurso antes de darlo por concluido. Una de las sillas que rodeaban la mesa
estaba desierta y dirigió la mirada hacia el hueco vacío de la hermana
Magdalena.
- Amadas mías; comenzó al margen de la
acostumbrada liturgia – hoy el convento ha visto alterada su paz y armonía por
un suceso que no podemos más que definir de escandaloso. Una de nuestras
hermanas, todas sabéis a quien me refiero, ha sido confinada por la fuerza en
una de las celdas del ala oeste. Alertada por la hermana Dominique,
sorprendimos a la novicia desprovista de ropa en su lecho, agitándose cuan
endemoniada. Blasfemaba y se dejaba llevar por la lascivia. Sus ojos estaban
fuera de su órbita y no atendía a razones. Nuestras palabras, siempre divinas y
comandadas por nuestro Señor, no hicieron mella en ella. Al poco, cayó
desvanecida sobre el suelo y, allí, fue vulnerable a nuestros cuidados. Con
ayuda de Dios todopoderoso, conseguimos arrastrarla hasta la celda y allí la
vestimos de nuevo. Aún no ha despertado, pero temo que habrá de padecer largos
ayunos para expiar al demonio que lleva en su interior. Hizo una pausa para
tragar saliva. – Ahora, hermanas, recemos por su alma y para que Dios se apiade
de ella y la salvaguarde de todo mal. – Joanna se sentó y todas inclinaron la
cabeza para sumirse en un bisbiseo repetitivo. Al acabar, miraron al cielo y se
santiguaron.
Días después, cuando
parecía que la novicia encarcelada se encontraba mejor, ya no tenía el tono
pálido enfermizo ni las ansias de despojarse de las ropas, una nueva alarma se
extendió por los corredores. En esta ocasión, la locura había recaído sobre
Judith, una de las hermanas más devotas y correctas del convento. El
procedimiento se repitió una vez más. La introdujeron en una celda contigua a
la de Magdalena. Todas comenzaban a asustarse y los rezos se prolongaban más de
lo acostumbrado, así como las visitas a la capilla. Los hombres también
comenzaron a sentirse incómodos con todo aquello, la tranquilidad que venían
buscando se disipaba por momentos. Pero lo que más les inquietaba era la
presencia del maligno entre aquellas paredes sacras. La madre superiora volvió
a reunir a las mujeres para hablarles de lo sucedido, pero todas conocían ya la
noticia. El clima de consternación se hacía patente y mermaba los ánimos de las
residentes. Aún así, siguieron con su rutina sin variarla en apenas lo mínimo
para cubrir las funciones de las encarceladas. Fue dos semanas después del
primer enloquecimiento cuando la situación se volvió preocupante.
En esta ocasión, había testigos.
Isabelle había comenzado a gritar lujuriosamente y una de las novicias se
acercó asustada al lugar de donde procedía aquel sonido obsceno. Entonces
encontró a su compañera de piernas abiertas, sudorosa y con el cuerpo encorvado
y desnudo, moviéndose rítmicamente al tiempo que jadeaba con ansias de ser
poseída. Le pareció ver un miembro carnoso semienterrado en su sexo. La novicia
que era testigo de aquel acto atroz no pudo más que caer de rodillas,
santiguarse y llorar. Cuando Isabelle se encontró con su mirada, reaccionó y se
levantó para correr en busca de ayuda. Ya no quedaban celdas libres para
encerrar a una tercera y, si la cosa seguía así, pronto no quedarían ursulinas
siquiera que mantuvieran el buen hábito del convento. No podían echar a ninguno
de los monjes de las celdas restantes, así que decidieron encadenar a Isabelle
a uno de los árboles del jardín delantero hasta que cayese la noche. Entonces
la trasladarían a alguna de las salas inferiores.
Joanna fue a visitar a Magdalena, la
primera de las estigmatizadas. Con la mirada turbia, la novicia le habló de un
amante seductor que había aparecido en sus sueños, tentándola para caer en la
lujuria. Las primeras noches, le contó, el onírico seductor, tan apuesto y galante,
trataba con dulzura a la joven y le mostraba sus encantos. Ella, haciendo uso
de su recato, resistía con tesón. Pero las noches se sucedían y, el joven
maravilloso, se hacía cada vez más irresistible. De modo que, en cuestión de
pocos días, ya no podía poner freno a su pasión y la joven caía rendida a sus
brazos y con una fiereza desatada tal que acababa desbocada a lomos de su
amante. Este relato dejó a la superiora acongojada, mas aún fue peor la
sorpresa de encontrarse con un segundo testimonio que daba fe del primero y,
que además, incluía un elemento nuevo: uno de los hombres alojados en el
convento era el ánfora que contenía aquel demonio carnal. El íncubo tomaba
prestado el cuerpo de un sacerdote para obrar su maldad. Joanna se dijo que no
podía ser, que la novicia que sorprendió a Isabelle no había visto a nadie,
sino más bien una parte de alguien. A lo que Judith, la segunda perjudicada,
respondió que el diablo sabía hacer invisible a quien le sirve para evitar que
su vehículo se viese destruido.
La
primera decisión que hubo de tomar Joanna fue la de expulsar de inmediato a
cuanto hombre cohabitase con ellas, sin excepción. Después de supervisar el
piso superior, bajó al inferior y recorrió los pasillos y habitaciones en busca
de monjes y sacerdotes. En mitad de su exploración descubrió los gritos de otra
mujer no muy lejos de donde se encontraba. En aquella ocasión, procedían de
algún lugar cercano a la capilla. Corrió hacia allí y pronto notó que las demás
le seguían, alertadas, al igual que ella, por los inefables gritos de placer
diabólico. Pronto se encontraban todas en corro, apoyadas por dos de los monjes
de retiro, frente a la puerta de la capilla. En el quicio, una de las hermanas
intentaba zafarse, arrastrándose de espaldas por el suelo, de las garras de un
hombre santo. Al oír el gentío tras él, se volvió. Las caras de los presentes
se manifestaron como si hubieran visto un fantasma y apenas unos pocos eran
capaces de hacer retornar el color a sus rostros. Los más raudos, por primera
vez, fueron los dos monjes, que se abalanzaron sobre el predador y lo
inmovilizaron contra el suelo. La muchacha se zafó al fin y corrió a las faldas
de su superiora, aún con lágrimas en los ojos. Los hombres dieron la vuelta al
agresor y la sorpresa fue mayúscula al descubrir la identidad de éste. Era el
sacerdote de Marsella.
Después de
su apresamiento, el sacerdote fue condenado a la hoguera. Se decía que había
sido poseído por una fuerza diabólica y que había obtenido del mismísimo Diablo
la facultad de enamorar a las mujeres echándoles el aliento en la cara. No
obstante, ninguna de las afectadas recordó jamás que el sacerdote entrara en
sus aposentos ni se les acercara para rociarlas con su aliento. Creían que,
simplemente, trataba de esconder la verdadera naturaleza de aquellos sucesos
para no descubrir al verdadero artífice, el íncubo. Sin embargo, en aquel Abril
de 1611, antes de que el fuego consumiera el cuerpo del sacerdote e hiciera de
él un montón de cenizas, éste dejó una confesión firmada. Mientras ardía en la
pira, un ministro de Dios la leyó en voz alta ante los presentes: “Declaro que con mi consentimiento he
recibido la marca del Diablo, y que esta marca, hecha con el dedo pequeño de Satanás,
produce primero una ligera impresión de quemadura, y después una impresión
agradable. Confieso haber echado el aliento con malos fines de lascivia a
muchas mujeres, y con más frecuencia, sobre Magdalena de la Palud. Confieso
también haber llevado el desorden al convento de las ursulinas, enviando allí
una legión de diablos, que han debido fatigarlas día y noche.”
Juan Bautista Gaufredi.